Pablo Guerra y su rapsodia para un animal de carga

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Por Erian Peña Pupo 

Foto cubierta cortesía de Ediciones La Luz y Vanessa Pernía 

Pablo Guerra Martí sabe –como su admirado José Lezama Lima– que “paso es el paso del mulo en el abismo” y que “ese seguro paso del mulo en el abismo suele confundirse con los pintados guantes de lo estéril” y además, suele hacerlo “con los comienzos de la oscura cabeza negadora”. Pero Pablo Guerra, poeta aguzado en los complejos entresijos del idioma, conoce que el “final no siempre es la vertical de dos abismos”. 

A estos abismos se ha asomado, al punto de declarase “animal en extinción”, pero un animal capaz de tomar palabras “del día a día para construir el lecho, la cama y el fogón”. Palabras que terminan siendo proscritas, tiernas, sucias… materia de los versos de Animal de carga, publicado en 2018 por Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín, con edición de Luis Yuseff, diseño de Frank A. Cuesta, a partir de una foto de Ramón Legón, y corrección de Mariela Varona y Yailén Campaña. 

La profunda hinchazón del plomo dilata los carrillos del mulo de Lezama Lima; mientras que el buey de Pablo está “herido por la vara, hendido por la vara, guiado por la vara” y “no recuerda para que sirven sus bríos, ¿hollar en el fango? ¿jalar la carreta, acaso?”. Este buey –insiste en decirnos el poeta, narrador y realizador audiovisual– “ya no es el que determina la pauta, el orden natural de las cosas que han de ser arrastradas”. Sigue el paso lento, el cabeceo… “Entre él y el límite solo está el palmo de húmeda lengua”. Otros, algo más lentos, le clavan al buey la orden en el lomo endurecido… 

El poeta, miembro de la UNEAC y merecedor de varios premios literarios, acarrea “cántaros que se han de vaciar para sucesivas vueltas”, “cuentas que han acumulado saldos deudores, intereses multiplicados ante el ojo del publicano y en los bolsillos”, y como el mítico Sísifo de Corinto –aquel reinterpretado por Camus como metáfora de la vida moderna– sube cuesta arriba la empinada ladera cargando la pesada roca. Muchas veces, también como Sísifo, cree que está condenado a una inútil e incesante tarea, una “bancarrota declarada, a cuestas, en el lomo de los días”. Otras veces, apenas cree distinguir entre la naturaleza del hombre y su agobiante carga. Es entonces cuando “el tigre de las horas” –¿acaso el tigre de Blake?– arroja su gélido aliento y el poeta deja a un lado el temor a la garra, a la certeza del colmillo, y asegura que el miedo es su arma, el ojo alerta su naturaleza. Aun así, existe, permanece, incluso llega a asegurarnos que “la luz persiste como un perro fiel en seguir guiando nuestros pasos”. 

Esa luz –atizada por las circunstancias del alma, “vasto territorio donde nos perdemos desacostumbrados al oficio de los encuentros”– arremete “la muerte inmemorial que padecemos”, y en la poesía de Pablo Guerra Martí encuentra asideros en los seres que ama y necesita, “la pesada bola del recuerdo que inevitablemente volverá para golpearnos”. Sus hijas, su madre, los amigos como “islas golpeadas por el viento” –y con ellos la impotencia ante la imposibilidad de “alumbrar la soledad”– viven en poemas que poseen algo de esa electrizante y lírica estructura lezamiana evidente en sus libros. 

Pablo Guerra Martí no se encuentra, como Lezama, “entre los toros de Guisando”, pero sí está “entre los que preguntan cómo y cuándo”. Y ese cómo y cuándo desbordan su poesía. Él sabe que al pasar la página –después de leer sus versos– algo queda, y que ese algo –cercano, vital, palpable, nuestro– nos impulsa a creer que antes de rodar nuevamente, Sísifo tuvo la certeza de que la piedra había avanzado un poco más (tomado de la web de la Uneac). 

 

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