TERROR EN LA HABANA

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Por el Ms. C José Abreu Cardet, Premio Nacional de Historia

La industria azucarera está conformada por una serie de contradicciones profundas y aparentemente insalvables. El azúcar cubana en buena medida es hija de la violencia. Para conseguir su mano de obra han tenido que irse sus artífices a buscarla  en las selvas y sabanas africanas en guerras inacabables. Tan solo entre 1817 y 1820 fueron trasladados a la isla 78 084 esclavos.

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Ha sido necesario mantener un estado permanentemente bélico para tener en la sumisión a decenas de miles de esclavos de origen africano. Han sido perseguidos los cimarrones hasta un apartado bosque y  fusiladas  a mansalva las dotaciones sublevadas.  Al mismo tiempo los precios y mercados  para el azúcar han ido ascendiendo en  medio de olas de sangre. Revoluciones y guerras han provocado el incremento de su demanda. La revolución de Haití despejó el camino. La sangre esparcida en las trincheras de la primera y segunda guerra mundial ha llamado al dulce grano al gran baile de los buenos precios en el mercado internacional. Surgida entre el lamento y la sangre el azúcar necesita al mismo tiempo una paz casi idílica para poder subsistir y desarrollarse.

Esos infinitos campos verdes guardan en sus entrañas una armazón de hojas secas, combustible implacable, acumulado de zafra en zafra, que es una verdadera excitación para el saboteador decidido. En potreros imposibles de proteger por su extensión y dispersión descansa la manada de bueyes que al amanecer arrastrarán por veredas sin nombres las grandes carretas rebosantes de las esbeltas cañas. Están demasiado expuestos los nobles animales al filo del machete del complotado que quiera devenir en  señor del desjarretado de la manada. Las largas vías férreas tienen demasiados puentes de madera seca, atraviesa su vida mecánica sobre terraplenes solitarios ofrecidos al potencial saboteador con complicidad de muchacha enamorada.

Estamos ante un mundo demasiado frágil que es necesario proteger, preservar de alzamientos de esclavos o revoluciones de gente ilusionada con la libertad. Los propietarios de la isla han tenido que ir forjando paulatinamente esa seguridad. Estamos ante una verdadera hazaña del calabozo, del patíbulo,  de la sala de tortura…

El imperio español trató de aislar a su fiel colonia de todo lo que oliera a complots, a insumisión. Con un sentido muy lógico de la mentalidad de los represores se prohibió la introducción  de literatura subversiva de Europa y la América Anglosajona. Pero lo que creo un pánico real no fueron los criterios argumentados por jóvenes e idealistas intelectuales enemigos acérrimos de déspotas. Si no los aliados, los que habían expuesto su vida por extender las fronteras del imperio español fueron los causantes de un pánico colectivo en las ciudades cubanas.

Esta situación se puso en evidencia, a fines del siglo XVIII, cuando un grupo de antiguos esclavos de Saint Domingue se  unieron al frustrado esfuerzo español  de reconquistar esa parte de La Española. Allí se desarrollaba como tormenta solar ese fenómeno  conocido como la Revolución Haitiana.

Ante el fracaso de  hacer española la colonia francesa se dispuso trasladar a los negros que ayudaron en el intento  a Cuba. El capitán general desde su palacio habanero se apresuró a informar de lo delicado de la situación creada por esa decisión:

Esta noticia ha llenado de terror a los habitantes blancos de la Ciudad y de la isla, cada vecino cree ver el momento de la insurrección de sus esclavos, y el de la desolación universal de esta colonia en el momento de la aparición de estos personajes, esclavos miserables ayer héroes hoy de una revolución triunfantes, opulentos y condecorados; tales objetos no son para ser presentados a la vista de un pueblo compuesto en la mayor parte de  hombres de color que viven en la opresión de un numero mas corto de blancos. (1)

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Los militares negros fueron dispersados por diferentes territorios del imperio: La Florida, Yucatán, Costa de Mosquitos, Portobelo, Trinidad e incluso la propia Península recibieron a los esforzados y pocos apreciados defensores del imperio hispano.

Notas.

1 Jorge Ojeda y Jorge Canto La aventura imperial de España en la revolución haitiana. Impulso y dispersión de los negros auxiliares: El caso de San Fernando de Ake, Yucatán. En Secuencia, Revista de Historia y Ciencias Sociales, enero abril 2001 pp 74 75