A imagen y semejanza de Codanza

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Por Erian Peña Pupo

Fotos Wilker López

Con la presentación de una cuidada Función Concierto en la Sala Raúl Camayd del Teatro Eddy Suñol, concluyó la temporada que la Compañía de Danza Contemporánea Codanza, dirigida por la maestra Maricel Godoy, realizara para festejar su aniversario 27.

Lo más interesante del programa fue la presentación de la obra Imaginem, et Similitudinem, en latín Imagen y semejanza, coreografía del joven coreógrafo guantanamero Yoel González Rodríguez, quien realizó, además, el guion y el diseño de vestuario.

Codanza asume una obra compleja en su concepción, abierta a múltiples posibilidades. Imaginem…, pieza abarcadora, necesita el trabajo colectivo, la armonía de todo el conjunto. Yoel lo ha logrado una vez más con Codanza, como antes coreografió Tráiler y ABC.

Esta vez Yoel parte de varios conceptos platónicos –“lo bello en sí”, “lo bueno en sí”, “lo múltiple”, “la unidad”, “la idea única”, etc., reciclando, de alguna manera, el clásico mito de la caverna– para acercarnos, nos asegura el programa, al “surgimiento de algo que se parece a nosotros mismos, que se analiza como arte u obra, pero realmente define nuestro hábitat, y propone vernos desde la naturaleza que somos. Similitud de estados emocionales que se unen en un mismo ritmo, paralelo en todos los intérpretes, la contorción de las zonas flexibles del ser humano, mental y físicamente, el parentesco de lo que el hombre declara como perfección y exactitud. La naturaleza del cuerpo”.

Precisamente esta exploración de “la naturaleza del cuerpo” particulariza la obra: los cuerpos de las coreografías de Yoel –lo hemos visto en varias de sus piezas, obsesionadas también con la exploración, “la exactitud”, “la perfección”– buscan cierta animalidad, metamorfosean las pieles, los sentidos, se trastocan; doloroso es cierto, y además, requieren de bastante esfuerzo por parte de los bailarines, pero acaban cediendo las posibilidades del cuerpo, abriendo caminos, metamorfoseándose en otros…

Imaginem, et Similitudinem es una pieza altamente cinematográfica, por la cantidad de asociaciones e intertextualidades que nos ofrece: desde la iluminación marcadamente barroca, diríase más bien tenebrista, como escapada de un cuadro de Caravaggio, hasta ciertas reminiscencias –inconscientes, pueden ser, todo depende del receptor, por eso la multiplicidad y singularidad de la experiencia artística– a la luz de varios filmes del director Terrence Malick, por ejemplo, los atardeceres de Days of Heaven, de 1978.

“Todo texto se construye como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto”, escribiría Julia Kristeva refiriéndose a Mijaíl Bajtín. Y la danza, sabemos, es un texto cargado de posibilidades, de sentidos encontrados, sugiriendo.

La música, por su parte, creada originalmente por Otto David Fernández Babastro, acompaña la plasticidad de las imágenes, el desenvolvimiento de los bailarines de Codanza. La repetición de varios patrones y la coreografía vienen a compenetrarse, ser una.

La Función Concierto contó también con las obras Disorder, de Danza Libre, y Filia, de Médula, ambas compañías de Guantánamo, también coreografías de Yoel, quien asegura que “todas estas piezas son un gran experimento. El hombre y la mujer como instrumentos del coreógrafo para contar sus poesías, la experiencia de un dolor ajeno que hace estragos en el alma del coreógrafo y se hace verdad y arte en los intérpretes”.