El reino de este Rubén

Publicado el Categorías Cultura fuera de casa, Entrevistas, Holguín, Literatura
Por Rosana Rivero Ricardo
El escritor y periodista holguinero Rubén Rodríguez mereció el Premio Alejo Carpentier

Cuando aquella tarde sonó su móvil, hacía un tiempo esperaba ESA llamada. Andaba más despistado que de costumbre. Venía de recoger la memoria y el paraguas, olvidados indistintamente en casa de amigos. Aún le faltaban por recoger los espejuelos, cuando lo interrumpió el timbre.

Arrugó los ojos y alejó el móvil todo lo que el brazo le permitía. Así se lee sin lentes a la altura de los 50 recién cumplidos. Mas no se recriminó por su olvido. Tiempo atrás había determinado que su despiste no era amnesia ni déficit de memoria. Se trataba, en resumen, de una crónica falta de atención.
Causa del diagnóstico: una parte de él seguía escribiendo, inventando tramas y personajes para sus sagas infantiles “El Garrancho de Barabulla” o “Leidi Jámilton” o algunos de sus infinitos proyectos, a veces abandonados en la segunda cuartilla o en la 150.
La dolencia “era congénita”. Los primeros síntomas aparecieron a los tres años cuando se escapó a la biblioteca, lo cual implicaba cruzar una calle de su natal Floro Pérez. Eso no lo recuerda, ni tampoco la zurra que definitivamente le habrían dado por semejante aventura literaria.
Pero sí recuerda el espacio a solas que siempre le dejó la familia para satisfacer su apetencia voraz de lectura, desde que aprendió a leer a los cuatro años.
El periódico ahora! ha sido su “hogar” por más de dos décadas. Fotos: Carlos Rafael
No veía el número muy bien, pero igualmente decidió contestar la llamada. Dígame. ¿Usted es Rubén Rodíguez?. Sí. Mire lo estamos localizando, porque… Pi, pi, pi. Pagaba él, se fueron los centavos que le quedaban de saldo y no se pudo enterar de la noticia. Eso era inconcebible para un periodista. Además, podía ser ESA la llamada.
Apuró el paso hacia el teléfono fijo más cercano, justo en su único centro de trabajo por 27 años y donde nacieron sus primeros libros: el periódico ¡ahora!.
En el camino pensó cómo habría sido su vida, si hubiese tomado por absoluta la decisión veinteañera de no ser escritor, porque se consideraba una persona no apta para escribir textos de ficción. Claro, que en esa época no había vivido lo suficiente.
Alguien le dijo, años después, que la experiencia vital le confiere autenticidad y credibilidad a los textos y que no puedes escribir de lo que no has sentido o vivido, o de aquello para lo cual no estás preparado.
Por eso, hasta su treintena, se refugió en el periodismo. Ese era el único oficio del mundo donde le pagaban por escribir.
Hacia él canalizó todas sus vocaciones primigenias: la de pintor-narrador que hacía historietas, la de dramaturgo con obras que presentaba junto a los pioneros de su primaria y secundaria, la del incipiente escritor que ejercitó con unos mamotretos de ciencia-ficción en libretas a las que nadie tenía acceso, aunque ocasionalmente podía leerle un fragmento de algo a alguien.
A esos textos les dio candela, porque no quería dejar pruebas de aquello que le parecía extraordinariamente mediocre. Por suerte, no ocurrió lo mismo con el resto de la obra.
Ya le faltaban pocas cuadras para llegar el periódico, el centro al que entre 1991 y 1999 le había regalado páginas de su periodismo narrativo o literario, un filón exquisito descubierto en la carrera que cursó en Santiago de Cuba, a mitad del camino entre las dos profesiones que más amaría.
De la universidad se llevó la técnica de escritura y, sobre todo, adoró la gramática que estudió por enormes libros. Se enamoró de ella y fue una pasión retribuida en el resultado de su trabajo.
Entonces no sospechaba que, años después, desde la posición de profe, le donaría a sus alumnos de periodismo esos conocimientos y les aconsejaría acumular palabras, estructuras gramaticales y formas de hacer que le hagan más fácil el trabajo.
