Las invasiones de Moisés Mayán

Publicado el Categorías Entrevistas, Holguín, Libro y Literatura
La vida de Moisés Mayán gira en torno a la literatura. Foto: Carlos Rafael

Parece como si Moisés Mayán, al filo de sus 35 años —cuando el almanaque y los estereotipos empiezan a descontar juventud—, hubiese montado a la carga en una suerte de invasión. Primero hacia el interior de sí mismo, en la búsqueda de contradicciones, miedos y pasiones de su ser; para luego irrumpir en la mentalidad del lector y provocarle los mismos cuestionamientos que le surgieron a él.

Tanto fue así, que de esas intrusiones resultó el dictamen del jurado del Premio Calendario 2018, otorgado por la AHS, a su libro El factor discriminante, donde prima la prosa poética.

Con seis libros publicados (Fábula del cazador tardío, El monte de los transfigurados, Cuando septiembre acabe, El cielo intemporal, Raíz de yerba mate y Estética de la derrota), Mayán es licenciado en Historia por la Universidad de Holguín, pero nunca ha ejercido su profesión, al menos conscientemente, pues toda su vida gira en torno a la literatura: trabaja como divulgador del Centro Provincial del Libro, dirige un taller literario y es corrector en el periódico La Luz, de la Dirección Provincial de Cultura.

—¿Cómo descubres esa afinidad por la literatura?

—En la secundaria comencé a escribir cartas por encargo para las novias de mis amigos y como les dio tanto resultado, entendí que mis aptitudes podían ir más allá de aquellos ejercicios de escritura. Fue por eso que en el 2000 llegué al taller literario Pablo de la Torriente Brau, el cual tenía su sede en la Casa de la Cultura, todos los domingos a las cuatro de la tarde. Lo dirigía Marlenis Londres, una especialista con una gran agudeza crítica. Ella nos ayudó a poner las primeras piezas en el rompecabezas de los textos.

«Después llegó a nuestras vidas Joaquín Osorio, piedra angular en el movimiento de la joven poesía holguinera, porque era la primera persona que confiaba en los más inexpertos y se arriesgaba a ponernos a leer en público. Nunca olvidaré que de su propio librero nos prestaba ejemplares y nos indicaba las lecturas. Nosotros, que solamente teníamos la formación de la secundaria o del preuniversitario, empezábamos a encontrar otras poéticas y poco a poco íbamos descubriendo otro tipo de literatura».

—¿Qué hacía un aprendiz de poeta en el curso de técnicas narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso?

—Cuando me enfrenté a la poesía postmoderna, experimenté un choque muy fuerte, porque yo venía de los clásicos que estudiamos en la escuela: Martí, Guillén, Dulce María Loynaz… Entonces me hice la promesa de que nunca iba a escribir poesía, aunque no dejé de frecuentar los lugares donde se leían poemas. Así llegó el 2003 y entré al Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, siendo un narrador muy primario. Un día me quedé en el albergue escribiendo y el profesor Eduardo Heras León tocó a la puerta y me dijo: «No vengo a regañarte por no ir a clases, sino a decirte que no dejes de escribir». Por eso, una vez le confesé que el «Onelio» me llevó a la poesía, porque ese centro me provocó el deseo de escribir, pero poesía.

—Aunque no has ejercido como historiador, esa formación ha suscitado indagaciones dentro de tu propio ser…

—Sobre todo en este último libro, porque ha sido la base de parte de las búsquedas que he realizado como persona, fundamentalmente sobre la discriminación hacia la mujer, la racial, la de culturas que se creen dominantes con respecto a otras. De pronto, empiezo a analizar lo que llamaba Frantz Fanon «la relación del colonizado y el colonizador», viéndolo desde el punto de vista del blanco por el negro. Como resultado de esas investigaciones, se va gestando el libro El factor discriminante.

—Además del tema, el jurado del Calendario resaltó el «limpio ejercicio del lenguaje que permite ir de la ironía al dolor». ¿El texto te pedía una voz diferente a la que habías usado anteriormente o te lo impusiste como ejercicio escritural?

