Rubén Rodríguez entre el periodismo y la ficción

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La Feria del Libro en Holguín propone disímiles textos de reconocidos autores del territorio. De entre ellos, esta columna les propone conocer algunas interioridades del periodista y escritor Rubén Rodríguez González.

Por estos días no pocos amigos y desconocidos se le acercan pidiéndole una dedicatoria, una firma, un cariño hecho letras… Él toma el libro entre sus manos, como si fuera la cosa más natural del mundo, y escribe, por ejemplo: “Para Alex, Abdiel, Liu, niños, amigos, queridísimos, para que sean felices por siempre. Con cariño, Rubén, R.”

Se trata del cuaderno de cuentos infantiles El final de los finales felices, el cual, bajo el sello de Ediciones La Luz, reúne ocho historias de Leidi Jámilton que provocarán la risa pero también ayudarán al lector (niño o adulto) a comprender por qué es necesario cuidar de los amigos o la importancia de la humildad.ruben feria libro r Elder Leyva 01

Este es uno de los tres volúmenes que se encuentran a disposición de los lectores en la Feria del Libro en Holguín. A él se suma Pintura fresca (Ediciones Holguín), conformada por once historias protagonizadas por mujeres de diferentes épocas, en las cuales el erotismo es un factor común y donde nos muestra sus avatares, herencias, contrastes, deseos y evocaciones. El último es El tigre según se mire (Editorial Guantanamera, España), también de cuentos.

A Rubén Rodríguez González es difícil y, a la vez, muy fácil definirlo, aunque no creo que guste mucho de definiciones. Podría decir que es un hombre sencillo y sensibilísimo hasta a la hora de escoger una pieza para su vestuario. Cree –creo yo– en la necesidad de los espacios individuales, en la búsqueda y la defensa a ultranza de la felicidad y en el poder de los amigos.

Sus abrazos son como una fuente de energía positiva y conversar con él puede llevarte al desestrés total o a repensar en muchas de las certezas que tenías. Es un conversador nato, un oyente excelente para las angustias y, sobre todo, las pasiones de sus amigos y conocidos. Y no es que le sobre el tiempo, pero no sé cómo se las ingenia para dedicarse a tanto: hoy, por ejemplo, tiene una sección en el programa Café Milenio, de nuestra emisora Radio Angulo; su columna mensual Detrás de la palabra es seguida y coleccionada por cientos de lectores, y se desempeña como editor de estilo del semanario ¡ahora!, sitio donde ha echado raíces y el cual ha sido testigo de sus éxitos literarios.
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No hablaré demasiado de su ayer: para eso habría que pedirle una entrevista de personalidad (quizá en alguna otra columna les regale su historia completa). Por ahora, adelantaré que como buen escritor, creció en un pueblo semejante al Macondo garciamarquiano, antes llamado Auras y ahora conocido como Floro Pérez, perteneciente al municipio de Gibara.

Fundamentalmente rodeado de mayores y, sobre todo, de mujeres, Rubén creció entre dicharachos y temas de adultos que quién sabe cómo ha ido entretejiendo en cada una de sus historias.

Rubén cursó el Taller de Técnicas Narrativas “Onelio Jorge Cardoso” en 2006, cuando ya tenía publicados cinco libros y, al finalizarlo, obtuvo el premio “César Galeano”, con el cuento El polaco. Quizá muchos se pregunten por qué razón un escritor con esa cantidad de volúmenes impresos necesita acudir a un taller para aprender sobre técnicas narrativas. Su respuesta es sencilla:

“En mi obra había mucho de tanteo, de búsqueda. Sentía que necesitaba el conocimiento técnico, porque yo escribía con un nivel de lectura considerable, experimentaba, pero no sentía que dominaba una teoría literaria. Después dejé de buscar la técnica, para centrarme en las historias. Claro que mi literatura nunca fue la misma, porque el conocimiento de la técnica me hizo enfocar lo formal desde otro punto de vista. En los textos, la edición desde lo técnico formó parte de lo creativo. El Onelio me ahorró tiempo de búsqueda, de experimentación. Además, me permitió entrar en contacto con creadores que cultivaban la literatura desde otros modos”.

