Teatro cubano: nación y escena

Por Erian Peña Pupo

Foto tomada de Internet

Hoy, 22 de enero, el Teatro cubano celebra su día. Esa fecha, pero en 1869 se produjeron los sucesos del Teatro Villanueva. Ese día el teatro cubano se comprometió para siempre con el destino de la nación y la escena teatral devino arma del proceso revolucionario cubano. Por eso en 1980, durante la celebración del Primer Festival Internacional de Teatro de La Habana, se declaró el 22 de enero como Día del teatro cubano.
El Departamento de Comunicación Cultural La Luz, la Dirección Provincial de Cultura y el Consejo Provincial de las Artes Escénicas en Holguín, se suman a la felicitación a los teatristas cubanos, especialmente los holguineros, en este día especial para la escena nacional. Actores, dramaturgos, directores, escenógrafos, diseñadores, técnicos… reciben el saludo por el trabajo sostenido en aras del presente y el futuro de nuestras tablas.
“La escena cubana desafiaba al colonialismo. El programa previsto incluía un popurrí delicioso, que ponía a volar la imaginación patriótica. El grupo Caricatos representaba la obra Perro huevero aunque le quemen el hocico, del dramaturgo Juan Francisco Valerio, una obra con sabor criollo, donde el choteo, la burla y la comicidad típicas del incipiente teatro cubano, aludían directa o indirectamente a la situación sociopolítica de esta isla antillana. Finalizando la puesta en escena el personaje de Matías exclamó desde el escenario: «¡Viva la tierra que produce la caña!». La respuesta del público no se hizo esperar: «¡Viva Céspedes!, ¡Viva Cuba Libre!», fueron las exclamaciones de los independentistas ocupaban que la sala. Precisamente la obra tenía el propósito de recaudar fondos para la guerra de liberación del pueblo cubano, así lo recogió la prensa revolucionaria de la época: «¡Pueblo! Tenéis una obligación patriótica de llenar sosteniendo este espectáculo». La represión de los miembros del Cuerpo de Voluntarios de la ciudad apostados en los alrededores no se hizo esperar. Acudieron de inmediato hasta aquel edificio de madera contra el que dispararon. Aún se desconoce el número de víctimas. La masacre es recordada como Los sucesos del Villanueva”, escribe Laura M. Giráldez en la edición del 22 de enero del periódico Granma.
“«El enemigo brutal/ Nos pone fuego a la casa:/ El sable la calle arrasa,/ A la luna tropical./ Pocos salieron ilesos/ Del sable del español:/ La calle, al salir el sol,/ Era un reguero de sesos». Así narró José Martí, 20 años más tarde, lo acontecido esa noche en La Habana, cuando él se encontraba cerca del Villanueva, en la casa de su maestro Rafael María de Mendive. Sin embargo, esta no fue la única respuesta del Apóstol a las atrocidades del gobierno colonialista español y sus simpatizantes, sino que al día siguiente de los sucesos publicó en el periódico La Patria Libre su primera obra teatral: Abdala, poema dramático escrito a su Patria, y que sería el punto de partida del llamado Teatro Mambí”, añade en “El día que el teatro cubano se comprometió con la Patria”.

 

La Ciudad premia

Por Vanessa Pernía

 

Con la entrega de los Premio de la Ciudad de Holguín en el Teatro Eddy Suñol, en las categorías de artes plásticas, radio, televisión, video, comunicación social, prensa escrita, historia, arquitectura, música y literatura (narrativa y poesía), concluyó la 38 edición de la Semana de la Cultura Holguinera, realizada en la ciudad del 13 al 19 de enero.

En la gala, donde se rindió merecido homenaje a los escritores Mayda Pérez Gallego y Luis Caissés, estuvo presente gran parte del talento artístico holguinero y las máximas autoridades del Partido y el Gobierno en la provincia. En este espacio fueron reconocidos los laureados con el simbólico Cemí Baibrama en las distintas categorías convocadas.

El Premio de la Ciudad en Poesía, auspiciado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura y el Centro Cultural Lalita Curbelo, y con jurado integrado por los escritores José Luis Serrano, Lourdes González y Javier L. Mora, recayó en el cuaderno “Lejos de los palos de la mesana”, de Miguel Ángel Martínez Sarduy, por la plasmación de realidades textuales que sintonizan con los modos de producción poética contemporáneos y la introducción de tópicos poco frecuentados por la escritura cubana actual.

A su vez, en el apartado de narrativa, el jurado integrado por Ronel González, Eugenio Marrón y José Luis García consideró desierto el Premio al no presentarse al certamen ningún libro que posea la calidad que ha caracterizado otras ediciones y exhortaron a los autores a trabajar en un futuro con mayor rigor.

Por otra parte, en Artes Plásticas se otorgó una mención a la obra “Textos después de pasar dos minutos por la batidora y haber sido reciclados como soporte de una idea”, de Liz            Maily González Hernández, así como dos premios, uno para “Leyenda”, de Mariannis Mirabal Ripoll, y “Hurto”, de Elianis del Rosario Suárez, pues el jurado constituido por los especialistas Jesús Javier Rodríguez Calderín, Yamile Ramos y Zoila Rodríguez determinó premiar ambas por el carácter conceptual y posmoderno de la propuesta artística.

En Comunicación Promocional, coauspiciado por la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales en Holguín, se otorgaron cuatro premios (radio, diseño gráfico, audiovisuales y multimedia). El jurado compuesto por José Enrique Agüero Pérez, Lisneth Rodríguez y Ania Delia Infante, concedió el Premio de la Ciudad en radio al conjunto de piezas “60 años de frases”, de Vivian García; en diseño gráfico la campaña de promoción de la lectura “A la Luz se lee mejor”, de Roberto Ráez y Luis Yuseff; en audiovisuales al spot “La televisión que queremos”, de Wilker López, y en multimedia a la serie de podcats “Manual para padres impacientes”, de Lisset Prego y Edilberto Carmona.

Mientras que en Video, convocado por la productora Taguabo de la Uneac en Holguín, el jurado formado por los realizadores Jorge Luis Gómez, Alfonso Bandera y Alexis Díaz de Villegas, determinó conceder el premio al video clip “La fortuna”, que promociona el tema homónimo del cantautor Norberto Leyva, del realizador Jimmy Ochoa, pues se distingue por su lenguaje narrativo, la factura de su fotografía y la coherencia del discurso audiovisual y la historia que cuenta.

El Premio de la Ciudad en Televisión, coordinado por el canal provincial Telecristal, cuyo jurado estuvo constituido por los especialistas Isabel Reinaldo Guerra, Ángel Pupo y Luis Enrique Díaz, otorgó dos menciones, una para el programa infantil “Aquí estamos”, dedicado a los frutos de la naturaleza, del realizador Carlos Cobas y al programa histórico “Testigo de los tiempos”, sobre San Antonio María Claret, de Omar Pupo. Asimismo, decidió entregar el Premio al programa “A buen tiempo” en sus emisiones dedicadas a la promoción de la opereta La viuda alegre, por el Teatro Lírico Rodrigo Prats.

En la categoría de Radio, auspiciado por el sistema radial holguinero, el jurado integrado por los realizadores Yinet Cruz, Carlos René Castro y Odalys Martínez, otorgó el Cemí Baibrama al radiodocumental “Yo soy William Delgado”, del realizador Víctor Osorio y el equipo de la CMKO Radio Angulo.