—En mis seis libros anteriores yo había construido un discurso que se caracterizaba por la plasticidad de las imágenes, la utilización de una palabra pulida, un lenguaje enfocado hacia la búsqueda de la belleza, el cual se convirtió en un poco hermético para el lector común. Pero cuando escribo El factor discriminante es como si hubiera desarmado todo mi discurso anterior y entonces empiezo a hacer los ejercicios de escritura de este libro.

«Primero lo hacía sin estar muy seguro de que pudiese insertarse en el género poesía, pues está formado por pequeños cuerpos que pueden funcionar como microrrelatos y viñetas. Empecé a moverme en ese espacio y a construir los textos basado en las inquietudes que tenía sobre la racialidad, las parejas interraciales, pero desde la perspectiva del blanco. En el libro, es el blanco de ascendencia hispana quien se levanta en defensa del color de la piel, de la negritud, porque desde Cecilia Valdés estamos viendo que el problema negro es un problema blanco. Y cuando son los propios discriminados los que se defienden, le resta verosimilitud a la protesta. Por ejemplo, si las mujeres saltan a defender sus derechos, a los hombres siempre les provoca escozor».

—¿Pero no es discriminatoria esa postura que asumes así, desde el blanco?

—Cuando uno escribe sobre ese tema desde la perspectiva del blanco, se mueve en un filo muy estrecho. De momento, yo me cuestionaba cada texto, pero trataba siempre de colocarme en el plano del discriminado. Hay un poema que habla del día en el cual el sexo débil se asocie con testículos y no con las mujeres, porque considero que ellas son los grandes seres de la creación. Eso es lo que hago: colocarme del lado de los discriminados, de los colonizados —porque el libro parte de la esclavitud histórica y revisita la colonia—. Por eso me salvo de asumir posturas discriminatorias.

—¿De dónde nace esa inquietud por la discriminación racial?

—Hace algunos años me casé con una mujer negra y, al principio, cuando comencé a acercarme a ella, empecé a sentir las asperezas y los cuestionamientos de la gente que nos rodeaba. Ella me decía que nunca había experimentado la discriminación, pero yo escuchaba términos como «quemapetróleo», por ejemplo, y me di cuenta de que esos gérmenes estaban vivos en nuestra sociedad. Por eso el libro es muy íntimo, honesto, porque partió de mi propia experiencia.

—¿Confías entonces en el poder de la poesía para transformar esas actitudes y pensamientos?

—Uno de mis grandes lectores es un bicitaxista. Cada vez que tengo algo nuevo se lo doy para que me haga una crítica, porque la opinión de la gente común me interesa mucho. Creo que este se convertirá en el libro del carretillero, de la ama de casa, del mecánico y de todo el que se acerque a la primera página.

«En mis libros anteriores había puesto una barrera lingüística porque como poeta yo me decía: “que escalen, que suban los peldaños que yo he tenido que ascender para escribir”. Pero ahora destruí esas estructuras y construí este libro herramienta, instrumento, arma… que puede ayudar a demoler falsos conceptos, a crear una conciencia de no discriminación racial y hacia la mujer.

—¿Fue ese agradecimiento del cual hablas el que te motivó a formar el taller literario Ángel Augier?

—La creación del taller fue mi manera de agradecer a todas las personas que se tomaron el tiempo de orientarme. Por eso quise ayudar a quienes se adentran en el mundo de la literatura. Hoy tengo la satisfacción de que tres autores de mi taller ya tienen libros publicados, incluyendo a Hernán Quintana, quien se acercó al grupo a los 59 años y publicó su primer libro a los 60. Me siento un hombre muy agradecido, no solamente de la AHS, sino también de la Uneac y de todos mis antecesores. En momentos en que muchos jóvenes en Cuba niegan la obra que les precedió para llegar a una especie de punto cero o de generación cero, yo introduzco mis raíces en la lírica holguinera, la respeto y soy un lector de los autores cubanos que publican hoy, pero también de los inéditos que van a mi taller.

Por Liudmila Peña

Tomado de www.juventudrebelde.cu