También les enseñaría técnicas narrativas como herramientas para hacer un periodismo más divertido, entretenido, interesante. Lo ha enseñado tal como lo aprendió de aquella profesora santiaguera que decía que se podía barrer lo efímero del diarismo y hacer literatura de lo cotidiano.
Subió los escalones de dos en dos, agarró el teléfono y digitó los números que lo separaban de la noticia. Ocupado. Reintentó. El número marcado no está asignado a ningún abonado.Para cuando se dio cuenta, ya había borrado el registro de la llamada. ¿Cómo comunicarse?
No podía concentrase en otra cosa. Si era ESA la llamada, la experiencia sería aún más increíble que en su primer premio por el primer cuento escrito en serio, aunque fuese desechado por un tiempo por considerarlo de poco valor. En 1999, cuando no se lo esperaba,recibió el Celestino de Cuentos con “Flora y el Ángel”. El reconocimiento lo hizo envalentonarse, confiar en sí mismo y, sobre todo, lo llenó de ganas de seguir escribiendo.
Por eso llegaron las primeras veces con su cuaderno de cuentos, “Eros del espejo”; la novela “Majá no pare caballo” y su libro para niños “Mi mundo”.
De esa producción continua que es más fecunda en invierno, porque el calor lo bloquea, nacerían otros dos libros: “La madrugada no tiene corazón”, con el que saldó su deuda con el fantástico, a pesar de la crítica; y “Gusanos de seda”, una novela de corte realista.
Todo eso lo escribió después de los 30. Por eso, en algunas taxonomías que inventan por ahí, lo clasifican como “Novísimo tardío”, o algo así, porque no empezó a escribir con su generación, sino con la siguiente,simplemente, porque no se sentía preparado. Eso lo liberó de los tanteos y entró al ruedo literario más seguro.
Para calmar los nervios conversó sobre cualquier tema con los colegas que sospechaban que aquella llamada era para “algo bueno”, como lo fue el Taller de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso que cursó con 36 años, varios premios y libros publicados, pero con tremendas ganas de aprender.
Se imaginó que los clásicos ni se enteraron de que existían las técnicas narrativas, pero a él le hicieron bien, le ahorraron tiempo y le enseñaron humildad para saber que esas cosas ya estaban inventadas y no había descubierto el agua tibia al emplear la caja china.
Por fin consiguió el número. Marcó el siete con fe. Él es amante de los concursos como modo de validación de la literatura, dar a conocer un autor, o vía expedita para publicar un libro.
Había perdido tantos como los que había ganado, y eso le hizo crecer como persona. Celebraba las victorias y a las derrotas las combatía con un pa’lante que la vida no acaba.
Le había pasado todo tipo de cosas con los certámenes. Recordó aquella vez en que envió un texto y no ganó. Al año siguiente presentó el mismo volumen al mismo certamen y obtuvo el premio.
Del otro lado del teléfono la noticia. El Premio Alejo Carpentier 2019 en cuento era suyo, precisamente en el momento en que su carrera literaria llega a sus 20 años, aunque el onomástico le sonara a discurso de vedette. La alegría, los abrazos y felicitaciones de los amigos, las llamadas, las fotos para Facebook, las entrevistas, la noticia oficial que dice que su cuaderno inédito “El año que nieve” le obsequió el reconocimiento más grande de su carrera como escritor.El cerebro que todavía no lo cree. Esa noche sin poder dormir.
No obstante, se sentía como el mismo Rubén. Nada cambia cuando eres auténtico. Un premio, un libro, una vocación, una profesión o un viaje, no transforma su esencia como persona.
Él siguió siendo los últimos ojos que revisan el periódico, saboreando ese placer infinito que descubre cuando pone una coma donde va y no estaba, porque disfruta revisar, los textos ajenos como los propios con la misma prolijidad. Él siguió buscando memorias, paraguas y espejuelos…
Tomado de www.ahora.cu/es