A la vez, en Prensa escrita, auspiciado por la Upec, y cuyo jurado estuvo conformado por los periodistas Orlando Rodríguez, Germán Veloz y Rubén Rodríguez, reconocieron con el premio a la serie de trabajos dedicados al 80 aniversario del Teatro Eddy Suñol de la periodista Rosana Rivero del semanario provincial ¡ahora!, por la presencia de valores formales que acusan sensibilidad y una marcada voluntad estilística y por el tratamiento oportuno a una institución artística insigne dentro del panorama holguinero.

En Historia, con el coauspicio con la UNHIC, el jurado integrado por los investigadores Guillermo Montero, Hernel Pérez y Victor Aguilera decidieron otorgar mención al estudio “Del cafetal a la Tumba”, de Mario Muñoz Aguirre y el premio para “La inmigración jamaicana en Banes”, de Yurisairi Pérez, investigadora de ese municipio holguinero.

Por su parte en Arquitectura se convocó a una obra en proyecto y jurado conformado por los arquitectos Octaviano García, María Iznaga y Tomás Rojas determinaron premiar al “Complejo educacional Comunidad Hermanos Aguilera”, de la proyectista general arquitecta Maribel Marrero y el equipo de la empresa EPIFAR de Holguín.

Y por último en Música, cuyo jurado estuvo constituido por Gastón Allen, Ernesto Infante, Javier Pérez y Oreste Saavedra y Gilberto González Seik, acordaron concebir una mención al tema “Cruz y Aldaba”, de Juan Miguel Cruz, defendida por la solista Yamila Rodríguez y el Premio para la obra “Felicidades mi tierra”, de Reinier Cobiellas, interpretada por el septeto A la medida, finalizando así la 38 Semana de la Cultura holguinera.

 

Las ciudad de Salvador Pavón

Por Erian Peña Pupo

Fotos del autor

Salvador Pavón es un creador nada ingenuo, aunque asuma el naif –caracterizado por la espontaneidad, el autodidactismo de sus exponentes, los colores brillantes y contrastados y la perspectiva acientífica captada por intuición, que en muchos aspectos recuerda (o se inspira) en el arte infantil, incluso ajeno al aprendizaje académico– como la corriente artística con que se vale para expresar sus muchas inquietudes.

En una provincia donde el naif no es tendencia, como sí lo es, por ejemplo, en ciertas zonas de Santiago de Cuba, aunque con la notable excepción de Julio Breff en Mayarí, Pavón ha sabido armar una cosmogonía distinguible a simple vista en el contexto plástico local.

Ha defendido su interesante estética: sus cuadros no se parecen a otros, sus ciudades –Holguín, siempre Holguín como inquietud primera– le pertenecen en toda su profundidad.

Esta pertenencia habita en toda su extensión en la muestra Holguín 300, que reúne una selección de sus piezas en la galería Holguín y que viene a ser compendio de su amplio bregar para intentar captar –cosa que sin dudas Pavón ha logrado– la idiosincrasia del holguinero en su ciudad, aquello que, aunque llevado a la figuración del naif, por momentos exagerada, por momentos ingenua, lo caracteriza en la plástica cubana.

 

Holguín 300, con dirección de Bárbara Osorio y expuesta con motivo a la 38 Semana de la Cultura holguinera, es una invitación para descubrir a la ciudad desde varios ángulos: lo social, lo político, lo religioso, lo cultural… como parte de su raigambre identitaria. “En estos veintidós cuadros Salvador Pavón desafía con aparente sencillez, ingenua, la cotidianidad que nos habita. En su estilo hay una ironía matizada de realidades que pueden haberse convertido en parte de su presente, y que a veces pasan inadvertidas”, escribe en las palabras del catálogo de la muestra el escritor José Poveda.

La Loma de la Cruz, epicentro de buena parte de los cuadros, ese “guardián infinito de la ciudad” que “ve como la ciudad amanece, se desarrolla, decrece, duerme”, afirma Salvador, los carnavales que peculiarizan los festejos estivales, el béisbol como pasión e identidad, eventos culturales como las Romerías de Mayo, el transporte público… son algunos de los elementos para asimilar y recorrer la muestra personal de Salvador Pavón.

Elementos identitarios de la ciudad –el parque Calixto García, el estadio con igual nombre, el Gabinete Caligari, el propio Centro Provincial de Arte, el parque El Quijote, la Catedral San Isidoro, entre muchos otros– y sus habitantes, peculiarizan una poética para nada ingenua, sino al contrario: llena de guiños e insinuaciones sociales y culturales: “Cervantes en Holguín”, “Sueños de cachorritos”, “Eróticos en la cima”, “Hacia el futuro”, “Héroes anónimos”, “Transporte”, “La boda”, “Cerro Bayado”, entre otras.

Notamos incluso, en “¿Desea un puro?”, una referencia a la icónica pieza “¿Desea más café, Don Ignacio?” (1936) de Antonio Gattorno. Aunque los contextos han cambiado, las escencias parecen ser las mismas, por eso la joven de Gattorno, sentada con su mejor vestido a la derecha del cuadro, con su café aun intacto, es muy parecida a la del cuadro de Pavón, aunque esta sostiene convencida su tasa de café, mientras la familia sonríe, porque sabe que con la visita de este señor las cosas pueden cambiar en la casa. Detrás, en la pared, en la complicidad, una reproducción de “Gitana tropical”, de Víctor Manuel, y una de las mujeres de la serie “Habanera tú”, de Servando Cabrera Moreno.

La mirada de Salvador Pavón, cargada de los rasgos típicos del naif, pero no dependiente de ellos, viene a adentrarse en los entresijos de la ciudad de Holguín, siguiendo la mejor tradición insular que se ha apropiado de las urbes. Así revisita sus elementos identitarios, los hace suyos y nos lo muestra vitales con la sugerente línea de su pincel.

 

Caisses se queda con nosotros

Por Mavel Ponce de León

Tomado de la web de Radio Holguín La Nueva

Foto tomada de Internet

Le conocí en los años que trabajé como especialista de Teatro en el Consejo Provincial de las Artes Escénicas, él se desempeñaba también como especialista de teatro para niños. Luis Caisses ha partido de esta tierra con el Pintorcillo, una de sus obras cumbres leída por varias generaciones de cubanos, de holguineros que crecieron entre sus historias mágicas.

Un escritor querido por sus lectores y cada persona que tuvo la dicha de estar alguna vez cerca de su halo de poesía, lirismo y una humildad desbordada de amor por el ser humano.

Entre los más reconocidos de la literatura cubana con la distinción por la Cultura Cubana, el Premio Nacional de Literatura infantil la Rosa Blanca, Hijo destacado de Holguín, el Aldabón de la Ciudad,  entre otras condecoraciones, mas su modestia y humildad permanecían intactas.

Conversar con Caisses era sumergirse en las historias de una infancia con raíces campesinas, los dulces de leche y cuanto el arte de crear en la repostería le llegará a su mente lúcida y fructífera, abierta al conocimiento.

Se marchó el autor de Cantos de Caminos, Poesía para adolescentes, publicada en 1993 por Ediciones Holguín. O De pan y canela en 2010, editada por editorial Gente Nueva en 2010. Se ha marchado el novelista, el poeta de pasos suaves en el andar lento por su parque central. Caisses se queda con nosotros.

Teatro del viento: Hombre en el horizonte se estrena en Holguín

Por Erian Peña Pupo

Fotos José Fornet Lezcano (cortesía de Teatro del viento)

Toda experiencia teatral es un descubrimiento, un hallazgo a partir de una búsqueda. O varios hallazgos, varias búsquedas… Tanto para el espectador como para el dramaturgo, el director, los actores… el hecho teatral se convierte en una epifanía de sentidos; en una tabla de salvación a la deriva, en el medio del océano, cosida al horizonte.

