Julio García-Espinosa por un cine imperfecto y rebelde

Por Erian Peña Pupo

Dos aniversarios relacionados con el cineasta, teórico y profesor Julio García-Espinosa se conmemoran este año: el 95 de su natalicio, el 5 de septiembre de 1926 en La Habana, y los 60 años de El joven rebelde, una de las primeras obras de ficción posterior a la creación del Icaic, específicamente el cuarto largometraje producido por este, estrenado en mayo de 1961 como ejemplo de un cine que “entonces apenas estaba naciendo”, entre tanteos, búsquedas y reafirmaciones, como diría José Massip, uno de los guionistas del equipo liderado por el italiano Cesare Zavattini y que contó, además, con José Hernández y el propio director García-Espinosa en la escritura del guion. 

El italiano, quien había visitado Cuba más de una vez en la década anterior y conocía a los jóvenes miembros de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, a la cual pertenecía Julio, y desde cuya Sección de Cine que había realizado el corto El Mégano, junto con Alfredo Guevara y Tomás Gutiérrez Alea (Titón), sería, para el cine cubano de esa década, “además de un mentor, un portavoz enérgico”, afirma Juan Antonio García Borrero. Zavattini era uno de los grandes guionistas del cine y uno de los principales teóricos y defensores del neorrealismo –bajo cuya influencia se formaron, en las aulas del Centro Sperimentale di Cinematographia en Roma, realizadores cubanos como el propio Julio, su hermano Pedro, y Titón– había escrito los textos de clásicos de Vittorio De Sica como Ladrón de bicicletas (1948), Milagro en Milán (1951) y Umberto D. (1952). 

“Ningún intelectual de Europa expresó antes que él, de manera pública y con tanta vehemencia, el tremendo entusiasmo que le provocaba la derrota de Batista. Era apenas el 2 de enero de 1959, y ya Cesare Zavattini le enviaba desde Roma a Alfredo Guevara, futuro presidente del Icaic, una carta” desbordada de optimismo: “Ustedes están en la situación ideal, así como estuvimos nosotros, inmediatamente después de la caía del fascismo, para desvincular el cine de las rémoras industriales y hacerlo devenir el medio de expresión político y a la vez poético de la gran aventura democrática hacia la que se están encaminando”, escribía el guionista de El oro de Nápoles

Poco después Zavattini no dudó en aceptar la invitación cursada por el Gobierno Revolucionario para colaborar en la construcción del Icaic o, como subraya García Borrero, “en la construcción de una cinematografía nacional”. Arribó a finales de 1959 a La Habana, asesoró varios proyectos de guiones y supervisó Cuba baila, de García-Espinosa, el primer filme producido por el Icaic; y comenzó a trabajar en el guion de El joven rebelde, a partir de un argumento suyo: “Se trata de un muchacho de 14 o 15 años que se alza en la Sierra. Es un argumento increíble para el extranjero. Y trabajamos para convertir esto en un espectáculo interesante”, aseguró a inicios de 1960

En carta a Alfredo Guevara desde Roma, Zavattini le comenta sobre el proceso de escritura del guion del filme: “Se trata ante todo de no querer y no deber considerar El joven rebelde como un filme de propaganda en el sentido estrecho y directo. Esto no le quita cierta imprescindible exigencia informativa, pero al mismo tiempo permite un tono, un modo, de mayor alusividad respecto por ejemplo, a los cuentos de la revolución”

García-Espinosa, quien entonces se encontraba en México en la postproducción de Cuba baila, fue el director de la película. Aunque el proyecto no le interesaba, contó el director de Aventuras de Juan Quinquín (1967) y Reina y Rey (1994), “Titón y yo éramos los únicos que teníamos cierta experiencia para atrevernos a hacer un largometraje. Yo quería hacer entonces Bertillón, de Soler Puig, pero Titón se enamoró de la novela (que nunca hizo) y el otro argumento disponible era El joven rebelde, que yo asumí. Trabajé el guion, tuve muchas conversaciones con Zavattini, de modo que fue una experiencia muy enriquecedora (…) Tengo muchísimas anécdotas con el gran neorrealista, pero puedo decirte algo que lo resume todo: entre las muchas gentes por las que uno está influenciado, él ocupa un lugar muy importante en mi vida y en mi generación”

La historia de Pedro, el joven campesino que se incorpora al Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, cuya impetuosidad y espíritu rebelde le trae enfrentamientos con sus superiores y que alcanza su madurez como combatiente en la decisiva batalla de Guisa, se estrenó el 2 de marzo de 1962 y fue seleccionado entre los filmes más destacados del año. El Festival de Karlovy Vary, en Checoslovaquia, le entregó el Premio al Joven Creador al filme protagonizado por Blas Mora, Wember Bros, Lionel Alleguez, José Yedra, Miguel Piedra, Carlos Sessano, Cuqui Ponce de León, Amanda López, Reinaldo Miravalles y Ángel Espasande, con fotografía de Juan Mariné y edición de Mario González. La producción fue de José Fraga, el sonido de Eugenio Vesa y la música del joven Leo Brouwer (quien había trabajado con el Icaic desde Historias de la Revolución). 

A pesar de los reconocimientos y de la influencia del neorrealismo y sus maestros en el cine cubano de los primeros años del Icaic, el propio García-Espinosa estaba consciente, como asegura García Borrero, de que aquel modo de representación de la realidad que proponía el primer neorrealismo comenzaba a ceder terreno ante los nuevos movimientos (Free Cinema, Nueva Ola Francesa, Cinema Verité, Cine directo, entre otros). “…cuando leí el guion, la historia no me resultó interesante, o más bien no me interesó la forma en que estaba narrada. La sentía totalmente ajena a mi sensibilidad. Pero, ¿cómo desdeñar un guion de Zavattini? Por disciplina profesional, por lo que podía representar para el Cine Cubano, realicé el filme. Me costó separarme de Zavattini y del Neorrealismo italiano por más de treinta años”, rememoró quien fuera director del Icaic entre 1983 y 1990, y director de la EICTV entre el 2004 y el 2007. 

Si bien el filme es un ejemplo de la evidente huella neorrealista en la producción cubana de estos años, El joven rebelde “también resulta el punto de ruptura entre el maestro neorrealista y los cubanos”, asegura Anastasia Valecce, pues desde este momento, los directores cubanos, particularmente Julio García-Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea, “tomaron consciencia de la necesidad de producir un cine que no tuviera influencias extranjeras, y por lo tanto, declararon su voluntad de tomar distancia del neorrealismo. Las circunstancias que determinaron el final de las relaciones entre Zavattini y los cubanos están muy conectadas con la producción de El joven…

A partir de ahí, añade la investigadora, los cineastas de la isla “encuentran estrategias para crear lo que ellos definen como un cine propiamente cubano. Este nuevo lenguaje cinematográfico no habría podido existir sin los contactos, las pausas, las distancias y finalmente la ruptura que implicó la relación con el neorrealismo”. Volver a El joven rebelde, a sesenta años de su filmación, resulta una buena oportunidad no solo para analizar la influencia de Zavattini y el neorrealismo en la filmografía de esa década, y conocer la obra del autor de Por un cine imperfecto (1969) y otros textos necesarios, sino para comprender un cine que, a partir del aprendizaje, insistía en construirse desde sí. 

