Julio García-Espinosa por un cine imperfecto y rebelde

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Por Erian Peña Pupo

Dos aniversarios relacionados con el cineasta, teórico y profesor Julio García-Espinosa se conmemoran este año: el 95 de su natalicio, el 5 de septiembre de 1926 en La Habana, y los 60 años de El joven rebelde, una de las primeras obras de ficción posterior a la creación del Icaic, específicamente el cuarto largometraje producido por este, estrenado en mayo de 1961 como ejemplo de un cine que “entonces apenas estaba naciendo”, entre tanteos, búsquedas y reafirmaciones, como diría José Massip, uno de los guionistas del equipo liderado por el italiano Cesare Zavattini y que contó, además, con José Hernández y el propio director García-Espinosa en la escritura del guion. 

El italiano, quien había visitado Cuba más de una vez en la década anterior y conocía a los jóvenes miembros de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, a la cual pertenecía Julio, y desde cuya Sección de Cine que había realizado el corto El Mégano, junto con Alfredo Guevara y Tomás Gutiérrez Alea (Titón), sería, para el cine cubano de esa década, “además de un mentor, un portavoz enérgico”, afirma Juan Antonio García Borrero. Zavattini era uno de los grandes guionistas del cine y uno de los principales teóricos y defensores del neorrealismo –bajo cuya influencia se formaron, en las aulas del Centro Sperimentale di Cinematographia en Roma, realizadores cubanos como el propio Julio, su hermano Pedro, y Titón– había escrito los textos de clásicos de Vittorio De Sica como Ladrón de bicicletas (1948), Milagro en Milán (1951) y Umberto D. (1952). 

“Ningún intelectual de Europa expresó antes que él, de manera pública y con tanta vehemencia, el tremendo entusiasmo que le provocaba la derrota de Batista. Era apenas el 2 de enero de 1959, y ya Cesare Zavattini le enviaba desde Roma a Alfredo Guevara, futuro presidente del Icaic, una carta” desbordada de optimismo: “Ustedes están en la situación ideal, así como estuvimos nosotros, inmediatamente después de la caía del fascismo, para desvincular el cine de las rémoras industriales y hacerlo devenir el medio de expresión político y a la vez poético de la gran aventura democrática hacia la que se están encaminando”, escribía el guionista de El oro de Nápoles

Poco después Zavattini no dudó en aceptar la invitación cursada por el Gobierno Revolucionario para colaborar en la construcción del Icaic o, como subraya García Borrero, “en la construcción de una cinematografía nacional”. Arribó a finales de 1959 a La Habana, asesoró varios proyectos de guiones y supervisó Cuba baila, de García-Espinosa, el primer filme producido por el Icaic; y comenzó a trabajar en el guion de El joven rebelde, a partir de un argumento suyo: “Se trata de un muchacho de 14 o 15 años que se alza en la Sierra. Es un argumento increíble para el extranjero. Y trabajamos para convertir esto en un espectáculo interesante”, aseguró a inicios de 1960

En carta a Alfredo Guevara desde Roma, Zavattini le comenta sobre el proceso de escritura del guion del filme: “Se trata ante todo de no querer y no deber considerar El joven rebelde como un filme de propaganda en el sentido estrecho y directo. Esto no le quita cierta imprescindible exigencia informativa, pero al mismo tiempo permite un tono, un modo, de mayor alusividad respecto por ejemplo, a los cuentos de la revolución”

García-Espinosa, quien entonces se encontraba en México en la postproducción de Cuba baila, fue el director de la película. Aunque el proyecto no le interesaba, contó el director de Aventuras de Juan Quinquín (1967) y Reina y Rey (1994), “Titón y yo éramos los únicos que teníamos cierta experiencia para atrevernos a hacer un largometraje. Yo quería hacer entonces Bertillón, de Soler Puig, pero Titón se enamoró de la novela (que nunca hizo) y el otro argumento disponible era El joven rebelde, que yo asumí. Trabajé el guion, tuve muchas conversaciones con Zavattini, de modo que fue una experiencia muy enriquecedora (…) Tengo muchísimas anécdotas con el gran neorrealista, pero puedo decirte algo que lo resume todo: entre las muchas gentes por las que uno está influenciado, él ocupa un lugar muy importante en mi vida y en mi generación”

La historia de Pedro, el joven campesino que se incorpora al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, cuya impetuosidad y espíritu rebelde le trae enfrentamientos con sus superiores y que alcanza su madurez como combatiente en la decisiva batalla de Guisa, se estrenó el 2 de marzo de 1962 y fue seleccionado entre los filmes más destacados del año. El Festival de Karlovy Vary, en Checoslovaquia, le entregó el Premio al Joven Creador al filme protagonizado por Blas Mora, Wember Bros, Lionel Alleguez, José Yedra, Miguel Piedra, Carlos Sessano, Cuqui Ponce de León, Amanda López, Reinaldo Miravalles y Ángel Espasande, con fotografía de Juan Mariné y edición de Mario González. La producción fue de José Fraga, el sonido de Eugenio Vesa y la música del joven Leo Brouwer (quien había trabajado con el Icaic desde Historias de la Revolución). 

A pesar de los reconocimientos y de la influencia del neorrealismo y sus maestros en el cine cubano de los primeros años del Icaic, el propio García-Espinosa estaba consciente, como asegura García Borrero, de que aquel modo de representación de la realidad que proponía el primer neorrealismo comenzaba a ceder terreno ante los nuevos movimientos (Free Cinema, Nueva Ola Francesa, Cinema Verité, Cine directo, entre otros). “…cuando leí el guion, la historia no me resultó interesante, o más bien no me interesó la forma en que estaba narrada. La sentía totalmente ajena a mi sensibilidad. Pero, ¿cómo desdeñar un guion de Zavattini? Por disciplina profesional, por lo que podía representar para el Cine Cubano, realicé el filme. Me costó separarme de Zavattini y del Neorrealismo italiano por más de treinta años”, rememoró quien fuera director del Icaic entre 1983 y 1990, y director de la EICTV entre el 2004 y el 2007. 

Si bien el filme es un ejemplo de la evidente huella neorrealista en la producción cubana de estos años, El joven rebelde “también resulta el punto de ruptura entre el maestro neorrealista y los cubanos”, asegura Anastasia Valecce, pues desde este momento, los directores cubanos, particularmente Julio García-Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea, “tomaron consciencia de la necesidad de producir un cine que no tuviera influencias extranjeras, y por lo tanto, declararon su voluntad de tomar distancia del neorrealismo. Las circunstancias que determinaron el final de las relaciones entre Zavattini y los cubanos están muy conectadas con la producción de El joven…

A partir de ahí, añade la investigadora, los cineastas de la isla “encuentran estrategias para crear lo que ellos definen como un cine propiamente cubano. Este nuevo lenguaje cinematográfico no habría podido existir sin los contactos, las pausas, las distancias y finalmente la ruptura que implicó la relación con el neorrealismo”. Volver a El joven rebelde, a sesenta años de su filmación, resulta una buena oportunidad no solo para analizar la influencia de Zavattini y el neorrealismo en la filmografía de esa década, y conocer la obra del autor de Por un cine imperfecto (1969) y otros textos necesarios, sino para comprender un cine que, a partir del aprendizaje, insistía en construirse desde sí. 

 

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