Eso nos lo reafirma Hombre en el horizonte, estreno mundial de Teatro del viento, compañía camagüeyana dirigida por el también dramaturgo Freddys Núñez Estenoz. Freddys estrenó en el Teatro Eddy Suñol de Holguín la obra, pero nos advierte que, además de estreno mundial, es el work in progress. O sea, que es una obra en proceso que puede –y lo irá haciendo– sufrir variaciones, cambios… en pos de un crecimiento lógico. En dependencia de estas primeras puestas, Hombre en el horizonte irá limando sus detalles, perfeccionando el trabajo actoral, la puesta en escena, aprehendiendo en el acto…

Aun así la obra respira bocanadas de aire fresco ¿de mar? Tiende a robustecerse en el camino, en cuanto exploración constante de la psicología humana. Esa fuerza parte de la propia escritura dramática y la puesta en escena: Freddys nos ha dicho que le interesa buscar, desde la teatralidad, dentro de las causas y problemas sociales. A ellos se acerca, bisturí en mano, para representarlos en escena, como se representa a un país.

Creo que lo que sobrevuela –como los pájaros en la bahía– Hombre en el horizonte es la soledad. El miedo constante a quedarse solo, sin oportunidades, esperanzas, sueños… El miedo a que no haya otras oportunidades, a quedarnos como varados en la nada.

La escenografía es precisa, pero portentosamente visualizadora: un recuadro de arena que viene siendo un fragmento de playa; un pequeño muelle de tablas de madera; el mar, frente a los espectadores y también detrás, proyectado sobre una pantalla… En este espacio se desarrollan las tres historias que vienen a estar moldeadas por la soledad.

La primera de ellas: el encuentro de un pescador que prepara su carnada con una joven de ¿19 años? llamada Roberto-Marta-Carlos que quiere morir. Esta le pide que la lleve en el bote a la bahía para suicidarse poéticamente, como Alfonsina Storni, arrojándose al mar. “Una marimacho que quería una muerte poética”, diría después el pescador.

La segunda: dos jóvenes que se encuentran en el mismo pedazo de playa y que han venido a pescar en la costa. A pescar sin instrumentos, en el sentido marcadamente sexual que el término “pescar” pudiera tener hoy día. “Solo veo un hombre que viene a pescar”, le dice uno a otro. Y ahí, en una tirantez que, desde el principio muestra una marcada tensión sexual, terminan partiendo juntos detrás de las uvas caletas de la costa.

La tercera: una señora ¿poetisa? se explayará en un interesante monólogo rozando la locura y el desvarío, mientras espera la llegada de la Pinta, la Niña y la Santa María, capitaneadas por el mismísimo Cristóbal Colón. Además del miedo a la soledad, casi palpamos el tiempo perdido, la frustración, la necesidad de perseguir los sueños, las vidas truncadas por las situaciones políticas; somos como un papagayo, que repite consignas, nos dice. La llegada de ¿su hija? incrementa ese desvarío en una especia de juego de roles valido, consensuado, pero que termina roto, rozando varias veces los lindes del absurdo. Ella es una mujer que espera una tabla de salvación, una opción que la libere.

Estas tres historias ocurren en un mismo lugar: el coto de playa, cerca de la bahía. Incluso los personajes más de una vez tienen cierta relación entre ellos. Aunque un elemento unifica la puesta: el anciano pescando sobre una goma en la bahía, con 500 metros debajo de sí, medio kilómetro. Pescando obstinadamente, pero sin llevar nada a casa, nos dice uno de los jóvenes de la segunda historia, su nieto; o llevando cuando más pomos vacíos que recoge en la orilla, para alimentar a su familia, como antaño lo hizo. El mismo viejo que la muchacha de la primera historia ve lejos, sin llevarla en su goma, y que es amigo del pescador. El viejo ¿existe o no existe? que la mujer de la última parte, en uno de sus poemas, lo describió como “cosido al horizonte”. El mismo que siempre ha estado allí, presente como personaje, pero no en escena. Esa quizá sea una de las metáforas más hermosas –por lo dura, por lo utópica– de esta obra de Freddys Núñez: la silueta de un pescador, anciano, persistiendo en medio de una había contaminada, aun con esperanzas de alimentar a los suyos, casi siempre sin lograrlo, pero sirviendo al mismo tiempo ¿lo sabrá acaso? como símbolo de anhelo, de utopía… Saberse allí, completamente solo en el medio del mar profundo, cosido al horizonte, siendo útil.

Los personajes de Freddys –bien es un recurso poético suyo, y por demás permisible en la obra– parecen seres marginales (la otredad) a primera vista: un pescador; una joven lesbiana con un lenguaje un poco grosero, que refuerza más esta marginalidad; dos jóvenes de cualquier ciudad costera, buscando el placer de la carne pescada en la costa… Pero estos personajes –y ahí lo ambiguo en primer momento– poseen una fuerte carga cultural que los aleja al mismo tiempo de esa marginalidad pensada al inicio: escriben poemas, buscan muertes líricas, usan un suéters con la imagen de una representación de ¿Buda?, ven películas tan poco perseguidas por el espectador joven como Hombre mirando al sudeste, el clásico de 1986 del argentino Eliseo Subiela, conocen a Alfonsina Storni y su trágica muerte… entre otras intertextualidades que remiten más al dramaturgo que a la propia concepción de los personajes, pero como vimos, en el teatro, terreno de amplias posibilidades, estas licencias son más que bienvenidas. Y, claro, no podemos subestimar a ningún personaje de esta obra ni de otra.

Estos seres desasidos son reflejo de una época, de una sociedad. Hombre en el horizonte nos insiste en ello y nos da varias posibilidades para creerlo. Estreno en sí, es un work in progress –así lo definió el director al presentarla–, por lo que, vimos, muchos elementos pueden cambiar: en lo personal me desorientó un poco la concepción del espacio, pero no todo –agradecible, dinámico–, sino el mar: muchas veces los personajes lo mismo rozaban el agua con sus manos que caminaban sobre esa zona; la interpretación, sobre todo la dicción, de algunos actores, aunque el director nos ha dicho que solo llevan 9 días de preparación y las subsiguientes puestas limarán esto; algunos detalles que pueden pasar desapercibidos por el público, pero que refuerzan la veracidad de los diálogos y la historia: Alfonsina, por ejemplo, no se suicidó adentrándose en el mar lentamente como dicen las versiones románticas de la historia –como sí lo hizo, pero en un río y con los bolsillos llenos de piedra, la inglesa Virginia Wolf–, sino arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres, en Mar del Plata. Aunque, versión romántica harto explayada, se justifica en el diálogo de la primera historia. Los personajes no tienen que decirnos la verdad, sino su concepción de la verdad. Eso es teatralmente lo que importa en una puesta como esta de Teatro del viento.

Por lo demás, Hombre en el horizonte es una obra sugestiva, arriesgada, desde el texto, la concepción y puesta en escena, que se regodea en una elementalidad plástica, atractivamente visual, y que, aún más por eso, explora –como ha venido haciéndolo Freddys y Teatro del viento desde hace 20 años, aniversario que celebran en este 2019– los vericuetos humanos, tratando de reflejar y también exorcizar toda soledad posible.