 

Pablo Guerra y su rapsodia para un animal de carga

Por Erian Peña Pupo 

Foto cubierta cortesía de Ediciones La Luz y Vanessa Pernía 

Pablo Guerra Martí sabe –como su admirado José Lezama Lima– que “paso es el paso del mulo en el abismo” y que “ese seguro paso del mulo en el abismo suele confundirse con los pintados guantes de lo estéril” y además, suele hacerlo “con los comienzos de la oscura cabeza negadora”. Pero Pablo Guerra, poeta aguzado en los complejos entresijos del idioma, conoce que el “final no siempre es la vertical de dos abismos”. 

A estos abismos se ha asomado, al punto de declarase “animal en extinción”, pero un animal capaz de tomar palabras “del día a día para construir el lecho, la cama y el fogón”. Palabras que terminan siendo proscritas, tiernas, sucias… materia de los versos de Animal de carga, publicado en 2018 por Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín, con edición de Luis Yuseff, diseño de Frank A. Cuesta, a partir de una foto de Ramón Legón, y corrección de Mariela Varona y Yailén Campaña. 

La profunda hinchazón del plomo dilata los carrillos del mulo de Lezama Lima; mientras que el buey de Pablo está “herido por la vara, hendido por la vara, guiado por la vara” y “no recuerda para que sirven sus bríos, ¿hollar en el fango? ¿jalar la carreta, acaso?”. Este buey –insiste en decirnos el poeta, narrador y realizador audiovisual– “ya no es el que determina la pauta, el orden natural de las cosas que han de ser arrastradas”. Sigue el paso lento, el cabeceo… “Entre él y el límite solo está el palmo de húmeda lengua”. Otros, algo más lentos, le clavan al buey la orden en el lomo endurecido… 

El poeta, miembro de la UNEAC y merecedor de varios premios literarios, acarrea “cántaros que se han de vaciar para sucesivas vueltas”, “cuentas que han acumulado saldos deudores, intereses multiplicados ante el ojo del publicano y en los bolsillos”, y como el mítico Sísifo de Corinto –aquel reinterpretado por Camus como metáfora de la vida moderna– sube cuesta arriba la empinada ladera cargando la pesada roca. Muchas veces, también como Sísifo, cree que está condenado a una inútil e incesante tarea, una “bancarrota declarada, a cuestas, en el lomo de los días”. Otras veces, apenas cree distinguir entre la naturaleza del hombre y su agobiante carga. Es entonces cuando “el tigre de las horas” –¿acaso el tigre de Blake?– arroja su gélido aliento y el poeta deja a un lado el temor a la garra, a la certeza del colmillo, y asegura que el miedo es su arma, el ojo alerta su naturaleza. Aun así, existe, permanece, incluso llega a asegurarnos que “la luz persiste como un perro fiel en seguir guiando nuestros pasos”. 

Esa luz –atizada por las circunstancias del alma, “vasto territorio donde nos perdemos desacostumbrados al oficio de los encuentros”– arremete “la muerte inmemorial que padecemos”, y en la poesía de Pablo Guerra Martí encuentra asideros en los seres que ama y necesita, “la pesada bola del recuerdo que inevitablemente volverá para golpearnos”. Sus hijas, su madre, los amigos como “islas golpeadas por el viento” –y con ellos la impotencia ante la imposibilidad de “alumbrar la soledad”– viven en poemas que poseen algo de esa electrizante y lírica estructura lezamiana evidente en sus libros. 

Pablo Guerra Martí no se encuentra, como Lezama, “entre los toros de Guisando”, pero sí está “entre los que preguntan cómo y cuándo”. Y ese cómo y cuándo desbordan su poesía. Él sabe que al pasar la página –después de leer sus versos– algo queda, y que ese algo –cercano, vital, palpable, nuestro– nos impulsa a creer que antes de rodar nuevamente, Sísifo tuvo la certeza de que la piedra había avanzado un poco más (tomado de la web de la Uneac). 

 

Entrar al aula inmensa de la vida de la mano de Eduardo Heras León

Por Erian Peña Pupo 

Foto cortesía de Ediciones La Luz 

“Yo soy un escritor de mi tiempo. Escribo el presente, y una de mis funciones como escritor es tratar en lo que pueda de enriquecer la vida espiritual de mi pueblo e incidir en la problemática de donde yo vivo. No me interesa la posteridad, quiero dejar mi huella ahora”, respondió Eduardo Heras León a la crítica y editora uruguaya Ana Inés Larre Borges en una entrevista publicada en el semanario Brecha, de Montevideo, en 1987, incluida en el libro Eduardo Heras León en el aula inmensa de la vida, compilación y selección de Yunier Riquenes García publicada en 2018 por Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín. 

Precisamente las huellas de Heras León –el Chino Heras, el autor de libros clásicos en la cuentística cubana, el editor, el periodista, el profesor de generaciones de narradores jóvenes, el fundador, el hombre leal a sus principios a toda costa, el amigo admirado y querido–, pueden rastrearse en las páginas de este libro homenaje en el que se destila, como resumen, como vía crucis y fe de vida, su amor por Cuba, pues “para nosotros, afortunadamente, a pesar […] de los años terribles que dejaron esas huellas imperecederas […], las utopías siguen vivas y la historia no terminó, sino que está a punto de comenzar”, asegura. 

Este libro compila más de veinte entrevistas concedidas por Heras León a medios cubanos y extranjeros en diferentes momentos de su vida, desde los años 80 hasta nuestros días, y en las que transita –muchas veces manteniendo idénticas líneas de pensamiento– por sus grandes pasiones, y por los momentos que han marcado su vida como escritor y ser humano: el triunfo revolucionario de 1959, las milicias, Girón, la literatura, el periodismo, el ballet, el ostracismo producto a un complejo momento de la política cultural en los años del Quinquenio Gris, el ajedrez, la fábrica Vanguardia Socialista, la literatura fabril y la honestidad del obrero, el magisterio, Universidad para Todos, el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso… Todo ello, y mucho más, han hecho de Heras León el hombre que es hoy. A todo ello –en dependencia de las peculiaridades de cada entrevista, de los enfoques de las preguntas– podrá acercarse el lector interesado en la vida y la obra, que en este caso se cruzan y complementan, del Premio Nacional de Edición 2001 y Premio Nacional de Literatura 2015. 

“Los entrevistadores son de distintas formaciones y generaciones, pero el entrevistado cree lo que dice, ha sido consecuente con lo que ha vivido, con la gente que ha conocido y con su país. He podido leer y saber cómo ha sido, lo que ha perdido, lo que ha ganado, lo que ha fundado para los demás; los espacios culturales y políticos en los que ha participado; los debates en los que ha puesto su verbo y acción”, asegura el narrador y poeta Yunier Riquenes en las palabras del prólogo “Cuando la vida de un hombre no es un cuento”, y añade: “Este es un libro que conmueve. Repasa palmo a palmo la vida de un hombre querido por muchos. He disfrutado encontrar, releer, transcribir esta selección de entrevistas […] Cuando uno lee estas conversaciones con el paso del tiempo, aunque uno no haya vivido prohibiciones, sueños, guerras, uno vuelve a la caminata, se incorpora. Vence los kilómetros que sean necesarios”.

