Un hombre terriblemente feliz

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images/authors/2017/10/rXj280_03-10-2017_09.10.22.000000.jpg Por Liudmila Peña Herrera
Uso el humor como arma para enfrentar la vida de todos los días, afirma Rubén Rodríguez González.

A veces lo veo reír con esa aparente inocencia de muchacho bueno, y creo que nació para hacerles la vida más feliz a quienes le rodean, o para ayudarles a percibir, a través de sus historias, la verdad de la belleza.

A sus 50 años, con una veintena de títulos publicados, una columna fija en el semanario provincial ¡ahora! y el cabello salpicado de plata, Rubén Rodríguez González se ha vuelto un hombre interesante. Habrá cientos de razones que lo justifiquen, todo depende del ángulo desde el cual se mire. Puede que su extraña timidez resulte llamativa, o la palabra perspicaz o su finísimo sentido del humor. Pero en el año en que llegó a las cinco décadas, el Premio Alejo Carpentier en el apartado de Cuento provocó que todas las miradas se volvieran hacia este hijo del campo, que se convirtió en periodista hasta que estuvo listo para transformarse en narrador. Alguna vez me aseguró que se sentía más periodista que escritor, pero de eso ha transcurrido ya un buen tiempo. ¿Sostendrá hoy la afirmación de entonces?

«Soy escritor y periodista porque parte de mi formación como narrador nació del periodismo, el cual enseña técnicas de escritura, brinda vivencias y mata el miedo a la página o a la pantalla en blanco. Además, me ha permitido viajar, conocer personas, ser testigo de hechos determinados…», asegura Rubén.

—¿De un reportaje te ha nacido alguna historia de ficción?

—A finales de los 90 hice varias entrevistas, por encargo del periódico, a unas jóvenes que ejercían la prostitución y que luego se convirtieron en personajes de una novela y de algunos cuentos. Las experiencias de esas muchachas, incluso sus fisonomías, me ayudaron a construir uno o varios personajes.

—¿Cuánto se parece el Ernesto de El Garrancho de Garabulla, que también es escritor, a Rubén Rodríguez?

—Mucho, porque entre mi vida y la del personaje de ficción hay bastante en común. Hasta las reflexiones literarias que hace Ernesto son mis propias convicciones sobre la creación. Incluso, características del personaje como la inseguridad, su timidez natural, el modo en que lleva la familia, las relaciones afectivas, lo relativo a la paternidad, la confianza en el ser humano…, todo tiene que ver con mi propia manera de ser; igual que hay personajes del mundo de Garabulla que parten de recuerdos de mi infancia.

«Aunque el lugar donde crecí, Floro Pérez, es un pobladito, íbamos mucho al campo. Detrás de esas historias están los olores, sabores, texturas, sensaciones, emociones, que se conservaron para estar en esos libros».

—Eso explica por qué el campo es como un leitmotiv en tus libros infantiles.

—La literatura para niños a veces es demasiado urbana y se olvida un poco que el alma de la nación está también en los pequeños entornos rurales. Yo veo el campo, más que como un sitio, como un símbolo de la patria.

—¿El hombre que eres sería diferente si no hubiese crecido allí?

—Voy a citar un texto mío de la saga de Leidi Jámilton, en el que la protagonista dice: «Las cosas que más me gustan en el mundo son tales porque quizá en otro mundo me gusten otras cosas». No puedo decirlo, ni adivinar; creo que lo interesante de la vida es que en cada circunstancia tomes una decisión determinada. Si viviera otra vida sería otra cosa, para probar cómo es.

«Tengo una curiosidad natural que me lleva a buscar, a intentar variantes y a nunca dejar de deslumbrarme.

«En todo esto hay un crecimiento donde se conservan, como islas, estas experiencias de infancia y adolescencia; además de otras circunstancias que he vivido y que habitan en otras zonas de la literatura que hago».

—¿Tus personajes te ayudan a ti como persona?                      