 

 

 

Continúan los días de cine colombiano en Holguín

Por Vanessa Pernía Arias

Foto: fotogramas del filme Del amor y otros demonios

Con la presentación en la Sala Ateneo Cinematográfico de Holguín del filme Del amor y otros demonios, dirigido por la costarricense Hilda Hidalgo, inició la Semana de Cine Colombiano, que, con auspicio del Centro Provincial de Cine y la Embajada de Colombia, se extenderá, con las proyecciones a las 8 y 30 de la noche, hasta el 15 de este mes.

Basado en la exitosa novela del Premio Nobel de Literatura 1982, el colombiano Gabriel García Márquez, quien le regaló los derechos a la joven directora mientras estudiaba cine en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en 2003, Del amor y otros demonios cuenta con las actuaciones de Margarita Rosa de Francisco, Alejandra Barrero, Pablo Derqui, Eliza Triana Amaya y Joaquín Climet.

La película, coproducción costarricense-colombiana, se presentó en el 32 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana; el Festival Internacional de Cine de Moscú, Rusia, en su 32 cita; el Festival Internacional de Cine de Shanghái, China; el Festival de Cine Los Ángeles, en California, Estados Unidos; el Festival Internacional de Cine de Pusan, en Corea del Sur, y el Festival de Cine de Taipéi, Taiwán. Representó, además, a Costa Rica en la 25 edición de los Premios Goya en España y en la 83 de los Premios Oscar de Hollywood, en la categoría de Mejor película extranjera.

La sinopsis del filme podría ser el siguiente: Sierva María (Eliza Triana) es una muchachita curiosa que vive en la época colonial sudamericana. Por esos azares del destino, Sierva María es mordida en el pie por un perro que tiene la enfermedad de la rabia. Este mal no tiene cura, lo cual hace pensar que la niña también puede indisponerse y morir. Eso no ocurre y su padre el Márquez de Casalduero (Joaquín Climent) piensa que quizá su hija lo que está es poseída por el demonio. El Obispo de la población (Jordi Dauder) alienta esta idea y provoca que la muchacha sea encerrada en un convento con monjas. Ordena, también, que el sacerdote Cayetano Delaura (Pablo Derqui) sea el que se haga cargo de la muchacha con el propósito final de exorcizarla. Pero entre Cayetano y Sierva María nace el sentimiento más poderoso del mundo: el amor.

La película –ha comentado el crítico Enrique Posada al reseñarla– “está filmada en buena parte en Cartagena, la ciudad más hermosa de Colombia. Ha sido rodada tanto en interiores como en espacios abiertos; los segundos con luminosidad caribeña; los primeros con tonos oscuros y severos, propios de los antiguos caserones construidos por los españoles para no quedar totalmente atrapados por el trópico y para tener la ilusión de estar todavía en sus tierras natales. Hilda Hidalgo ha cuidado, diseñado y elaborado cada cuadro, como si se tratara de una pintura. Para ello ha escogido tiempos lentos, en los cuales las cámaras se detienen en los detalles. El espectador puede elegir entre ser apreciativo y dejarse llevar por la magia de las imágenes o buscar ansioso el desenlace y apagar en su mente lo que está a la vista, en busca del cuadro siguiente. De ello va a depender que logre encontrar los tesoros escondidos de esta película”.

Otros filmes integran la Semana de Cine Colombiano, entre ellos: Mateo, de María Gamboa, de 2014; Keyla, de Viviana Gómez Echeverry; La defensa del Dragón, de 2017, de Natalia Santa; Mamá, de Philippe Van Hissenhover, de 2017; El día de la cabra, de Samir Oliveros Zayed, y la infantil (animación 2D) El libro de Lila, de Marcela Rincón González.

Dramas, historias familiares, muchas de ellas relacionadas a la niñez y la adolescencia, la mayoría dirigidas por mujeres, cinco de los siete filmes, abundan en la propuesta que llegará a la pantalla de la holguinera Sala Ateneo Cinematográfico del 5 al 8 de octubre.

Excelente oportunidad esta para el cinéfilo holguinero de acercarse al reciente quehacer del séptimo arte del país que ha aportado al panorama latinoamericano la obra de directores como Víctor Gaviria, Luis Ospina, fallecido recientemente, Sergio Cabrera, Juan Felipe Orozco, Carlos Moreno, Ciro Guerra, Rubén Mendoza y Luis A. Restrepo.

 

Ronel González Sánchez: la poesía continúa desvelándome

 

Por Erian Peña Pupo

Fotos cortesía del entrevistado

Publicado originalmente en la web de la Uneac

Ronel González Sánchez (Holguín, 1971) escribe muchas veces de madrugada. Probablemente las respuestas a las preguntas de esta entrevista surgieron también en la fecunda aurora holguinera, cuando la poesía insiste en desvelarlo, adquiriendo sentido las métricas, los ritmos, las palabras… Pero Ronel es, además, un escritor que interroga el pasado en diálogo fecundo, necesario; un artista cabal que busca la historia patria para nutrirse de ella, “como la mampara que descorre el poeta cuando se decide a interrogarla”.

Investigador, promotor literario, escritor para niños, guionista radial, humorista, Ronel cree que “no solo la historia se enriquece con la mirada de los poetas y narradores sino que es imperiosa”, pues es “una órbita, un odre temático, un coto significacional visitado y revisitado que de pronto muere y resucita en los cuadernos o documentos de los poetas”, añade.

Este 2019 ha sido para él un año bastante fructífero: recibió el Premio Raúl Ferrer por la Obra de la Vida como promotor de la lectura; el Premio Nacional Francisco (Paco) Mir de la UNEAC de Isla de la Juventud en Poesía y Mención en Literatura para Niños en el mismo certamen; la distinción Hijo Ilustre de Cacocum, municipio holguinero donde nació, y recientemente la Beca Ciudad del Che y el Premio Ciudad del Che en poesía, en Santa Clara.

La excusa para el diálogo fue el Premio Nacional Beca Ciudad del Che 2019 que recibió por su proyecto ¿Cómo se manda un campamento?, pero conversamos, entre otros temas, sobre la relación entre historia y poesía, en la literatura cubana y particularmente en su amplia obra.

Con el proyecto de poemario ¿Cómo se manda un campamento? acabas de merecer el Premio Nacional Beca Ciudad del Che 2019, convocado por la UNEAC en Villa Clara. Temáticamente este cuaderno se relaciona con dos de tus libros anteriores: Teoría del fulgor accesorio y La marcha de la bandera. ¿Por qué este marcado interés, palpable en estos libros, en revisitar poéticamente la historia nacional?

La historia está entre mis principales intereses creativos desde que comencé a relacionarme con la literatura. Escribí mis primeros textos en abril de 1980, en un momento nacional muy complejo que coincide con el éxodo del puerto habanero del Mariel. Recién había cumplido nueve años y mi mirada era la de un niño nacido en un remoto pueblito de Cuba, que no entendía el instante ni su sentido, pero que bajo los efectos de la atmósfera que transpiraban aquellos días, no podía evitar acudir a la hoja en blanco para enhebrar versos, que a veces rimaban y a veces no, hasta que a los doce años supe de la existencia de múltiples estrofas como la décima y el soneto, y empecé a entrenarme en la escritura métrica, muy cómoda además para narrar sucesos e intentar aproximarse a la vida y la obra de significativas personalidades.