Periodistas y escritores como Odette Alonso Yodú, Fernando Butazzoni, José Antonio Michelena, Magda Resik, Dean Luis Reyes, Manuel García Verdecia, Marilyn Bobes, Yoe Suárez, Antonio Herrada y Rafael José Rodríguez Pérez, escudriñan diferentes momentos de la vida del autor de La guerra tuvo seis nombres (Premio David 1968) y Los pasos en la hierba (mención única del Premio Casa de las Américas 1970), libros iniciadores –junto con la obra de esos años de Norberto Fuentes y Jesús Díaz, “una generación frustrada en lo literario” y “atrapada en el vórtice de los años duros […] con todas sus contradicciones, complejidades, victorias y derrotas, aciertos y errores– de la llamada literatura de la violencia, en la que “la Revolución entraba a la narrativa con gente humana, creíble, con aciertos y errores, con vicios y miserias”, escribe Fernando Beramendi en su entrevista, y en los que se abordan –junto con A fuego limpio, Acero y Cuestión de principio, La dolce vita, entre otros de sus libros– “temas como la guerra revolucionaria, la construcción de la sociedad –en todos sus matices–, la lucha contra las resistencias del pasado, el mundo de las fábricas y también, el amor y el desamor” (con un lirismo que sorprendió a Cortázar). “Tenemos que quitarnos el fardo de la historia para lanzarnos a la aventura de la imaginación”, respondería en esta misma entrevista Heras León. 

Momentos especiales en este amplio diálogo que es Eduardo Heras León en el aula inmensa de la vida resultan los sostenidos sobre el proyecto Universidad para Todos, cuyo primer curso, dedicado justamente a las técnicas literarias, otra de sus pasiones, impartió por televisión. Y además, a ese sitio único, que ha ayudado a la formación a centenares de jovenes escritores, y promotores y lectores, como bien afirma, que es el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. “Desde allí renovó la literatura cubana desde 1998. Incentivó a la escritura del cuento en el país. Cuba dejó de ser tierra de poetas. Y luego, con el Curso Universidad para Todos de Técnicas Narrativas por la Televisión, dio inicio a muchos otros cursos. Por aquellos años se comentaba incluso por los pequeños pueblos, el minicuento El dinosaurio, de Augusto Monterroso que Eduardo analizó en la pantalla chica. Con sus clases Eduardo entró en muchas casas de cubanos de todas las latitudes, entró en el imaginario de personas que jamás habían escrito una línea”, resume Yunier Riquenes y añade otras derivaciones del Centro Onelio como el Premio César Galeano, la Beca Caballo de Coral, la revista El Cuentero, la editorial Caja China, el Encuentro Internacional de Jóvenes Narradores en 2008, el voluminoso libro Los desafíos de la ficción, el concurso de minicuentos El dinosaurio…

Amigos, la universidad, la edición, la pasión por el ajedrez y el ballet, la literatura y las nuevas generaciones, a las cuales conoce muy bien, desde su papel de profesor y cómplice, los escritores que admira, a muchos de los cuales llegó a conocer y compartir, una novela inconclusa, las memorias que muchos esperamos, ese amor llamado Ivonne Galeano, eje de su vida y alma del Centro Onelio… discurren en las páginas de este libro, con edición de Luis Yuseff, diseño de Frank A. Cuesta, imagen de cubierta de Linet Sánchez, y corrección de Mariela Varona (curiosamente casi todos salidos también de las aulas del Centro Onelio J. Cardoso). 

A manera de anexos, Riquenes tuvo la acertada idea de añadir materiales complementarios, que hubieran quedado sin recogerse en las páginas de un libro, como las palabras al recibir el Premio Nacional de Edición 2001, el Maestro de Juventudes que entrega la AHS, la réplica del Machete de Máximo Gómez, la Medalla Alejo Carpentier al Centro Onelio y el Premio Nacional de Literatura 2015, además del necesario texto –por abarcador y por exponer el tema como en ninguna de las entrevistas– “El Quinquenio Gris: testimonio de una lealtad”, conferencia leída en 2007 en el Instituto Superior de Arte como parte del ciclo “La política cultural del período revolucionario: Memoria y reflexión”, organizado por el Centro Teórico-Cultural Criterios. 

Somos tantos los que le agradecemos a Eduardo Heras León sino nuestros primeros pasos en la literatura, sí el hecho se enfrentarnos a ella con seriedad, con sacrificio y también con amor. Somos muchos sus lectores, y los graduados del Centro Onelio –sitio que le cambió la vida, no hay duda de ello, a varios jóvenes en toda la geografía insular, y hoy esparcidos en varias partes del mundo– que lo admiramos como ese padre espiritual que nos incita a escribir, a leer. Sirve este libro, además, como homenaje agradecido de todos al Chino Eduardo Heras León. 

 Tomado de La Jiribilla: http://www.lajiribilla.cu/entrar-al-aula-inmensa-de-la-vida-de-la-mano-de-eduardo-heras-leon/

Anibal De la Torre, orgulloso de llevar la isla dentro

Anibal De la Torre Cruz (1985) es uno de los más persistentes artistas visuales holguineros. A fuerza de trabajo y talento –nunca está tranquilo, sino en la búsqueda constante, asegura–, su firma aparece en la mayoría de las exposiciones colectivas realizadas en Holguín en los últimos años. Estas, junto a las personales que ha inaugurado, como la reciente Rostros en la sede provincial de la Uneac, nos reafirman que la poética de Anibal, la cosmovisión que permea sus cuadros, mezcla de elementos identitarios locales y nacionales, con otros de la tradición yoruba, es reconocible a simple vista. Ha logrado con ello lo que muchos artistas buscan: un sello de identidad, una marca visible –que ha evolucionado, pero ha mantenido, como un vía crucis, los mismos sentidos, búsquedas, dudas y preocupaciones, sueños y signos a los que aferrarse como señales de la vida– en el panorama de la plástica holguinera y cubana. 

Por un lado, reconocemos en su obra los retratos y la autorepresentación –como un análisis de las “preocupaciones, cuestionamientos, interrogantes, estados anímicos y un modo de representar el yo interior”–; y por otro, la representación de la cultura y el panteón afrocubano, específicamente el yoruba y sus símbolos, como “el resultado de algunas interrogantes sobre la fe en las personas, su influencia sobre ellas”, y como un “camino de conexión entre lo terrenal y lo espiritual, una manera de caracterizar una idea, un concepto”. Su obra, insiste, es un retrato de su vida. Un reflejo del mundo interno que siempre lo acompaña. Raíces, creencias e identidad podrían resumirla, pero dejemos que sea el propio Anibal De la Torre quien nos cuente sobre las formas en las que el mundo se le transfigura en arte. 

Vayamos a los primeros pasos… De niños casi todos dibujamos y casi todos queremos ser artistas… Pero, ¿cómo te inclinas a las artes plásticas ya más seriamente? ¿Algún antecedente familiar, o en tu caso sucedió eso que muchos llaman, sencillamente, vocación? 

Mi inclinación por las artes plásticas comenzó desde muy temprana edad. Desde pequeño mi familia y amigos de mis padres que frecuentaban la casa, decían que tenía vocación para la pintura. Recuerdo que en la primaria mis compañeros me hacían cola para que les dibujara personajes de dibujos animados que daban en la televisión; mis favoritos a dibujar eran las tortugas ninja y los gatos samurái. Cada vez se hacía más fuerte la necesidad de dibujar y pintar. 

Me presentaba a concursos de plástica infantil que se convocaban en la escuela, de los que fui premiado en diferentes niveles. En esa época la Academia de Artes Plásticas abrió un curso para niños (estaba en 6to grado) y me presenté. Allí estuve recibiendo clases de dibujo tres o cuatro meses y aprendí mucho gracias a mi primer profesor y amigo en la actualidad Ernesto Sanciprián. 

