Música: En dos tiempos

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Por Jorge Suñol Robles

Para sentir, amar, para vivir…

Pupila alerta. Esta vez los secretos no se guardan. No hay excusas. Llega la nostalgia, el recuerdo, los amores viejos, los ríos que se alejan, llegan las ausencias y los breves espacios, llega el muro del Malecón, La Habana intacta, llegan las palabras, la poesía.

Haydée Milanés en concierto

Corre la madrugada, buscando más cómplices que un piano y un par de guitarras, desafiando los misterios de la música. De fondo, como lo imaginé siempre, surge una voz que envuelve, hipnotiza. Surge Haydée Milanés, que ha emprendido un vuelo infinito, como libélula, como el sentimiento más profundo, como un abrazo irrepetible. Canta y  cierra los ojos, casi con la piel partida, profunda. Quiere seducirnos, claro está.

Doce años después sube al escenario de La Villa Blanca, se suma al sueño de Solás y nos regala parte de su repertorio musical. Haydée, sin temer a las caras desconocidas y los corazones inquietos, y a las multitudes que atrae el Festival, nos entregó de manera íntima una Cuba llena de boleros y feeling. Que nadie lo dude, fue un concierto para recordar, para homenajear a íconos de la canción.

Temas emblemáticos como Ámame como soy y Cómo fue, los trasladó a su registro de una rica manera. El público, entonces, cantaba y recordaba. Fue evidente la herencia y el legado de su padre, de Pablo Milanés fue también el concierto, con su firma fueron la mayoría de las canciones interpretadas. Para vivir, Yolanda, De qué callada manera “merodearon” la noche.

Pero cuando llegó el tema Una palabra, conocida pieza de Carlos Varela, a muchos los dejó mudos. “Abandonó” a su grupo acompañante, y sola se adueñó de su voz. Silencio, que esto se oye a capella.  Fue, sin dudas, unos de los momentos más hermosos  y cumbres de la presentación. Vinieron, luego, otras canciones, llenas de historias y caminos. Haydée las hizo suyas, se paseaba en el escenario.

Terapias para enfermos de funk

Este segundo tiempo es apto solo para los que necesiten “terapia”, para gozar de verdad. Dicen que están inyectando funk, y la gente baila, desmedidamente. Dicen que es Erik, el negro Erik, con sus lentejuelas y su rico tumbao.  Es Cimafunk, desde La Habana hasta Gibara, en un gran espectáculo.

Soltó fuego el escenario, “criollizando” todo género, toda forma de hacer y sentir la música. Cimafunk todavía es un proyecto joven y vino a mostrarnos su primer álbum: una Terapia rica y pegajosa. Es indudable, Erik Alejandro Iglesias se desplaza por varios registros con una facilidad increíble,  y lo mezcla siempre con sabores cubanos.

En solo un año la agrupación ha ganado seguidores en el público. Qué  bueno que su música haya llegado hasta el Oriente y se conozca, más allá de plazas habaneras. Hubo en este concierto una conexión magnífica con la gente, pacientes enfermos de funk. El proyecto empieza con fuerzas, ojalá mantengan ese impulso y las ganas de hacer canciones. Sigue la noche,  y Gibara todavía despierta.

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