Sin embargo, no tuve verdadera conciencia de la historia hasta que estudié Arte en Santiago de Cuba y me relacioné con estudiosos de esos temas, para percibir que la poesía cubana, sobre todo la del siglo XX, al margen de las intenciones de algunos y la concreción de ciertos poemas dignos, había marmolizado a nuestros héroes, o peor, los había fraguado en cemento y recubierto con una pátina para simular bronce. De modo que gran parte de esa escritura se tornó tan panfletaria que hasta los mismos poetas comenzaron a rehuir lo que tuviera que ver con proezas y destinos épicos o que, atormentados hasta la médula, la emprendieran con la historia desde una postura tan mordaz que tampoco dejaba margen para acercarse a esas temáticas con una mirada más ecuánime; digamos que más fiel a la verdad histórica adquirida por el consenso de muchos investigadores y la elucidación del poeta, también historiador, dispuesto además a emitir criterios, a polemizar incluso, pero dueño de armas ajenas a las reconstrucciones historiográficas, para humanizar tópicos en los que escenarios y personajes volvieran a respirar, sin el fárrago y el frívolo repentismo de una “zona literaria” de las décadas del 60 y el 70 del siglo pasado, con la intención de volver a motivar a los lectores.

Y aspirar a que los más jóvenes no vean nuestro pasado como un abominable muro de piedras pletórico de cronologías/causas/consecuencias/situaciones sociales y políticas/programas/medidas/significados/vigencias… sino como un cuerpo realmente vivo, intenso, conflictivo, contradictorio, aneblado, denigrante, dramático, burlesco, jocoso, sufriente y hermoso como somos en realidad los seres humanos. Digamos que soy de los que se aburrió de ver desaliñados bustos de Martí y se dispuso a buscar con el alma a aquel inmenso poeta enamorado y fundador de revoluciones que dijo que por Cuba se dejaba clavar en la cruz.

Los historiadores han subrayado ciertas zonas de silencio que persisten en nuestra práctica historiográfica: las primeras décadas republicanas y varias figuras del período, los años posteriores al triunfo revolucionario de 1959. Partiendo de que sin el material investigativo sería difícil la escritura literaria, ¿crees que la literatura, específicamente la poesía, puede contribuir a arrojar o esparcir un poco de luz sobre estos momentos históricos o al menos ayudar a transmitirlos, a difundirlos, de otra manera?

Hace dos décadas aproximadamente, los historiadores han ido entendiendo la necesidad de escribir mejor la historia, de acercarla más a la poesía, a la narrativa, a los géneros periodísticos y, aunque en esos rumbos algunos libros dan la impresión de ser una modalidad de collage, la escritura de la historia en nuestro país quiere desbordar lo académico, la camisa de fuerza de los datos y las cifras, fríos como una granizada sobre un techo de zinc, la elaboración de rugosos e insufribles ladrillos, porque lo reclaman a voz en cuello estos tiempos que se esfuman a toda velocidad.

Es cenital la luz que ha aportado la visión transdisciplinar y la participación de la literatura artística. No solo creo que la historia se enriquece con la mirada de los poetas y narradores sino que es imperiosa, sin ir a los extremos, claro. El historiador, junto al escritor, o integrándolo, tiene que hacer más atractiva su obra, más placentera, más entretenida, o las redes sociales, los juegos computarizados, la telefonía celular y, en general la industria global del entretenimiento de una supractivada sociedad del espectáculo, poco a poco borrarán cualquier atisbo de visión creativa del pasado, de pensamiento acerca de cualquier cosa que no sea diversión, placer sensual, inmersión frívola en un suceder que nos devora.

En los últimos años ha existido una vuelta, y no solo en la poesía, al siglo XIX cubano, a las contiendas mambisas, a los líderes revolucionarios de esos años. Eso me lleva a otra idea: las primeras décadas de la República portaron una tradición cívica y revolucionaria desprendida de la propia guerra y reflejada, por solo mencionar algunos, en la obra de Byrne, Acosta, Guillén, Villena, etc. Y en los primeros años posteriores al triunfo de 1959, la epopeya de la Sierra, la clandestinidad, Girón, fueron centro del verso: Retamar, César López, Suardíaz, Jamís, Orta Ruiz, Guillén, etc.

¿Crees acaso que la poesía cubana actual se ha enrumbado por otros senderos y dejado a un lado una mirada a la historia? ¿Crees necesaria esa mirada historicista por nuestros poetas?

El ser humano, a menos que se enajene completamente, necesita saber de dónde viene, conocer su génesis, su pasado, por eso existen los historiadores, y los poetas, desde la reflexión y el cántico, siempre han sido cúspides o complementos en/de ese megarelato. El poeta es una criatura disonante que todo lo observa, lo valora, lo dignifica, lo ensombrece o sencillamente lo desecha, por eso es tan valiosa la visión que posee y puede aportar al hecho de historiar.

Hace algún tiempo ha regresado, tímidamente creo, la historia como materia de la poesía, y dentro de ese retorno hay ejemplos meritorios por su desenfado a partir del conocimiento verdadero y otros arrimos lamentables, como es lógico, pero sí, por supuesto que es muy necesario y útil que el artista de la palabra que sigue siendo el poeta emita sus juicios de valor, vierta o condense emociones o permita que las palabras trabajen desde/sobre la historia.

Se puede ser un clásico poeta de las alegorías, los símbolos, las estructuras tradicionales, las emociones contenidas o desbordadas, la experimentación… un poeta apegado a trasparencias discursivas o a cerrazones semánticas, a “inspiraciones”, facturaciones de lo más simple, barroquismos, transposiciones y aniquilaciones sintácticas, un poeta de la gracia meridiana que habita en lo espontáneo o un poeta de ingenierías lúcidas y ondulantes, no importa porque todo eso está implicado en la multivocidad de la poesía, el asunto es que la historia, como otros, es una órbita, un odre temático, un coto significacional visitado y revisitado que de pronto muere y resucita en los cuadernos o documentos de los poetas. Tan necesaria es la historia como la mampara que descorre el poeta cuando se decide a interrogarla.

De lo anterior se desprende otra cosa: Hay quien habla no ya del fin de la utopía, sino del fin de la utopía colectiva, que es otra cosa. Incluso de arrancar de cuajo parte de nuestra tradición literaria: escribir sin mirar atrás, sin deber nada. ¿Crees que nuestra poesía está falta de épica o que la épica actual se construye/edifica/sostiene de otra manera bastante diferente?

Vivimos en el vértigo y de esa sensación nos alimentamos hoy. Es otro instante del devenir universal. Lo fugaz nos abacora (me gusta esa palabra guajira), nos reduce. No creo que, aunque confieso que me asusta un poco la velocidad con que todo se borra, sea la muerte de nada, la decadencia de la poesía mundial o cubana, la anulación de la épica, el aborto de los discursos íntimos, el cese de la comunicabilidad textual, el traqueteo paradigmático que se evapora, el fallecimiento aparatoso del sujeto lírico, el despalabro o apalabrante desenfreno místico/mítico, la desnaturalización y destierro de las emociones, la dislocación ad infinitum de la lógica, la recontramuerte de Dios…

El ser humano reacciona con alarma ante cualquier sacudimiento. Claro, te zarandean la cuerda floja y pones el consabido grito en el cielo, aunque de inmediato hagas cualquier cosa por regresar al equilibrio. Desde hace miles de años vivimos contingencias similares y reaccionamos de modos parecidos. Inventamos y reinventamos constantemente la lírica y la épica. Hoy todo ocurre, como ha sido y será. La coexistencia es extraordinaria. En el gran milagro que constituyen el universo y la vida, la poesía, mínima fracción, admite la diversidad de lo macro porque también en ella espejea lo micro. No hay que devanarse ni rebanarse demasiado la mollera (otra hermosa palabra guajira), sino fluir en sintonía porque por fortuna, o quien sabe sino como castigo cuando la expulsión del Paraíso, nos ha sido vedado olvidar. Al menos para unos cuantos, que no quiero pecar por absoluto en nada de lo que diga o escriba.