Luego de concluido este curso, conocí a otro artista que me acogería en su casa para continuar ofreciéndome conocimientos de las artes plásticas, las gracias a Octavio Torres. En mi familia tengo la suerte de tener antecedentes en el mundo de las artes plásticas: mi abuelo, que ya no nos acompaña, recibió estudios de pintura en su juventud y su hijo, mi tío, se graduó de escultura en la Escuela Profesional de Artes Plásticas de Holguín. Como dicen por ahí, eso va en la sangre. Mi abuelo fue la principal persona que me apoyó y me inculcó desde pequeño mi amor por las artes plásticas. Siempre me llamó la atención un cuadro suyo, unas palomas en su palomar en tonos ocres y sienas, creo que ese cuadro fue el detonante de mi pasión por la pintura. 

Te gradúas de la Escuela de Instructores de Arte en Holguín en su primera graduación –luego haces la Licenciatura en Estudios Socioculturales en la Universidad de Holguín–, y al poco tiempo comienzas a participar en muestras colectivas y realizas tus primeras exposiciones personales. Ha sido un camino largo hasta hoy y al mismo tiempo de crecimiento… Comúnmente la docencia en Instructores de Arte está más enfocada a la enseñanza artística y sus metodologías, y no son muchos los jovenes instructores que, a la par de trabajar en esto, han sostenido una obra personal sólida. ¿Cuánto crees que influyó en tu trabajo, y en tu formación como joven creador, estos años cursados en Instructores de Arte?

Entrar a la Escuela de Instructores de Arte fue un paso para perfeccionar mis conocimientos sobre las artes plásticas. Mis cuatro años en la escuela marcaron una etapa de mucho estudio y dedicación. Debo agradecer muchísimo a mis profesores Luis Santiago, Julio César Rodríguez, Michel Cruz, Carlos Céspedes, Eduardo Padilla, Bertha Beltrán, entre otros. Excelentes artistas que les debo los conocimientos que me inculcaron y lo que he logrado hasta ahora. 

Creo y no quisiera ser absoluto, pero mi año tuvo la dicha y la suerte de tener a estos excelentes artistas como profesores. Me gradué en el 2004, en la primera promoción de esta escuela creada por Fidel Castro. Me incorporé en una escuela primaria para cumplir con mi servicio social de cinco años. Durante este tiempo llevé al unísono la pedagogía y mi carrera como artista. Traté de superarme cada día más, investigando mucho y presentándome a los diferentes certámenes que se convocan en la provincia. Fue una etapa en la que comencé a despuntar y a proponerme metas a alcanzar. Así apareció mi primera muestra personal, aquella que rompería el hielo, en 2007 en la Galería Holguín. Fue un reto que trajo críticas constructivas, pero marcaba el inicio de lo que realmente quería en mi vida, pintar, y lo primero que me salía era elementos distintivos de Holguín, como la Loma de la Cruz, el reloj del Cine Martí, mezclados con palmas, helechos, girasoles, en una paleta de tonos ocres y sienas. 

¿Cuánto sigue influyendo la experiencia docente en el Anibal artista? Coméntame un poco sobre tu participación, en dos ocasiones, en la misión “Cultura Corazón Adentro” en Venezuela. 

Venezuela llegó de manera sorpresiva. No me imaginaba ir a un país con una cultura totalmente diferente a la nuestra; fue un peldaño nuevo que subir en mi vida. A penas tenía 24 años, muy joven, para asumir una responsabilidad pedagógica con personas de diferentes grupos etarios; realmente fue una tarea que me exigía superarme cada día más. Llegar a un cerro, realizar un diagnóstico profundo de su población para emprender una labor docente artística fue un reto difícil, pero gracias a cultores venezolanos del área, el trabajo se facilitó un poco. 

Es válido destacar que esta hermosa experiencia aportó mucho para mis conocimientos y como persona. Fue una etapa en mi vida que aproveché mucho, pues visité galerías y museos donde disfruté originales de grandes artistas de talla internacional, con solo mencionar a Duchamp, Warhol, Christo, Kandinsky, Botero, Carlos Cruz-Diez, Jesús Soto, Mondrian, Picasso, entre otros. También compartí con artistas destacados del país, y aprendí mucho de sus experiencias. Tuve la suerte de realizar una exposición bipersonal de fotografía junto a mi esposa en la Galería Elsa Morales, de la Casa del Artista de Caracas. Esa fue mi primera experiencia internacional, que disfruté mucho, y tuvo muy buena acogida por el público venezolano. 

Hablábamos de un crecimiento, una evolución… Al revisar tu obra notamos que, sin importar las diferentes etapas por las que ella ha ido transitando, desde las palmas, relojes, los símbolos arquitectónicos de la ciudad de Holguín, de tus primeras series, hasta los recientes Rostros, se reconoce la poética de Anibal De la Torre. ¿Qué rasgos crees que han identificado tu pintura; no ahora, sino en esa especie de recorrido plástico con el sello de tu trabajo? 

Mi recorrido, desde mi primera exposición personal, es un retrato de mi vida. De dónde vengo, mis raíces, mis creencias, mi identidad. Este recorrido yo lo vería como un diario en el que cada exposición es una nueva etapa, donde plasmo sentimientos e interrogantes que son constantes en el día a día. Trato de analizar el mundo que me rodea y cómo influye en el paso de mi vida. La obra de Anibal ha sido eso, un reflejo de ese mundo interno que lo acompaña siempre. 

¿Qué es la identidad para ti?

La identidad es el conjunto de elementos que hacemos propios, como la forma de hablar, caminar, vestir, pintar; el sello que caracteriza a cada persona. Una persona sin identidad es un alma errante caminando sin presente y futuro. Las personas deben tener bien claro esto para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. 

Hablemos de dos cosas: la autorepresentación (el autorretrato, que sabemos es uno de los ejercicios de análisis más complejos para un artista) y la representación de la cultura y el panteón afrocubano, específicamente el yoruba y sus símbolos (caracoles, herraduras, girasoles, clavos, helechos, incluso en el uso de elementos no convencionales como el saco de yute y los caracoles) en tu cosmovisión. ¿Por qué te interesa el retrato y específicamente el autorretrato, incluso en las fotografías de la muestra “Silencio roto”? ¿Podríamos hablar de asumir la fe también desde las posibilidades de la creación plástica? ¿Y acaso también de una crítica de la religión con fines mercantilistas, a mucha doble moralidad que abunda hoy? 

Desde mi tercera exposición personal, Revelaciones, comencé a representarme a mí mismo en las obras. Más bien ha sido un análisis de etapas de mi vida: preocupaciones, cuestionamientos, interrogantes, estados anímicos y un modo de representar el yo interior. En la historia del arte el autorretrato ha sido una herramienta para representar estados y etapas de su vida. Es una herramienta que continúo aplicando, todavía queda mucho por expresar. 

La muestra fotográfica Silencio roto, fue el resultado de algunas interrogantes sobre la fe en las personas, su influencia sobre ellas y como ha llegado a la doble moralidad y por qué no, de llevar este ritual sagrado a fines mercantilistas. La utilización de diferentes elementos como clavos, las herraduras, los propios caracoles (Diloggun), entre otros, han sido un camino de conexión entre lo terrenal y lo espiritual, una manera de caracterizar una idea, un concepto. 

Hablemos un poco de los maestros. Cubanos y extranjeros, creadores conocidos o no. Artistas a los que admiras y sigues. ¿Quiénes, de una manera y otra, te han influido como artista?

Desde que comencé mis estudios en la Escuela de Instructores de Arte, no paré de buscar, leer e investigar sobre las artes plásticas en el devenir de la historia. A cada artista siempre lo marca alguna tendencia o un pintor en específico; en mi carrera he tenido muchas influencias de varios artistas, siempre experimentando, tratando de buscar un sello propio, o más bien algo que te identifique y que cuando vean tu trabajo, digan: ese es un Anibal. Creo que ese es el anhelo que todo artista desea. Admiro mucho la obra de los artistas cubanos Roberto Diago, José Bedia, Mendive, Ernesto Rancaño, Kcho, los holguineros Yovani Caises, José Emilio Leyva, Ernesto Sanciprián, Jorge Hidalgo Pimentel y Miguel Ángel Salvó, de cuya creación artística he bebido. 

