De Alto Cedro…

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Con qué otra palabra definirlo que no fuese la de prodigio. Máximo Francisco Repilado Muñoz desde pequeño, allá en su natal Siboney, comenzó a tocar “de oído”, al tiempo que torcía tabacos en la fábrica Montecristo para ayudar en su casa.

Cuentan que de su abuela, una esclava liberta que vivió ciento quince años, heredó el hábito de fumar y su longevidad, al tiempo que supasión por la música encontró en la guitarra y el tres cubano una fusión novedosa, el armónico, una guitarra de siete cuerdas donde una de ellas repite la nota sol.

Un proverbial sentido del humor poseía Compay Segundo. Foto: Internet

Fueron los primeros años en el mundo artístico junto con otros niños de su localidad natal para formar el sexteto Los Seis Ases, al tiempo que asistía a clases de solfeo para escoger posteriormente el clarinete.

Con solo quince años consiguió ingresar en la Banda Municipal de Santiago de Cuba tocando el instrumento antes mencionado, actividad que además de asegurarle un sueldo, le permitía en su tiempo libre cantar y empezar a componer sones. En esta etapa surge su primera composición, el tema Yo vengo aquí, dedicada a una muchacha de la que se había enamorado, data precisamente de 1922, época en que empezó a relacionarse con grandes cantantes como Sindo Garay y Ñico Saquito.

El Cuarteto Cubanacán fue la modesta pero efectiva plataforma de lanzamiento que lo llevó después a trabajar con el quinteto Cuban Stars-bajo la tutela de Ñico Saquito-, con el que en 1934 se fue a La Habana, y allí, tras dos temporadas como clarinetista en la Banda de Bomberos de Regla, formó en 1938 el Cuarteto Hatuey con Lorenzo Hierrezuelo, Marcelino Guerra Rapindey y Evelio Machín.

Giras internacionales prosiguieron a la agrupación que incluso llegó a participar en el cine, en películas como Tierra brava y México lindo y querido, propias de ese territorio hispanoparlante. Luego de su regreso a Cuba sumó sus actuaciones como clarinetista en el famoso trío liderado por Miguel Matamoros en la etapa en que cantaba el mítico Benny Moré.

En 1949 creó junto con un compañero del Hatuey, su amigo Lorenzo Hierrezuelo (guitarrista de Siboney), el dúo Los Compadres, nacido con el propósito de rescatar la música de “monte adentro”, los sones de nuestra tierra oriental. Fue entonces cuando recibió su apodo, ya que a Hierrezuelo se lo conocía como Compay (diminutivo oriental de compadre) Primo (porque hacía la primera voz); él, que tocaba el armónico y hacía la segunda voz, pasó a ser Compay Segundo.

El dúo marcó toda una época de la música cubana, y canciones suyas como Macusa, Mi son oriental, Los barrios de Santiago, Yo canto en el llano, Huellas del pasado, Hey caramba, Vicenta o Sarandonga hallaron entonces el vehículo perfecto para convertirse en éxitos populares y perdurar, casi todas ellas, en el repertorio de Compay hasta sus últimos discos.

Un periodo de fama y gran popularidad sufrió una agria ruptura entre ambos cuando Hierrezuelo prefirió darle el sitio de Repilado a su hermano Reynaldo y Compay, principal inspirador del dúo, se quedó en la calle. Fue el compositor Walfrido Guevara quien lo convenció de poner su nombre al frente de un grupo, así nació Compay Segundo y sus Muchachos, en el que entraron como cantantes Carlos Embale y Pío Leyva y que mantuvo hasta el final de su vida, formado ya por dos de sus cinco hijos, Salvador y Basilio -su sucesor en el conjunto actual-, Julio Alberto y Benito Suárez.

Tras un periodo en el anonimato el son resurgió en la Isla y con él Compay Segundo,  en 1989 el musicólogo Danilo Orozco lo llevó como invitado especial, junto al Cuarteto Patria y Marcelino Guerra Rapindey, al Festival de Culturas Americanas Tradicionales que se celebró en el Smithsonian Institute de Washington, sin dudas un hallazgo internacional de su talento.

Visitas a España con motivo de los Encuentros del Son Cubano y el Flamenco en Sevilla, así como el lanzamiento del disco Antología de Compay Segundo (1996), restablecieron la magia que se generó en torno al sonero cubano, cuya música y personalidad fueron como un imán para compartir ritmo y voces para muchos artistas.

Tras un periodo en el anonimato el son resurgió en la Isla y con él Compay Segundo. Foto: Internet

Momento cumbre de la etapa fue con el arribo de Ry Cooder, el extraordinario guitarrista que pusiera música a la película París, Texas (1984), de Wim Wenders, quien ideó y produjo el disco Buena Vista Social Club (1997), que ganó un Grammy e inspiró a una película con ciertas concesiones a la comercialidad que no hacía demasiada justicia a esos músicos y sus raíces, pero que también se alzó con un premio, el del Cine Europeo: si el disco supuso una resurrección de viejas celebridades -Omara Portuondo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva, Eliades Ochoa y el propio Compay-, la película fue para ellos la llave del mundo.

“Yo sé esto y me escondo en un platanar”, expresara Compay días antes de su muerte, cuando el médico le prohibió el café y el tabaco, con ese proverbial sentido del humor que lo devolvió por un momento a su infancia en Siboney, antes del largo recorrido que empezó a desgranar ese gran himno a la canción cubana que es su Chan-Chan: “De Alto Cedro voy para Marcané. Llego a Cueto, voy para Mayarí…”.