Este año ha sido bastante fructífero para ti: en febrero, el Premio Raúl Ferrer por la Obra de la Vida como promotor de la lectura; en mayo, el Premio Nacional Francisco (Paco) Mir de la Uneac de Isla de la Juventud en Poesía y Mención en Literatura para Niños en el mismo certamen; la distinción Hijo Ilustre de Cacocum, ahora la Beca Ciudad del Che y el Premio Ciudad del Che en poesía. Háblame un poco de estos premios y lo que significan en tu amplia trayectoria como escritor.

Todos los premios recibidos me producen una doble percepción de la obra creada: satisfacción e inconformidad. Por un lado me animan y por otro me sobresaltan. Como soy de algún modo un historiador no ignoro la historia de la poesía y, cuando comparo mis remedos con la potente tradición de la lírica insular me entra una desazón que no sé describir, por eso prefiero no comparar y recibo los premios con supremo agradecimiento y entusiasmo, sin dejarme cegar ni envanecer porque Cuba está llena de hombres grandes y humildes y, además, yo soy de Caguairanal, un caserío extraviado en el monte de San Pedro de Cacocum. Con un referente tan ilustre como es José Julián Martí Pérez, un poetazo humilde de la calle de Paula que vino a morir a Boca de Dos Ríos, en Jiguaní, me siento con una deuda de gratitud tan responsable que no me puedo permitir vanaglorias. Ni los premios ni los muchos libros dicen nada, o sí, hablan de una avidez incesante por crear, por ser hasta donde sea posible.

No quisiera pasar por alto tu interés investigativo acerca de la obra poética de Delfín Prats, consolidada en tu libro Temida polisemia. Estudio de la obra literaria de Delfín Prats, publicado por Ediciones Áncoras en 2016. Hablemos un poco, pues el tema daría de por sí para otro cuestionario del libro y la importancia que, para nuestro corpus poético, que es arcilla de nuestra identidad nacional, le atribuyes a la obra de Delfín.

Escribir acerca de Delfín Prats fue un reto como investigador y un acto que asumí como justicia. Delfín es un poeta cubano que con pocos textos tiene un sitio seguro en nuestra historia literaria. Como soy un lector de poesía me considero capaz de detectar dónde está y dónde no, y un hombre que escribe: Tigris arriba los argonautas cantan/el anón presta sus ojos al ave consagrada a Juno y Cnosos se extiende/ al amanecer cada fresco y cada balcón y cada cúpula en Cnosos extienden/ canción adentro bogando palmerales/ pueblos que un día me consolaron patria con jitanjáforas y güiras/ qué desnudo mi corazón cuando amanece y tiendo el velero de mis brazos un poco más allá/ no puedo contra la redondez del mundo… con ese demoledor verso final, además de otros poemas, claro, es un Poeta inobjetablemente. Alguien que admiro y a quien considero merecedor de mayor reconocimiento por parte de las instituciones culturales, porque ya tiene el premio de los lectores, que es a la larga el más importante.

Poeta, investigador, promotor literario, escritor para niños, guionista radial, humorista, asiduo a peñas y espacios literarios… Siempre tramando o maquinando algo: un libro, un proyecto, un ensayo, una entrevista ¿Ronel, cómo te las arreglas con el tiempo? ¿De todo lo anterior, si tuviéramos que dejar solo una de las definiciones, con cuál te quedarías finalmente?

Hace poco escribí que soy madrugador desde hace más de treinta años. La madrugada se conecta, de facto, con esa trabazón lúcida donde se desborda lo creacional y adquieren sentido las métricas, los ritmos, las palabras. Luego permanezco en silencio ante una multitud de libros que intentan procurarme paz, aunque generalmente solo consiguen incrementar mi desconcierto, hasta que sea nuevamente la madrugada y me apoltrone en mi claustro como un conventual del Medioevo en espera de la epifanía, porque soy poeta, estoy seguro, la poesía continúa desvelándome.

 

 

EL SEDICIOSO

 

Quebrantado y desprovisto,

el perturbador infausto,

avanza hacia el holocausto sobre un asno,

como Cristo.

 

Entra en el monte imprevisto y ajado

la confidencia.

 

Un hombre pone cadencia

a la rebeldía invasora,

y su anulación sonora paga la desobediencia.

 

En sucesión corrosiva

pasan,

confusos,

los gestos

de los caudillos expuestos

a la fobia anulativa.

 

Van,

sin otra alternativa,

hacia el montaraz peñasco amotinado,

el chubasco reconstituyente,

el miasma del hambre,

la cataplasma,

la fiebre,

el salcocho,

el asco.

 

Ante el burdo antagonista

desfilan caricaturas,

desharrapadas criaturas

en la maniobra ironista

de asumir la reconquista patriarcal,

que se acrecienta bajo la noche harapienta,

cota del día desnudo,

el ímpetu por escudo

y, al dorso, la impedimenta.

 

Soliviantadas colmenas en los trillos de la Nada.

 

Toros contra la emboscada.

 

Provisiones casi obscenas

para cantar en cadenas vivir es vivir…

 

Porfía por un cuero de jutía

curtido en los pantalones

e infectas ulceraciones que asolan la ranchería.

 

Por ciénagas,

a hurtadillas,

avanza la tropa agreste,

aunque la razón le apueste en contra,

y las pesadillas naden hacia las orillas

de la destrucción.

 

A gatas,

sobre las hiedras pacatas

que retardan las contiendas,

escudriñando las prendas de los muertos,

como ratas.

 

Cuando el monte no se abra más con odio

y no amanezca para que el mambí padezca

en la espesura macabra.

 

Cuando cese la palabra

que ordena estar al acecho

del usurpador maltrecho,

también,

por las piedras rotas,

habrá un himno hecho de gotas de sangre

y tiros al pecho.

 

Tenaz frente al vilipendio,

lejos queda el municipio,

que empuñó,

desde el principio,

el pabellón del incendio.

 

La Ciudad,

arduo compendio de afanes,

arde en la pira.

 

El esplendor no es mentira.

 

Hay un fulgor accesorio

que ilumina el territorio.

 

La patria, en sombras, respira.

 

 

 

 

VINDICACIÓN DEL PADRAZO

 

En cuanto a mí, soy una sombra que vaga pesarosa en las tinieblas. Para mí, ni un día de sol!

Carlos Manuel de Céspedes

Diario perdido,

Lunes 12 de enero de 1874.

 

Ante el frívolo barranco

que embiste casi indefenso,

el mártir de San Lorenzo

entra al honor por un flanco.

 

Lo transmutó el odio en blanco

de intrigas y proyectiles,

cuando los correveidiles

del rencor que desampara

no calcularon que Yara

menosprecia a los serviles.

 

En la escéptica maraña

de la fronda que se implica,

donde lo fastuoso abdica

y lo sensitivo daña,

es un altar la montaña

para el solemne ejercicio

del irreverente juicio,

y en su coto nada pulcro

un proyecto de sepulcro

silvestre para el patricio.

 

Cada vez que la rotunda

noche engaña al centinela

hay una campana en vela

y un jagüey que la secunda.