La exposición Persistencia del uso (2014) se caracterizó por la “acogida de la oscuridad, un tratamiento escabroso, poco colorido, abrupto…”. Coméntame, Anibal, un poco sobre esta muestra. 

Esta fue una exposición diferente a las demás, en cuanto a la tonalidad. Traté de representarla en general con los negros y sienas. Plasmé de manera simple, o sea, sin mucho tratamiento pictórico, ciertas prácticas de la religión yoruba, por ejemplo, el empleo de hierbas, velas, cascarillas, miel, ron y condimentos colocados dentro de un estante con tapa de cristal, simulando un botiquín médico, estableciendo la función paralela de útiles para la curación. Esta obra fue instalativa y en las demás planimétricas usé fondo negro y por lo general de manera lineal, simbolicé los caracoles y ojos como estrellas en la noche o como lluvia en el mar. 

Incorporé a las obras el título como parte de la composición. Me gustó mucho “Yo, tú, él, nosotros, ustedes, ellos”, donde expongo la silueta de la dueña del mundo y de los mares, que guarda bajo su falda el ánfora; que guarda secretos místicos, empleando los colores negro, azul y gris. 

Más de 15 exposiciones personales y 80 colectivas… Obras tuyas en portadas de libros. Trabajo con diferentes técnicas, materiales… Incursiones también en la fotografía. Veo ahora que el diseño escenográfico y de vestuario de una obra de teatro, que es totalmente diferente a lo anterior. Más tu trabajo en el Centro Provincial de Casas de Cultura. Creo que siempre estás haciendo algo, inmenso en algún proyecto… ¿Dime cómo lo haces? Y además, en esta etapa de claustro por la Covid-19 –momento en que inauguraste Rostros en la sede de la Uneac de Holguín–, ¿cómo ha sido el trabajo y la creación artística para Anibal De la Torre? 

Nunca estoy tranquilo, o sea, me mantengo creando e incursionando en otras ramas dentro de las artes visuales. Gracias a la tecnología me he enamorado del diseño gráfico. He realizado varios carteles para cortometrajes de trabajos de tesis de estudiantes del ISA; así como diseños escenográficos para una obra de Rosa María Rodríguez, ganadora de una beca de creación de la AHS. He incursionado en la fotografía, que es un soporte con el que me gusta experimentar. 

Durante la etapa de cuarentena, al aparecer la Covid-19, fue un momento que casi todos los artistas se dieron a la tarea de desempolvar proyectos. Yo no estaba exento de eso; fue el momento preciso para poner manos a la obra de la serie Rostros, donde uso como modelos a los amigos que tengo a la mano, mis compañeros de trabajo y mi familia. De ellos capto expresiones faciales en diferentes estados de ánimo dando mayor tratamiento al rostro y representando con trazos abstractos el cinturón escapular, mientras que el fondo es plano con tonalidades pastel en la gama de los rosas y ocres, estampándoles elementos recurrentes en mi obra, como los herraduras, caracoles, girasoles, clavos y garabatos. 

Creo que hasta yo mismo me sorprendo que en tan poco tiempo haya logrado esto. Mi esposa, Annia Leyva, también artista de la plástica, dice que soy una máquina pintando, que salto de un cuadro hacia otro y de una cosa a la otra, que siempre estoy haciendo algo. Es el resultado de siempre estar creando, ser perseverante y tener fe en uno mismo. Eso es lo fundamental, nunca cansarse y seguir batallando, en un camino que puede tener espinas y pétalos. 

Hablemos de la familia, ese eslabón básico para la creación. De tu esposa Ania Leyva (y del trabajo juntos) y de los niños… ¿Cómo trabajas? Alguna rutina, algún método, algo en particular…

Me siento una persona afortunada por compartir mi vida junto a mi esposa Annia y de tener a mis dos hijos, Kevin, de 14 años, y la pequeña Anabella, de cuatro añitos. La vida me ha regalado lo más grande que pueda tener un ser humano, los hijos. Ellos son mi inspiración cada día. Soy de los que digo que detrás de un hombre hay una gran mujer. Trato de llevarlo todo a la par: trabajo, casa, creación artística, ser un buen padre y esposo. Nuestra casa es pequeña, lo mismo pinto en la cocina que en el cuarto, y cuando las obras son muy grandes, las hago en mi trabajo. He acompañado a Annia en varias exposiciones de fotografía; ella es una excelente artista a la que admiro mucho. Tengo mucho que aprender de ella. Me siento bendecido. 

Jugando con el nombre de una exposición tuya, Anibal, ¿cómo es llevar la isla dentro? 

La patria, o sea este pedacito de tierra en el que vivimos, es lo más grande que pueda tener un cubano, donde confluye tu identidad, tus raíces, tu forma de ser. Anibal De la Torre se siente orgulloso de llevar siempre esa Isla dentro.  

(Publicado en la web de la AHS).

María Dolores Rodríguez, gran artista y maestra

María Dolores Rodríguez, gran artista y maestra 

Por Erian Peña Pupo

Fotos tomadas de Internet

La cultura holguinera y cubana, especialmente la escena lírica, despidió este 21 de agosto, víctima de la Covid-19, a una de sus artistas más reconocidas y necesarias: la soprano María Dolores Rodríguez Cabrera, primera figura y Directora General del Teatro Lírico Rodrigo Prats de Holguín, colectivo que dirigió con dedicación y contra los muchos inconvenientes que significa llevar las riendas de una compañía con su historia y prestigio. Por más de treinta años dejó allí su impronta, primero bajo la tutela de sus maestros Raúl Camayd y Náyade Proenza, y de otras valiosas figuras del Lírico de Holguín. 

Licenciada en Pedagogía y Música, perfil Canto, por el Instituto Superior de Arte (ISA), a María Dolores Rodríguez más de una generación la tiene como una maestra cercana. Muchos de sus alumnos –de los que se sentía orgullosa– demuestran hoy sus conocimientos en varias partes del mundo, en reconocidas academias y compañías. Desarrolló una amplia labor pedagógica: fue Profesora Auxiliar de la Filial de la Universidad de las Artes, filial de Holguín, institución docente donde contribuyó a formar los nuevos relevos, por las que tanto se preocupó, del propio Teatro Lírico Rodrigo Prats; integró la Comisión Nacional de Evaluación y la Comisión Nacional de Carrera en el ISA, e impartió clases en otros países. Era miembro de la Uneac en Holguín.

Se presentó en disímiles escenarios, con el Lírico y como solista, en más de veinte países de Asia, Europa y América. En Pionyang, Corea del Norte, en el Festival de la Primavera, la recibieron y la despidieron como lo que era ella, una figura de primer nivel capaz de emocionar, sin importar idiomas, al más exigente melómano. Le asombraba como todo podía estar yermo, y el día de la celebración, los árboles florecían, y Pionyang era un jardín. Tuvo más de 40 obras en repertorio, entre óperas, operetas, zarzuelas y obras de concierto. Grabó para televisoras como CBS, ABC, TVE, CCTV, y fue laureada e invitada como jurado en diversos concursos nacionales y foráneos. 