Pero el Onelio tiene, además de muchos admiradores, no pocos detractores, porque dicen que no hay recetas para formar escritores. Desde tu experiencia, ¿con cuál posición simpatizas?

En el curso te enseñan las técnicas y luego puedes escogerlas al libre albedrío. A mí, que no tenía estudios de Narratología, me abrió un camino de posibilidades que vinieron a coronar mis intentos anteriores. Yo admiro a la gente que conocía todo lo que le iban a dar en el curso, pero no entiendo para qué lo pasaron entonces.

Mis libros de antes del Onelio gozaron de una buena crítica. Entre ellos Gusanos de seda, La madrugada no tiene corazón y Majá no pare caballo. No quiere decir que mi literatura fuese mejor después, sino que el proceso creativo fue más consciente, menos a ciegas. Esa es mi experiencia. No sé qué le habrá pasado a otras personas. Si tuviera que resumirlo, me dio mucha seguridad. No me quitó libertad. Por eso, no siento que tenga una prótesis, si acaso, el curso fue una cirugía estética.

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¿Y crees que la profesión de periodista contribuya a la formación de un futuro escritor?

El periodismo ayuda a dominar la gramática y la sintaxis; aporta conocimientos de edición de textos, historia de la literatura; ofrece experiencia profesional, vital, susceptible de ser convertida en literatura, hechos, personajes, escenarios y conocimiento de la psicología humana, una visión sociológica de tu circunstancia. Y el conocimiento de las técnicas narrativas viene a ser un instrumento para procesar toda esa información creativamente.

¿Y te parece que en Cuba se puede hablar de un periodismo literario consolidado?

No existe una práctica sistemática, consciente y masiva del periodismo literario dentro de la praxis periodística cubana. Quienes lo usan lo han hecho empíricamente. Más que con el objetivo de inscribirse dentro de una tendencia, para embellecer su periodismo, ganar lectores, destacarse, hacerse de un estilo diferente. Pero sí hay casos aislados en diferentes medios de prensa. En los años ‘80, destacaron periodistas como Leonardo Padura, Emilio Surí y Ángel Tomás, en Juventud Rebelde; o Luis Manuel García en Somos Jóvenes. Después, Rosa Miriam Elizalde e Iramis Alonso enviaban crónicas para Juventud Rebelde que también se pueden clasificar como periodismo literario.

¿Hasta qué punto el periodismo literario enriquece los textos o afecta la objetividad?

La ventaja del periodismo literario sigue siendo la humanización y estilización del hecho periodístico. Es una simbiosis entre literatura y periodismo. Y por supuesto, una alternativa a disposición del profesional. No es que haya que imponerlo, sino que los profesionales que lo deseen y puedan, lo utilicen, sobre todo en una realidad compleja con determinadas prioridades editoriales que, a veces, provoca textos poco atractivos para el lector.

El periodismo literario es una buena arma para asumir, desde la producción del texto, el periodismo de investigación. Las grandes figuras del periodismo internacional han tocado, aunque sea tangencialmente, el periodismo literario. En la actualidad, ante la avalancha de los medios electrónicos, nuestro periodismo no puede ser informativo, sino interpretativo. Y el periodismo literario también es una alternativa para el periodismo interpretativo, porque requiere de recursos y estos lo enriquecen y le ofrecen soltura.

No creo que le reste objetividad, al contrario; no se inventan ficciones, sino que se describen, caracterizan personas, escenas… Claro, no estoy en contra del periodismo tradicional, pero esta es otra alternativa.

Para hacer periodismo literario, ¿periodistas-escritores o escritores-periodistas?

Da igual. Yo primero fui periodista, por eso soy más periodista que escritor. Llegué a la literatura con las armas del periodismo. Este me abrió el camino a la literatura. Los textos de ficción que produje después fueron mejores que cuando solo pensaba ser escritor. Porque la profesión me dio las armas.

Por Liudmila Peña Herrera

Tomado de www.radioangulo.cu