 

No habrá hondonada profunda

que le restaure la piel,

pero si con voz infiel

murmura turbado el viento,

desde el plácido aposento

va al monte Carlos Manuel.

 

Centenario de María Elena Molinet, artista imprescindible para el diseño cubano

Con este texto, tomado de Cubaescena, Baibrama recuerda el legado de la diseñadora María Elena Molinet, Premio Nacional de Teatro, nacida en Holguín el 30 de septiembre de 1919.

Cuba siempre tendrá que rendir tributo a María Elena Molinet, una de las mujeres que sentó cátedra con su trabajo en el diseño de este país. Nacida en Holguín el 30 de septiembre de 1919, Molinet se convirtió en diseñadora de vestuario para teatro, el cine y la televisión. A la par fue una excelente profesora que dedicó buena parte de su carrera profesional a investigar.

Con una profunda preparación intelectual, Molinet se graduó en La Habana de la Academia Interamericana de Dibujo Comercial, en 1949; luego estudió pintura y grabado en San Alejandro, en 1952; y más tarde completó su formación con diseño teatral, en la antigua república de Checoslovaquia, con los profesores Ludmila Purquiñova y Ladislav Vichodyl. A esto se suma una interesante lista de talleres y adiestramientos en instituciones de Berlín, Praga y Budapest.

El cine le abrió sus puertas y fue la encargada de los diseños de vestuario de películas medulares como Lucía y Cecilia, de Humberto Solás, y Mella de Enrique Pineda Barnet, entre muchos otros títulos. Para danza, ballet y teatro creó un importante número de bocetos y diseñó para directores transcendentales de la escena cubana como Vicente Revuelta y Abelardo Estorino.

En 2007, le fueron conferidos los Premios Nacionales de Enseñanza Artística, Diseño y Teatro, este último otorgado junto a su entrañable amigo Eduardo Arrocha. En las palabras de elogio, a estos dos grandes de la cultura cubana, el también diseñador Jesús Ruiz expresó sobre la artista:

“La obra de María Elena tiene como ejes la búsqueda de la síntesis, el impulso y la necesidad de expresarse por medio de una paleta dominada por la razón, más que por el placer de la forma y el color. Esta obra, de indiscutible valor, no es sino una parte de su contribución a las artes escénicas cubanas, porque si bien Rubén Vigón fue el ejemplo poderoso al que muchos reconocemos como el punto de partida de nuestro diseño actual, María Elena personifica la batalla perenne e imparable en pro de toda causa y todo empeño que eleve cada día la calidad de nuestro diseño escénico, razón y pasión que la hacen una artista de vocación fundacional con un énfasis especial en el pensamiento teórico y la labor pedagógica.

“A María Elena le deben las artes escénicas cubanas el que el diseñador de escenografía, de vestuario o de iluminación sea considerado un artista y no un técnico, propósito que alcanzó tras una lucha que no estuvo marcada por mezquinos intereses gremiales, sino que fue el resultado de la comprensión profunda de la naturaleza de su profesión. Esto constituye un logro para todos”.

Su activa participación en la vida cultural cubana, le permitió vincularse con artistas de procedencias diversas y colaborar con proyectos múltiples. De su profunda investigación surgieron muchos textos que fueron divulgados en publicaciones periódicas. De este capítulo de su vida quedaron sus libros La piel prohibida (1997) y La vestimenta ritual tradicional de la santería cubana (2008), así como otros materiales que no han sido publicados.

Vestidas por el tiempo fue una hermosa exposición personal de María Elena Molinet, por su cumpleaños 90, que organizó la Galería Raúl Oliva en 2009. La diseñadora recibió elogiosas palabras que fueron plasmadas en el catálogo:

“Concebido tradicionalmente como decoración, el diseño adquiere carta de naturaleza a partir del triunfo de la Revolución, integrado al proceso de maduración del movimiento teatral cubano y al desarrollo de la industria cinematográfica. Se convierte, entonces, en un lenguaje que participa en la producción de sentido en la propuesta escénica. La obra de María Elena, desde la docencia, la creación y el trabajo teórico alcanza, en ese contexto, dimensión fundacional. Deja su impronta en realizaciones clásicas del teatro y el cine con una concepción de la cubanía que trasciende el acercamiento superficial, costumbrista o folklorizante. Su trayectoria previa, en estrecho vínculo con la vanguardia nacional de los años cincuenta, la había preparado para abordar tan exigente empresa. Como diseñadora, sostuvo un diálogo productivo con imprescindibles directores, ya inscritos en la historia de nuestra cultura. Pero no hay que hablar de María Elena en pasado: se mantiene creativa y actuante”. (Graziella Pogolotti)

“Hábil facilitadora de memorables tertulias en las que se debatían los problemas  de la creación, salteados con algunas anécdotas hilarantes, María Elena –de siempre- convirtió su casa en lugar de reunión, al estilo de aquellas fascinantes mujeres francesas de los siglos XVIII y XIX, las Madamas Stäel y de Récamier. Allí también fundó un lugar de aprendizaje, donde aún hoy, a sus noventa años, comparte sus conocimos sobre la indumentaria universal y asume con devoción la formación de jóvenes diseñadores”. (Graciela Fernández Mayo)

En 2014, las Ediciones La Memoria, del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, sacó a la luz el título María Elena Molinet, diseño de una vida, escrito por la periodista Estrella Díaz, texto que resulta un valioso testimonio en que la propia artista relata momentos de su fecunda existencia.

En ocasión del aniversario 97 del natalicio de María Elena Molinet, en 2016, la Casa de la Obra Pía, de la Oficina del Historiador de La Habana, rindió homenaje a la prestigiosa diseñadora de vestuario, con la exposición María Elena Molinet, una cubana imprescindible.

Recientemente, Biblioteca Nacional de Cuba José Martí realizó una muestra bibliográfica por el Centenario de la notable diseñadora, en la Sala de Arte Wifredo Lam de esa institución cultural. La acción comenzó el 17 de septiembre y concluirá el 30 de este propio mes.

María Elena Molinet falleció el 6 de octubre de 2013 a los 94 años. Dejó para la cultura cubana una rica herencia que continúa siendo sedimento para las nuevas generaciones de diseñadores de nuestro país.

Redacción Cubaescena con información del Centro de Documentación María Elena Molinet de la Galería Raúl Oliva, Radio Habana Cuba, y revista Tablas. (Foto Alexis Rodríguez)

A imagen y semejanza de Codanza

Por Erian Peña Pupo

Fotos Wilker López

Con la presentación de una cuidada Función Concierto en la Sala Raúl Camayd del Teatro Eddy Suñol, concluyó la temporada que la Compañía de Danza Contemporánea Codanza, dirigida por la maestra Maricel Godoy, realizara para festejar su aniversario 27.

Lo más interesante del programa fue la presentación de la obra Imaginem, et Similitudinem, en latín Imagen y semejanza, coreografía del joven coreógrafo guantanamero Yoel González Rodríguez, quien realizó, además, el guion y el diseño de vestuario.

Codanza asume una obra compleja en su concepción, abierta a múltiples posibilidades. Imaginem…, pieza abarcadora, necesita el trabajo colectivo, la armonía de todo el conjunto. Yoel lo ha logrado una vez más con Codanza, como antes coreografió Tráiler y ABC.