Su último caballo de batalla fue “La viuda alegre”, opereta en tres actos con música del compositor austrohúngaro Franz Lehár (1870-1948) y libreto en alemán de Victor Léon y Leo Stein, basado en la comedia “L’attaché d’ambassade” (1861) de Henri Meilhac. Fue estrenada en Viena, Austria, el 30 de diciembre de 1905, y desde entonces es considerada una de las obras más importantes del género. El Lírico de Holguín, después de un avant premiére, la estrenó en noviembre de 2019, y a inicios del próximo año, la compañía presentó la obra en Matanzas y en el Gran Teatro de La Habana.

“La cruel enfermedad de turno que nos acecha implacable se lleva a otra figura grande de nuestra cultura. Este es un deceso muy fuerte. Holguín y Cuba, la Lírica nacional, pierde a una exquisita, culta y conocedora intérprete”, comentó el director Raúl de la Rosa. 

María Dolores Rodríguez, considerada en los años 90 la cantante lírica cubana más laureada, no solo fue una de sus voces más hermosas de nuestra escena y la directora de una gran compañía, sino además, la maestra de varias generaciones de artistas líricos, formados, con su dedicación, en las aulas de la Universidad de las Artes en Holguín, que hoy, consternada, se suma a las múltiples condolencias por su triste deceso. 

 

 

Rumbo al abismo

¿Has tomado una decisión que afecte la vida de una o más personas para beneficiar única y exclusivamente la tuya?

Desde posturas filosóficas y éticas la libertad de los individuos se limita con la de sus semejantes, o sea, que somos capaces de asumir un libre albedrío hasta el punto donde eso pueda interferir con los intereses de alguien más, pero lo que le sucede a Jim Preston es un poco más complicado que ciertos valores y preceptos morales.

¿Has tomado una decisión que afecte la vida de una o más personas para beneficiar única y exclusivamente la tuya? Foto: Cartel de la película

A bordo de la Ávalon, una nave espacial gigante de 1 kilómetro de largo, Chris Pratt (Guardianes de la Galaxia, Everwood…), viaja a Homestead II, un lejano planeta-colonia; junto con él,  5 mil personas y 258 tripulantes se encuentran en periodo de hibernación. Hasta aquí todo perfecto, exploración espacial, ciencia ficción en su más pura vertiente, pero un campo de asteroides ofrecerá un sorpresivo giro a tan placentero viaje.

Passengers, conocida como Pasajeros en Hispanoamérica y España, es un film estadounidense que se empeña en narrarnos una retorcida historia de amor, e incluso propio, si se tiene en cuenta el rumbo que toman las decisiones de uno de sus protagonistas.

Dirigida por Morten Tyldum y escrita por Jon Spaihts, la película está protagonizada por Chris Pratt y Jennifer Lawrence, y fue estrenada el 21 de diciembre de 2016, a cargo de la compañía Columbia Pictures.

La soledad, mala consejera, como decían los abuelos, destapa una serie de inseguridades en Preston, quien tomará una decisión en beneficio propio para afectar la vida de uno o más pasajeros.

Al dúo de Lawrence y Pratt, se le suma el conocidísimo Laurence Fishburne (Morfeo en La Matrix), esta vez en el papel de Gus Mancuso, quien, a pesar de contar con una participación efímera durante el largometraje, es el punto de partida para desentrañar los enigmas que están por encima de las meras decisiones y sentimientos humanos, los cuales pueden cambiar la trayectoria original hacia el abismo.

Con una calificación de 30 por ciento por parte de la crítica, según el sitio web Rotten Tomatoes, Passengers cuenta con una calificación negativa, revertida por parte del público, quien le confirió un 69 de aceptación; no es de extrañar entonces que, frente a los 110 millones de Dólares que costó su producción, una recaudación de 303 millones se mostrase como paño tibio para quienes se embarcaron en este proyecto.

A bordo de la Ávalon viaja a Homestead II. Foto: Internet

Óscar al “mejor diseño de producción”, o “a la mejor banda sonora “, así como “Mejor dirección artística en película de fantasía”, por parte de los Premios del Sindicato de Directores artísticos, son algunos de los lauros alcanzados desde su lanzamiento de esta propuesta amena para compartir en familia, donde estos pasajeros, en busca de la felicidad, encontrarán varias diatribas propias de la difícil trayectoria.

Birán, 13 de agosto de 1926: alborada definitiva por los humildes

Por Vanessa Pernía Arias

Fotos periódico Trabajadores

Muchos coincidirán en que por estas fechas al llegar a Birán la humedad delata las lluvias recientes, con olor característico a campiña y que el sol inclemente del agosto veraniego se aferra en acentuar el calor a medida que transcurre cada jornada.

En días como estos son varias las personas, antes acompañadas por el propio Fidel, que llegan al batey donde nació el líder histórico de la Revolución cubana el 13 de agosto de 1926, para celebrar su onomástico, junto a las raíces más profundas de la familia Castro Ruz.

A Birán se regresa cada 13 a celebrar la vida de un hombre de viva y revolucionaria estampa, se vuelve a ese sitio callado y campestre donde el tiempo ha conjugado mitos y realidades para repasar las huellas que se preservan como mudos testigos de un valioso pasado.

Dicen que Fidel disfrutaba hablar de su terruño natal con nombre aborigen, y de sus padres, de su familia toda, con nostalgia, en varias y largas conversaciones como las que sostuvo con el fraile Frei Betto y el periodista Gianni Miná, ambas publicadas en sendos libros.

De sus días más felices le contó al sacerdote brasileño sobre los períodos de vacaciones navideñas y de las de verano. Cuando siendo niño y adolescente iba a bañarse en los ríos de la zona, a corretear por los bosques, a cazar con tirapiedras y a montar caballo.

En esa ocasión aseguró: “Vivíamos en contacto con la naturaleza y bastante libres en esos períodos. Así transcurrieron los primeros años”.

Narró, además, sus experiencias con el caballito Careto, y sus travesuras en la charca “El Jobo”, que más tarde el ciclón Flora cegó, sin embargo, queda Birán completo como fiel testigo de su paso intranquilo y feliz por estas tierras que lo vieron hacer hace 95 años.

Los historiadores apuntan que el batey Birán-Castro, asentado en el actual municipio holguinero de Cueto, surgió en 1914, cuando su padre don Ángel Castro compró la finca Manaca, de 20 caballerías, muy bien trazadas, con el camino central por donde cruzaba, antes de que se construyera la carretera, todo lo que iba de Nipe, Banes, Mayarí… hacia el sur de esta región del país.

EUSEBIO LEAL

También de la arquitectura de la casa, hoy museo, le contó a Betto que era un hogar con estilo español adaptado a Cuba, y que entre recuerdos permanecían las partes que la componían, como la lechería que estaba debajo de la casa, el matadero, el taller para arreglar los instrumentos de trabajo, la panadería, la escuelita pública donde recibió sus primeras clases, la tienda, un centro comercial propiedad de la familia, y frente a este, el correo y el telégrafo.

Fidel no olvidó en esa ocasión hablar de la valla de gallos que en algunas vacaciones se convirtió en ring de boxeo en el que se midió con Gilberto Suárez Spencer, Pedro Pascual, y otros más; así como de las humildes casas de yagua y guano, con piso de tierra, donde vivían los haitianos y hasta donde llegaba a comer maíz y boniatos asados.

Hilando recuerdos destacó el origen humilde de sus padres, el legado gallego de Don Ángel y el de su madre pinareña Lina, sus modos de educación, de la religiosidad materna; y la laboriosidad de ambos para sacar adelante a la familia que se componían de siete hijos: Ángela, Ramón, Fidel, Juana, Enma, Raúl y Agustina Castro.

