Fito

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Por Erian Peña Pupo

Para mi generación, Fito Páez es casi un dios tardío, no un dios impoluto, sino uno mucho más desconcertante, que escuchábamos alelados como si debajo de nuestros pies se abriera la tierra y al lado del camino una voz ríspida, trashumante, con olor a cigarro y alcohol, nos dijera que sí, que a estas alturas del partido no todo estaba perdido.

Foto: Adrián Aguilera

Más afectiva que epocal, y a la deriva entre finales del siglo e inicios del nuevo milenio, mi generación confió en Fito Páez y su aliento sureño y descabezado, donde el folclore y la canción latinoamericana (Mercedes Sola, Víctor Jara, Violeta Parra), de la que bebió como integrante de la llamada trova rosarina, se mezclaba con los sonidos rockeros del piano y la guitarra eléctrica que conocimos en otros importantes músicos argentinos como Juan Carlos Baglietto, Charly García, Andrés Calamaro, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, Litto Nebia, León Gieco, Gustavo Santaolalla y Pedro Aznar. Nosotros, que escuchábamos a Silvio, Pablo y Noel, pero también a Sabina, el otro dios tutelar, Serrat, Aute, Ana Belén, Caetano Veloso, percibimos que su música se esparcía y cobraba resonancias en la obra de muchos compositores cubanos, y principalmente en la llamada generación de los topos: Santiago Feliú, Carlos Varela, Frank Delgado y Gerardo Alfonso.

Ahora que Fito cierra el Festival Internacional de Cine de Gibara, recuerdo como nos pasábamos sus discos, como si diéramos algo preciado, y además, como coreábamos en improvisadas reuniones de amigos, donde su música era la banda sonora perfecta, aquellos temas que ahora el argentino desgranó en el escenario: “Un vestido y un amor”, “Giros”, “Mariposa Tecknicolor”, “11 y 6”, “Al lado del Camino”, “Ciudad de pobres corazones”, “Dar es dar”, y claro, el insustituible himno “Yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Foto: Adrián Aguilera

Pienso en los amigos esparcidos por varias partes del mundo que hubieran dado cualquier cosa por estar en la Plaza da Silva y corear los temas de un Fito enérgico, improvisador y vital. En aquel que me dice: acuérdate de mí cuando Fito cante “Al lado del camino”, y en aquellos que han venido de varias provincias solo por verlo cantar en vivo.

¿Cómo describir con inmediatez periodística algo que parte de la emoción? Aquello que uno sabe, sino irrepetible, al menos sí único, pues en Gibara y en Festival nada es imposible.

Fito Páez, el autor de veintiún álbumes de estudio, cuatro en directo y doce recopilatorios, el ganador de cinco Grammy Latinos, y uno de los más importantes y premiados exponentes del rock argentino, estaba allí, a unos metros de todos nosotros: subió al escenario, lo vimos pegarse al piano y destripar notas: “Esta canción es para el Santí Feliú”, y junto a Haydée Milanés tiramos el “Cable a tierra” en uno de los hitos de su música. Luego vino un “tangazo” y después “Desarma y sangra”, “una de las canciones más bellas que se hayan escrito”, casualmente por otro argentino, Charly García. Junto a Pancho Céspedes, Fito nos recordó que “El breve espacio en que no estás”, de Pablo Milanés, es la “canción de amor más hermosa que se ha escrito en la historia”, y “Sueño con serpientes”, de Silvio Rodríguez, “una manera de mirar la época y el tiempo”.

Fito Paez en concierto de clausura de FICG 2018. Foto: Adrián Aguilera

Después de “Giros”, Fito invitó a Cimafunk a que cantara “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Del público le pedían a gritos “Al lado del camino”… Los muchachos de Nube roja lo acompañaron en los temas “Circo beat”, “Dar es dar”, “Ciudad de pobres corazones”, y otro himno, “Mariposa tecknicolor”, ese que estaba dejando para un final que el público pedía distender.

Pero el final del concierto se acercaba y Fito pidió a Kelvis Ochoa, Haydée y Cimafunk cantar juntos “Y dale alegría”, ese tema que pide: “Dale alegría, alegría a mi corazón, es lo único que te pido, al menos hoy. Dale alegría, alegría a mi corazón…” Del público seguían pidiéndole “Al lado del camino”…

Fito se despidió, dejándonos alelados, hipnotizados, sin haber comprendido bien lo que allí ocurría, pero sabiendo que aquello fue real y palpable: Fito Páez cantó en Gibara para todos nosotros…

Pero el público le pedía otro tema: otra de sus canciones descabezadas y descorazonadas, vivas…

Y el músico y director argentino, agradecido, volvió al escenario, se sentó al piano, desgranó unas notas, y el público supo: “Esta canción la escribí cuando creí en la palabra, pero cada vez creo menos en las palabras y más en el polvo, los abrazos, el amor…”

“Al lado del camino”… se esparció por aquella noche gibareña con olor a mar y esperanza.

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