LAS BANDAS DE MÚSICA: UN VEHÍCULO DE CULTURA EN EL SIGLO XXI

Desde tiempos pretéritos, la cultura de distintos pueblos ha tenido como paisaje sonoro el sonido de una banda de música. Estos conjuntos instrumentales tienen su origen, por una parte, en los toques militares, tanto para la estrategia de los ejércitos como para las ceremonias. Pero por otro lado, la evolución de los instrumentos de viento y percusión con movimientos propició una nueva visión de estas formaciones.

Desde tiempos pretéritos, la cultura de distintos pueblos ha tenido como paisaje sonoro el sonido de una banda de música. Foto del autor

El auge de las bandas de conciertos en distintas regiones del mundo permitió la creación de adaptaciones para estas de grandes obras sinfónicas, lo cual trajo una gran difusión de la cultura musical en núcleos de población, los cuales no hubiesen tenido acceso a tal deleite en otras formaciones instrumentales. En muchos pueblos se conocieron las melodías de oberturas, sinfonías, óperas o zarzuelas gracias a las bandas, más que por sus originales de orquestas sinfónicas o de cámara, por lo que muchos la reconocen como  las sinfónicas de los parques.

Nuestro país se destaca por una gran tradición bandística en formaciones escolares y también por contar con un buen número de bandas profesionales, civiles y militares. Sin embargo, la cultura actual sigue sin considerar el trabajo de estas entidades. Adentrados en este nuevo siglo, en el cual aparecen nuevas tendencias en la evolución bandística, nos encontramos con la necesidad de salvaguardar las particularidades locales y tradicionales de nuestras bandas, darles un nuevo empuje que pueda adherirse a los movimientos bandísticos que desde cualquier parte del mundo (Estados Unidos, Europa, Japón,  o América Latina) nos invitan a una globalización de su arte. Cuando hoy en día podemos escuchar bandas en salas de conciertos, teatros y espectáculos multimedia, conviene pensar en sus grandes posibilidades y capacidad de difusión de altos valores estéticos.

También convendría readecuar las plantillas ante la internacionalización de la composición para banda. Este planteamiento de renovación hacia una orquesta de vientos podría tener como base: 1 Flautín, 2 Flautas, 2 Oboes, 1 Corno Inglés, 2 Fagotes, 1 Requinto, 14Clarinetes (uno de ellos Cl. Alto), 1 Clarinete Bajo, 2 Saxos Altos, 2 Saxos Tenores, 1 Saxo Barítono, 5 Trompas, 3 Trompetas, 2 Fliscornos, 3 Trombones, 1 Trombón Bajo, 2 Bombardinos, 3 Tubas, 1 o 2 Contrabajos, 1 Timpanista y 4 Percusionistas.

A esta plantilla cabría la posibilidad, según exigencias del repertorio, de añadirle ocasionalmente otros instrumentos que demandara la partitura. Así se podría diversificar su timbre, dar mayor libertad a los compositores y ofrecer al público nuevas formas de ver una banda de música. Tenemos el repertorio, los músicos; tenemos los compositores para ello y las salas, tan solo nos falta un apoyo firme, serio, responsable y con criterio que sepa aprovechar nuestra gran fortuna, esa magnífica tradición bandística de nuestro país y de Iberoamérica para potenciarla y disfrutarla. La cultura de nuestros días se vería enriquecida con nuevas vías de comunicación y goce.

Nuestro país se destaca por una gran tradición bandística en formaciones escolares y también por contar con un buen número de bandas profesionales, civiles y militares. Foto del autor

Debemos buscar los medios necesarios para dar a las músicas de bandas el rango que les pertenece. Al igual que las orquestas sinfónicas, ellas pueden traducir las inspiraciones del compositor y ser dignas de su atención. Es curioso observar cómo, hace más de un siglo, ya, se reclamaba dignidad para las bandas. Cabría reflexionar sobre ese detalle con nuestra situación actual y, sobre todo, con las oportunidades que estamos perdiendo de disfrutar de estas entidades artísticas; con ellas podemos contribuir de manera notoria y diversificada a la cultura contemporánea.

Por Humberto Pino Hernández, Director Titular de la Banda Provincial de Conciertos de Holguín.

Holguín, a 269 años del título de ciudad 

 

Por Erian Peña Pupo

Fotos Carlos Rafael 

Este 18 de enero se celebra el 269 aniversario del otorgamiento del título de Ciudad y Tenencia de Gobierno a Holguín. Ese día de 1752 el mariscal don Alonso de Arcos y Moreno hizo constar que, obedeciendo las órdenes del rey español Fernando VI y luego de varios intentos de los holguineros solicitando ese derecho a la Corona española, San Isidoro de Holguín dejaba de ser un pueblo para convertirse en una ciudad.