Cómo suponer que en tan apartada geografía, este significativo 13 de agosto, en el calendario de 1926, llegaría a ocupar un lugar tan significativo en los destinos de la Patria; a partir de ese día a la Isla le nació un ser excepcional para todos los tiempos, un hombre del siglo XX que aun sin barba comenzaba su apuesta definitiva por los humildes.

Al respecto en esta conversación con Betto comentó Fidel: “Nací (…) como a las dos de la madrugada. Parece que la noche pudo haber influido después en mi espíritu guerrillero, en la actividad revolucionaria; la influencia de la naturaleza y de la hora de nacimiento” (Tomado del sitio web de la Agencia Cubana de Noticias, ACN).

 

Leer sana en tiempos de pandemia

Por Liset Prego Díaz

Fotos Facebook de Ediciones La Luz

Ediciones La Luz se sumó a la iniciativa del Centro Provincial del Libro y la Literatura (CPLL) en Holguín, de llevar su quehacer a los vacunatorios. Con alrededor de 100 sitios dedicados a este fin en el territorio, la presencia de los artistas se convierte en un aliciente para quienes acuden a la inmunización.

El sello literario de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), movido por su propio eslogan, “leer sana”, lleva sus títulos hasta un público que busca salud y encuentra además, el refugio de los libros, en presentaciones literarias a las que acuden, en ocasiones, los propios autores.

Adalberto Santos, poeta y editor de La Luz, comenta sobre su experiencia en estas actividades:

“Esencialmente mi participación en los vacunatorios persigue la voluntad de acompañar, desde la promoción de la lectura, esa necesaria campaña de inmunización para salvaguardar la vida.

Desde Ediciones La Luz con el apoyo del CPLL nos hemos propuesto demostrar nuestra adhesión a este esfuerzo y su acompañamiento, contando con nuestro imprescindible y múltiple catálogo.

Comprendemos que muchas personas que allí se encuentran pueden estar temerosas o vacilantes ante una experiencia nueva. Otros con cierto resquemor a posibles efectos secundarios, pero de forma general, se mantienen serenos y participan activamente de las presentaciones y es notorio el gesto agradecido de muchos por esta voluntad de acompañamiento desde el arte”.

Norge Luis Labrada, jefe de la sección de literatura de la AHS en la provincia, y miembro del staff del sello, explica que “se han presentado títulos como Sexo chatarra, Monstruos, pequeño inventario, La casa de los gatos perdidos, cancioneros del catálogo, entre ellos Como una luna en pie, de Fernando Cabrejas, con la presencia del autor”.

Los libros, dedicados a distintos públicos, son una representación de la diversidad de propuestas de la editorial ante potenciales lectores que quizás en otras circunstancias no se habrían acercado a promociones en espacios habituales.

Erian Peña, periodista, escritor y crítico de arte, cuenta que esta “es una experiencia interesante porque las presentaciones son diferentes a las que estamos acostumbrados en espacios dedicados a eso específicamente, y con un público que va con el propósito de ver las presentaciones.

En este caso, eran propiamente actos de promoción, buscando propiciar el acercamiento de los allí presente a los libros. Puede sorprender que muchos de ellos conocen, si no los libros, al menos a los autores, o se interesan y tratan de adquirirlos en los puntos de venta dispuestos para ello”.

Ediciones La Luz, con casi 25 años de presencia en el panorama editorial cubano, e innumerables premios y reconocimiento por un trabajo que se distingue en dicho ámbito, se mantiene activa durante el periodo estival, no solo en los sitios de inmunización dispuestos en la ciudad, sino en redes sociales desde donde siguen potenciando el poder curativo de la literatura con espacios habituales, por ejemplo en Telegram, con peñas, talleres, concursos, o en YouTube con cápsulas de video, además se mantiene el trabajo de sus miembros en el plan editorial (Tomado del periódico ahora).

 

Primavera en vano para el amor difícil

Por Erian Peña Pupo

Fotos cortesía de Ediciones La Luz

El tema que preside el universo dramático de Abel González Melo (La Habana, 1980) es el amor. Recurrente en casi todas las obras, afirma el ensayista español José-Luis García Barrientos en “Claves de la dramaturgia de Abel González Melo”, el amor está presente “desde una mirada muy actual, posmoderna si se quiere, más volcada a sus dificultades que a su posible realización, al desamor en definitiva, con el sexo en primer plano, pero trascendiéndolo siempre de una u otra forma”[1]. Eso lo constatamos al leer las obras que integran el volumenPrimavera en vano. Trilogía del amor difícil, publicado por Ediciones La Luz.

Tres obras lo componen: Adentro (2005), Por gusto (2006) y Manía (2009) y todas, como su propio título indica, dan cuerpo literario/escénico a las complejidades del amor para nada fácil. Ese que, envuelto en sus tantas contradicciones, resulta la mayoría de las veces el más deseado, por utópico, por arisco, y el que se recuerda, desde el umbral de la vida,con cierto placer.

Si el amor es el tema omnipresente de las obras –recalca García Barrientos–, la ausencia más significativa es la de“la política como planteamiento abierto, expreso o doctrinario”, aunque la realidad en que se sumergen los personajes, los contextos que permean sus diálogos, sus miradas, incluso sus reacciones a situaciones determinadas, estén atravesados por la fuerza de la política. Puede partir de una cuestión generacional, incluso de reacción frente al teatro y la literatura precedentes, unido “a una aversión particular del autor por lo tendencioso o panfletario”, sin que signifique “que su teatro carezca de dimensión política; al contrario, en la medida en que se halla hondamente arraigado en la realidad, es a través de ella, encarnado en lo humano, como se manifiesta; más a la manera de Shakespeare que a la de Brecht”, añade.

Abel González Melo –autor de obras premiadas, publicadas y representadas en varias partes del mundo como Chamaco, Talco, Epopeya, Mecánica y Bayamesa– es un “constructor” de personajes. Convincentes, vivos, en su mayoría jóvenes, reconocibles al doblar de la calle (o en nosotros mismos)por el hecho de que habitamos idénticos espacios y muchas veces portamos la misma máscara (el mismo “personaje”), sus interlocutores–esos con quienes habla y nos pone a dialogar también– resultan seres “humanizados, muy cercanos alespectador/lector y que solicitan mucho más la identificación que la distancia crítica de los actores”.

¿Qué encontrará el lector en los “dramas contemporáneos” de Primavera en vano?Adentro. Triangulo para actores –estrenada en Aguijón Theater de Chicago en 2012, dirigida por Sándor Menéndez, y en Cuba en 2012 por Cabotín Teatro y Los Impertinentes, con dirección de Roger Fariñas– parte de “alguna pena compartida o algún secreto a punto de estallar”, cuenta Abel en las palabras que, a modo de prefacio, anteceden el texto donde Daniel Vargas, Enrique Vargas, Eleorka Estrada y Victoria Torres desgranan las historias que los unen. Mientras Por gusto. Ronda en sordina para cuatro amantes –estrenada en La Habana por Origami Teatro y Alexander Paján, y montada por El Portazo y Pedro Franco en 2011, y por Repertorio Español en New York, Estados Unidos, con dirección de Leyma López, 2012– surge del “amor y la angustia que lo envuelve”, para adentrarse, “utilizando la estructura de una ronda”, mediante dúos y solitarios, en los universos de cuatro jóvenes que viven en Cuba, en este momento [Leandro Ars, Henry Colina, Laura María y Marcos Viera se llaman los amantes]. Por rara paradoja, los cuatro buscan y a la vez abandonan el amor: es cuanto les permite su existencia cíclica, con sus desajustes y sus anhelos. Porque todo empieza en el punto que termina”.

