Poemas, poéticas, poetas

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Por Moisés Mayán

La tarde del 27 de octubre llovía copiosamente sobre la ciudad. Sin embargo, un grupo de casi 40 personas nos apretamos en la porción techada del patio de la Uneac, para enterarnos de una buena vez del ganador del décimo octavo Premio Nacional de Poesía “Adelaida del Mármol”. La voz de Betsy Remedios se añadió al fondo musical que había iniciado la lluvia, mientras las manos de Carlos de la Rosa se desplazaban como ágiles arañas sobre el teclado. El solista Luis Orlando Cruz, fue otro de los encargados de rivalizar con la cortina líquida que desprendían los aleros de la antigua Casa de los Mollúa.

Y entonces llega el momento, Ronel González lee el acta en representación de los restantes miembros del jurado, Kenia Leyva y Delfín Prats. Nadia Sánchez, subdirectora del Centro Provincial del Libro, aguarda para entregar el diploma acreditativo. Por fin aparece el primer nombre, Frank Castell, el puertopadrense que se alza con una mención por su cuaderno Biografía de un insecto, y se escucha la segunda clarinada, mención también para Hugo González, el psicólogo que no se resiste al empuje del verso, y nos lega un texto de sobrecogedora hermosura El vértigo de la plenitud. Hay aplausos que se van atenuando por el repiqueteo de la lluvia.

Para esta convocatoria, el Centro de Promoción “Pedro Ortiz” decidió que además de la tradicional versión impresa, los autores pudieran presentar sus libros en formato electrónico. Por eso recibimos 35 propuestas de varias localidades del país. Por eso implantamos un nuevo récord en cuanto a aspirantes al galardón. ¿Y el premio? ¿El Adelaida? Hay un volumen que descuella entre los otros, raro, perturbador, con alteraciones sintácticas de acuerdo a la elaboración convencional del discurso, sesgado, áspero, papel de lija sobre los ojos. Un libro que no debe quedar al margen, aunque ese margen sea realmente estrecho.

Premio Nacional de Poesía ”’Adelaida del Mármol’

¿Vamos quién fue el ganador? Un muchacho. ¿De dónde? De Moa, aunque realmente nació en Sagua de Tánamo. Portador de una poesía fabril, quise decir febril. ¿Su nombre? ¿Por qué esa manía de nombrar las cosas tan despacio? Bien. Edurman Mariño Cuenca. El Diploma está en sus manos. Los flashes le abrillantan el rostro humilde. No se lo cree. Hasta que el aire de la carretera no lo despeine. Hasta que no desembarque después de casi cuatro horas en Moa. Hasta que no pise otra vez el suelo rojizo. No se lo va a creer.

El Premio se va convirtiendo en un concurso de vanguardia. Ahora mismo no encuentro otro término. Holguín es un importante bastión de la lírica insular, pero el Adelaida se desmarca, se desalmidona y le planta cara a esa realidad. Los últimos cuadernos dan fe de esta aseveración. Geometría de Lobachevski, de José Luis Serrano, es una propuesta absolutamente transgresora a pesar del empleo de un soporte de estrofas clásicas. Es algo así como la desconstrucción de la lógica. La búsqueda de una poesía que sucede por reacción (al)química y no porque el sentido común sumerja sus peludas patas en la sopa. La máquina de fallar, de otro José (Aberto Pérez para más señas), es un texto que el propio Serrano reconoce como “no apto para todos los estómagos”.

Y ahora Edurman con El estrecho margen. Creo que estamos enviando coordenadas a otros certámenes de la Isla. Creo que estamos reajustando cierta invisible maquinaria. La convocatoria del 2018 ya está sobre el tapete, y ahora mismo mientras escribo este artículo, quizás en algún lugar de Cuba, un poeta, cuyo nombre desconozco, esté afilándose los dientes.