Esta vez Yoel parte de varios conceptos platónicos –“lo bello en sí”, “lo bueno en sí”, “lo múltiple”, “la unidad”, “la idea única”, etc., reciclando, de alguna manera, el clásico mito de la caverna– para acercarnos, nos asegura el programa, al “surgimiento de algo que se parece a nosotros mismos, que se analiza como arte u obra, pero realmente define nuestro hábitat, y propone vernos desde la naturaleza que somos. Similitud de estados emocionales que se unen en un mismo ritmo, paralelo en todos los intérpretes, la contorción de las zonas flexibles del ser humano, mental y físicamente, el parentesco de lo que el hombre declara como perfección y exactitud. La naturaleza del cuerpo”.

Precisamente esta exploración de “la naturaleza del cuerpo” particulariza la obra: los cuerpos de las coreografías de Yoel –lo hemos visto en varias de sus piezas, obsesionadas también con la exploración, “la exactitud”, “la perfección”– buscan cierta animalidad, metamorfosean las pieles, los sentidos, se trastocan; doloroso es cierto, y además, requieren de bastante esfuerzo por parte de los bailarines, pero acaban cediendo las posibilidades del cuerpo, abriendo caminos, metamorfoseándose en otros…

Imaginem, et Similitudinem es una pieza altamente cinematográfica, por la cantidad de asociaciones e intertextualidades que nos ofrece: desde la iluminación marcadamente barroca, diríase más bien tenebrista, como escapada de un cuadro de Caravaggio, hasta ciertas reminiscencias –inconscientes, pueden ser, todo depende del receptor, por eso la multiplicidad y singularidad de la experiencia artística– a la luz de varios filmes del director Terrence Malick, por ejemplo, los atardeceres de Days of Heaven, de 1978.

“Todo texto se construye como un mosaico de citas, todo texto es absorción y transformación de otro texto”, escribiría Julia Kristeva refiriéndose a Mijaíl Bajtín. Y la danza, sabemos, es un texto cargado de posibilidades, de sentidos encontrados, sugiriendo.

La música, por su parte, creada originalmente por Otto David Fernández Babastro, acompaña la plasticidad de las imágenes, el desenvolvimiento de los bailarines de Codanza. La repetición de varios patrones y la coreografía vienen a compenetrarse, ser una.

La Función Concierto contó también con las obras Disorder, de Danza Libre, y Filia, de Médula, ambas compañías de Guantánamo, también coreografías de Yoel, quien asegura que “todas estas piezas son un gran experimento. El hombre y la mujer como instrumentos del coreógrafo para contar sus poesías, la experiencia de un dolor ajeno que hace estragos en el alma del coreógrafo y se hace verdad y arte en los intérpretes”.

 

 

Holguín en sus 300 de Carnaval

A los 300 años del pueblo de Holguín estuvo dedicado el espectáculo del Teatro del Pueblo, realizado este 14 de agosto en el Centro Cultural Bariay, previo al inicio oficial del Carnaval 2019, que entre los días 15 y 18 arrollará con paseos, comparsas, carrozas, la alegría de los holguineros y de quienes nos visiten.


La gala “Carnaval por los 300”, dirigida por Víctor Osorio Zaldívar, aunque un poco extensa, fue un elegante adelanto de lo que acontecerá en materia cultural durante las fiestas populares. Todo el talento artístico presentado sobre el gran escenario del Bariay fue holguinero.
A ellos se sumaron las vistosas carrozas humanas de Santiago de Cuba, tres de las cuales lucieron en su diseño símbolos del pueblo de Holguín, como la Loma de la Cruz, el Burro de Mayabe y El Guayabero. Una vez más la Fantasía de Caibarién se sumó al jolgorio con sus exquisitos trajes.
Que Víctor Osorio es un hombre radio quedó demostrado nuevamente en su gala. A Yamilka Arredondo, conductora habitual del medio y anfitriona de la velada, se sumaron populares voces de la CMKO Radio Angulo: León Batista Suárez, Néstor Salazar, Enma García y César Hidalgo Torres.
La escenografía de Tomás Acosta respaldó todo el espectáculo con escenas cotidianas de la ciudad como la Loma de la Cruz y la estación de ferrocarril, además de otros motivos carnavalescos.
Contagiaron a los bailadores las agrupaciones Banda América y M’DYVOZ ganadoras, respectivamente, de los concursos para elegir el tema del carnaval y el del verano en Holguín.
Con la actuación del grupo Los Guayaberos se rindió homenaje a Faustino Oramas, figura insigne del territorio. Asimismo se presentó la centenaria Orquesta Avilés, la más antigua de América Latina y también símbolo de esta tierra.
Renombrados solistas del territorio actuaron como Nadiel Mejías, Ernesto Infante, Lucrecia Marín, Yamila Rodríguez y Yamila Orozco. Sobre el inmenso escenario del Bariay los acompañaron las agrupaciones Codanza, que dirige la maestra Maricel Godoy y Danza Evolución, liderada por Víctor Osorio.
Los siempre atractivos fuegos artificiales iluminaron la noche del Teatro de Pueblo en la que también se presentaron las compañías De Cuba Soy, Fantasía, Ronda de los Sueños, el Teatro Guiñol de Holguín, las chicas de Golden Voices y Los Beltas, con los éxitos de siempre de carnaval.
Con la tradicional conga cerró el espectáculo, al que sucedió el concierto de la agrupación granmense El Gallo y su Orquesta para los bailadores aunados en el Bariay.
La gala “Carnaval por los 300”, dirigida por Víctor Osorio Zaldívar, aunque un poco extensa, fue un elegante adelanto de lo que acontecerá en materia cultural durante las fiestas populares. Todo el talento artístico presentado sobre el gran escenario del Bariay fue holguinero.
A ellos se sumaron las vistosas carrozas humanas de Santiago de Cuba, tres de las cuales lucieron en su diseño símbolos del pueblo de Holguín, como la Loma de la Cruz, el Burro de Mayabe y El Guayabero. Una vez más la Fantasía de Caibarién se sumó al jolgorio con sus exquisitos trajes.
Que Víctor Osorio es un hombre radio quedó demostrado nuevamente en su gala. A Yamilka Arredondo, conductora habitual del medio y anfitriona de la velada, se sumaron populares voces de la CMKO Radio Angulo: León Batista Suárez, Néstor Salazar, Enma García y César Hidalgo Torres.
La escenografía de Tomás Acosta respaldó todo el espectáculo con escenas cotidianas de la ciudad como la Loma de la Cruz y la estación de ferrocarril, además de otros motivos carnavalescos.
Contagiaron a los bailadores las agrupaciones Banda América y M’DYVOZ ganadoras, respectivamente, de los concursos para elegir el tema del carnaval y el del verano en Holguín.

Con la actuación del grupo Los Guayaberos se rindió homenaje a Faustino Oramas, figura insigne del territorio. Asimismo se presentó la centenaria Orquesta Avilés, la más antigua de América Latina y también símbolo de esta tierra.
Renombrados solistas del territorio actuaron como Nadiel Mejías, Ernesto Infante, Lucrecia Marín, Yamila Rodríguez y Yamila Orozco. Sobre el inmenso escenario del Bariay los acompañaron las agrupaciones Codanza, que dirige la maestra Maricel Godoy y Danza Evolución, liderada por Víctor Osorio.
Los siempre atractivos fuegos artificiales iluminaron la noche del Teatro de Pueblo en la que también se presentaron las compañías De Cuba Soy, Fantasía, Ronda de los Sueños, el Teatro Guiñol de Holguín, las chicas de Golden Voices y Los Beltas, con los éxitos de siempre de carnaval.
Con la tradicional conga cerró el espectáculo, al que sucedió el concierto de la agrupación granmense El Gallo y su Orquesta para los bailadores aunados en el Bariay.