Finalmente Manía. Duelo inútil–obra en la que Abel reconoce la influencia del dramaturgo y director Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura en 2005, a quien tuvo de maestro en el Royald Court Theatre de Londres, Reino Unido– “surge de las pulsiones muy reales y de la experiencia más íntima del encuentro con otro carácter, otro clima, otro lenguaje” (España), y del deseo de “contar la dificultad del amor a cada instante de una pareja” como línea más recurrente, por lo que acudió a una “estructura de fusión de tiempos y espacios, un rompecabezas que destilara intensiones en vez de proponer rumbos claros a la pasión. Me obsesiona descubrir, a través del artificio del drama, cómo en el origen del amor está ya su debacle”.

Las obras de González Melo se “ubican” en la sociedad cubana del siglo XXI, especialmente la habanera (salvo en Manía, que ocurre en Madrid, aunque puede ser en cualquier ciudad fuera de Cuba). Lo urbano, los laberintos capitalinos (las calles, la nocturnidad, los hacinados sitios del vivir) resultanespaciode reconocimiento del “otro”, de personajes que, en muchos casos llegan del interior del país a abrirse puertas, mientras los nacidos allí ven la Habana como el trampolín para el viaje/escape. La fragmentación social (familias disfuncionales, doble moral) es muchas veces producto de unadifícil situación económica que lacera la cotidianidad de cada uno. Así estos personajes, marcados por la frustración, luchadores del día a día en una urbe que amenaza con molerlos, fragmentarlos, sino se adaptan, se me antojan símbolos de la resistencia, de la sobrevivencia. Uno cree que los personajes de Abel González Melo sobreviven a duras penas, y que se parapetan en el “amor difícil” como salvoconducto de sus días.El teatro se parece tanto a la vida porque es como la vida misma, podríamos decir también.

Para José-Luis García Barrientos “Adentroy Por gusto poseen un componente trágico indisimulado”. Junto “con Manía están más influidaspor un sentimiento de dificultad del amor que por laimposición de un pathos a ultranza”. Ademásdel tema, comparten, con pocas variantes, una mismaestructura característica, que sirve decontrapunto a las anteriores y que se distingue por la carencia de acotaciones –los personajes explicitan verbalmente sus sentimientos y deseos, e incluso susacciones físicas–; la falta de elemento escenográficos o de utilería en el texto; el uso del monologo, donde el propio diálogo asume a veces la función de las acotaciones, y deparlamentos con marcado carácternarrativo pero sin una marca apelativa.

Publicadas por primera vez en la trilogía original que el autor las concibió, Primavera en vano –con edición de Adalberto Santos, corrección de Mariela Varona, diseño de Roberto Ráez y Armando Ochoa yobra de portada de Pilar Fernández Melo– está poblado de “seres deseosos en permanente viaje del júbilo a la duda, de la emoción al vacío, del encierro a la intemperie. Situados al borde del abismo, los personajes (…) comprimen el tiempo y el espacio de su intimidad, miran al espectador directamente a los ojos y le susurran toda la ansiedad al oído. Desde un presente que no cesan de cuestionar, estas historias invitan a una teatralidad que desborda el realismo y escarba en lo más profundo de nosotros”, leemos en la contracubierta del libro.

Doctor en Estudios Literarios y máster en Teatro por la Universidad Complutense de Madrid, Abel González Melo ya no es aquel joven autor precoz –poeta y ensayista además–que asombró la escena cubana con sus primeras obras a inicios de siglo. Es hoy una de las voces más sólidas e interesantes –como lo evidencia los nuevos textos, las publicaciones y antologías, los estrenos a ambos lados del Atlántico– de la dramaturgia cubana e iberoamericana. Este hermoso y cuidado libro de La Luz nos entrega tres obras, instantes de la existencia, para intentar desentrañar, infructuosamente,los pesares y dichas del amor difícil.

[1]José-Luis García Barrientos: “Claves de la dramaturgia de Abel González Melo”. En Análisis de la dramaturgia cubana actual, José-Luis García Barrientos (director), colección La selva oscura, Ediciones Alarcos, La Habana, 2011 (salvo que se señale lo contrario, las siguientes citas usadas en el texto fueron tomadas de este mismo ensayo).

(Tomado de la web de la AHS: http://www.ahs.cu/primavera-en-vano-para-el-amor-dificil/)

 

La llamada del apocalipsis

Imagínate en un aeropuerto, de regreso a casa, tu móvil se queda sin batería en medio de una llamada con tu hijo que hace un tiempo no ves, acto seguido, presa de la desesperación, intentas recargar el dispositivo pero entre los cientos de viajeros no encuentras un espacio libre para conectarte. Este puede ser el inicio de un típico film moderno, no importa el género, sin embargo, una llamada puede cambiar totalmente el rumbo de la historia.

¿Quiere ver de qué es capaz la brutalidad sanguinaria humana? Foto: Poster del film

Los teléfonos móviles se han convertido en, más que una necesidad de comunicación, una dependencia enfermiza, no es de extrañar entonces que, en medio de esta crisis de la sociedad actual, varios apocalípticos encuentren en este desenfreno por las tecnologías, el medio para la extinción de la raza humana.

Sin más rodeos, y volviendo a la película, todos conectados en la terminal aérea-típico-, entra una llamada, de ella un extraño ruido, realmente incómodo, con un marcado efecto sobre los homo sapiens.

¿Quiere ver de qué es capaz la brutalidad sanguinaria humana, o sea, un comportamiento animal en extremo agresivo?, pues recurra a los minutos iniciales de Cell (2016),  o La llamada del apocalipsis, como se le conoce en Latinoamérica.

Dirigida por Tod Williams, nos encontramos ante la versión para el cine novela homónima del prestigioso escritor estadounidense Stephen King, un resumen bien criticado-pero en el mal sentido de la palabra-, de otra de esas retorcidas creaciones del literato angloparlante que provocan escalofríos en el más «pintado».

Protagonizada por John Cusack, Samuel L. Jackson e Isabelle Fuhrman, la película se estrenó en Estados Unidos el 10 de junio de 2016, y narra la historia de Clayton «Clay» Riddell (John Cusack), un artista desilusionado, quien un año antes abandonaba a su esposa e hijo, con la esperanza de vivir el sueño de publicar una novela gráfica, «El Caminante Oscuro».

El Aeropuerto Internacional de Boston es el punto de partida para el escalofriante relato donde Riddell intenta abordar un vuelo con la esperanza de reconciliarse con su familia. «El Pulso», esa misteriosa señal electrónica que se transmite a través de los teléfonos celulares en todo el mundo, reprogramará la trama donde los usuarios de los móviles se convierten en zombis rabiosos.

Más allá de los desaciertos en la producción, falta de financiamiento, o el constante fracaso que supone-en muchos de los ejemplos-, adaptar un texto de tal envergadura al cine, algo sobresale por encima y es el argumento de la obra original, un destino fatídico que puede propiciar la extinsión de la raza humana por preponderar el uso desmedido de la tecnología sin tomar conciencia de la amenaza real que representa.

El Aeropuerto Internacional de Boston es el punto de partida para el escalofriante relato. Foto: Internet

Un final desconcertante, rudimentarios efectos digitales, o una narrativa desinflada, son algunos de los elementos expuestos por la crítica especializada que, sin embargo, no imposibilitan el hecho de «disfrutar» la horrenda historia que representa una simple llamada del apocalipsis.