—Ayudan a sacar facetas de mi personalidad. Puedes ventilar una duda, un comportamiento, un asunto particular, a través de un personaje; puedes exorcizar demonios a través de un cuento. Más que buen escritor, yo quiero ser una buena persona. Algunas historias personales han sido convenientemente recicladas para convertir el revés en victoria.

—En cuanto al humor, ¿te lo impones o te resulta innato?

—Crecí entre personas con mucha vitalidad, inteligencia natural y el don del sentido del humor. En lo personal, no soy trágico y me abruma la solemnidad. Uso el humor como arma para enfrentar la vida de todos los días. En mayor medida, el humor está presente en mi literatura infanto-juvenil, porque creo que debe ser intencionado y el mensaje llega mejor si se dice con risa, de una manera divertida. Tiene que ver con el estilo.

—¿Y el sexo y la sensualidad?

—El ser humano se mueve entre lo erótico y lo tanático. No creo que el sexo sea un tema tabú si cuentas bien la historia. Trato de estilizar, intento una elegancia en el lenguaje. No busco lo procaz ni lo grosero. Me interesan el erotismo, las sensaciones, el cuerpo, las texturas, los olores, la belleza. Claro, no todos los sexos que aparecen en mis textos son gozosos. A veces es solo un paréntesis en medio de una historia trágica, que le da un poco de respiro al personaje o que reafirma el sentido fatal de esa relación, como es el caso del cuento El vecino, en el que dos personas tristes, ya maduras, deciden compartir sus cuerpos. Ese es su modo de salvación, que dura solo ese pedazo de noche. Esta visión está en el libro Los amores eternos duran solo el verano, bajo el sello de Letras Cubanas, que está a la venta en esta Feria.

—¿Qué otros textos tuyos podemos encontrar en la Feria?

—Está la reedición, después de 12 años de publicada por primera vez, de la novela para niños El Garrancho de Garabulla (Ediciones Holguín), y también La retataranieta del vikingo (Editorial Oriente), texto en el que aparecen fragmentos de los libros anteriores sobre el Garrancho, y que constituye la cuarta parte de la serie. Creo que de la saga esta es la novela más completa, estilística y técnicamente hablando. Es un libro sobre padres e hijos, el perdón y la reconciliación.

—¿Por qué no te consideraste un verdadero escritor hasta casi los 30 años?

—Empecé tardíamente. Mis pininos literarios en serio fueron en 1999 cuando gané el Premio Celestino, de cuento, con un texto al que no le tenía ninguna fe. No me consideraba capaz de producir textos literarios de ficción decorosos, a la altura de los libros que estuve leyendo desde los cuatro años.

—Cursaste el centro Onelio cuando ya tenías cinco libros publicados. ¿Por qué optaste entonces por un taller como ese?

—Porque sentía que necesitaba el conocimiento de las técnicas narrativas. Eso te da conciencia de la literatura propia y de la ajena, y adquieres recursos como autoeditor. Estoy tremendamente agradecido al Taller de Técnicas Narrativas del centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso, y especialmente a Eduardo Heras León. Ah, un detalle: gané el Galeano y con el dinero del premio compré una computadora.

—¿Qué supone para un autor prolífico el Premio Alejo Carpentier?

—Este tipo de premio sirve como confirmación de la validez de lo que estás creando. En ocasiones puedo sentirme un poco inseguro respecto a mi obra. Un premio de esta índole devuelve esa fe en lo que estás escribiendo. El año que nieve significa otro derrotero literario, una variación de estilo, otra manera de decir las cosas. Quizá lo que ha cambiado no es la circunstancia, sino la mirada del escritor hacia el mundo que le rodea.

—¿Eres de los escritores que se inspiran en la tristeza para poder escribir?

—Acepto y entiendo al que solo encuentra la inspiración en la angustia y el conflicto. Yo en lo particular no puedo escribir una línea si no me siento terriblemente feliz.

—¿Por eso es que has estado tan creativo últimamente?

—Sí —dice y se echa a reír.

Tomado de www.juventudrebelde.cu