Los ojos siempre abiertos de Miguel Hernández

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La mejor forma de recordar a un poeta es la lectura diligente de sus versos. La voz del promotor cultural Joaquín Osorio, se convierte en un necesario preámbulo al panel: Miguel Hernández, vientos de pueblo me llevan. El diáfano pulsar de la guitarra de Eliecer Travieso inunda el espacio, y dispone acertadamente el advenimiento de la palabra. Minutos antes, la música ambiental acercaba a la memoria, textos de Miguel Hernández musicalizados por el cantautor barcelonés Joan Manuel Serrat.

Panel: Miguel Hernández, vientos de pueblo me llevan. Foto del autor

Dos poetas, dos amigos, Ronel González y José Luis Serrano, asumirán el quehacer de transparentar la personalidad y obra de Miguel Hernández para los asistentes al Centro Cultural Ibérico, en la mañana del 25 de octubre. El pastorcillo de cabras de Orihuela, que ingresaría con su rebaño de poemas en la eternidad de la palabra, se va transformando poco a poco, en presencia incorpórea que nos conmueve a través de la evocación de algunos de sus textos memorables.

Miguel no consiguió abstraerse de su compromiso social y se alistó en el bando republicano durante la Guerra Civil, incluso, llegó a convertirse en comisario político militar del Partido Comunista de España. En 1942, en el Reformatorio de Adultos de Alicante, privado de su libertad, enferma de bronquitis y tifus, como si no fuera suficiente, luego se complica con tuberculosis, y muere con apenas 31 años. Pero hay un detalle que no pasa desapercibido, un acto de rebeldía que lo distingue entre los escuadrones de anónimos difuntos que abonan los suelos de la historia, ni después de muerto pudieron cerrarle los ojos; su amigo Vicente Aleixandre, escribió un poema a propósito de ese inusual acontecimiento.

José Luis Serrano, reflexiona con su vehemencia habitual, sobre el carácter “absolutamente moderno” de la poesía de Miguel Hernández, y lo relaciona a las líneas creativas de César Vallejo. Textos de una crudeza solo equiparada a las fotografías del corresponsal de guerra húngaro, Robert Capa, borbotean en la garganta de Serrano y estremecen el auditorio.

Sobre la delgada línea del final, el trovador Orlando Silverio, acompañado del rasgueo de su guitarra, desmigajaba los versos: Menos tu vientre/ todo es confuso/ Menos tu vientre/ todo es futuro… Es una lástima que en estos momentos tan oportunos no contemos con libros de Miguel Hernández a disposición del público.

En 2001, Ediciones Holguín publicó dentro de su colección Ático, un tomo de su poesía amorosa, pero hace tiempo que se agotaron los últimos ejemplares. Entonces solo podemos sentirnos complacidos, porque la mejor forma de recordar a un poeta, es ―ya lo saben― la lectura de sus versos.

Por Moisés Mayán