Fue la cuarta ciudad en obtener tal condición. Para esa época y según Merced de Santa Cruz, contaba con 1291 personas blancas y 135 esclavos y existían 211 casas de rústica y sencilla construcción, donde solo había una escuela pública a cargo de Don Luis González de Rivera. En 1863 ya existían 76 ingenios, 753 vegas de tabacos y cientos de fincas rústicas y atendidas por esclavos, lo que muestra el crecimiento progresivo de la urbe. 

Ese mismo año, 1752, a los originales San Isidoro y la Virgen del Rosario, se agregaron los paternos San Idelfonso y San Miguel, que dieron nombre a las actuales calles Aricochea y Luz Caballero. La ciudad contaba a partir de ese momento los vecinos pudieron gozar de todos los privilegios, honores y franquicias propias que este título poseía. 

Con motivo a esta fecha, la ciudad de Holguín celebra cada año su Semana de la Cultura.

La primera fonda o mesón

Se instaló en 1820, en una vieja casa que ocupaba parte del espacio donde está enclavado hoy el Teatro Eddy Suñol. Llevaba por rótulo La Viajera, y fue propietario Don José Canciell. Los escasos viajeros que a ella llegaban, disfrutaban, por poco dinero, de buena comida y cama. Era obligatorio despertar a los viajeros, sin importar el rango, los domingos a las 6 de la mañana. Así los huéspedes podrían cumplir con la obligación de oír misa, que se rezaba a esa hora en las iglesias de San José y San Isidoro. 

La primera iglesia fundada en el Hato de Holguín

Durante la primera centuria de la colonización española, los oficios religiosos se celebraban bajo las palmas reales o a la acogedora sombra de otros árboles. Eso fue así hasta el 5 de octubre de 1692, cuando se inauguró la primera iglesia en Managuaco. El presbítero Don Gonzalo de Lagose se encargó de oficiar la primera misa. 

El primer teatro

Surgió en 1833, en un sitio que ocupa hoy el Museo de Historia Natural en la calle Maceo. Se le bautizó pomposamente con el nombre de El Coliseo. En las temporadas entre funciones, servía también como depósito de granos y frutos. Los actores eran aficionados. Duró varios años hasta que se construyó otro en la calle Arias, con igual nombre. 

La Plaza del Mercado

Se levantó en 1829, y era conocido como La Marqueta. Para construirla hubo que desecar un enorme lagunato que abarcaba el tramo de las actuales calles Máximo Gómez, entre Martí y Luz Caballero. El sitio estaba rodeado de tupidos árboles y era lugar de cita de las comadres y amas de casa de la ciudad. Allí se comentaban las noticias de la época a falta de otros medios. En la Plaza se vendía carne, café criollo, viandas, frutas, empanadillas, churros y otros artículos de consumo popular. Hoy, luego de un proceso de restauración, ocupa el sitio el Complejo Cultural Plaza de La Marqueta.

Fuentes: Internet (Ecured y Wikipedia). 

 

El auriga y su premio: conversación con José Luis García

Por Eugenio Marrón

Fotos Amauris Betancourt (Radio Angulo)

Muchas lunas antes –como decían los antiguos– de que los Piratas del Caribe y Juego de tronos inundaran las grandes y pequeñas pantallas, el cine italiano tuvo en las salas de exhibición cubanas toda una época de lujo: me refiero a los años que van desde los 60 hasta los 80 del siglo pasado. En Holguín, por ejemplo, las carteleras del Martí y el Baría eran pródigas con títulos de esa cinematografía.

Y esto no lo apunto por casualidad, sino porque el recuerdo más lejano y puntual que me visita, a propósito del amigo afectuoso que desata estas líneas, tiene que ver con ello: unas noches remotas de tertulias impagables en el parque frente a La Periquera, José Luis García reconstruye paso a paso los diálogos ferozmente hilarantes de la película Los monstruos (I Mostri), del director Dino Risi, una joya que reúne varios relatos fílmicos; en ellos, los grandísimos e inolvidables actores Vittorio Gassman y Ugo Tognazzi encarnan una galería de pícaros y vividores, que hacen de las suyas en inagotables andanzas romanas.

Tal es así que mi remembranza de esas narraciones a la hora del cine italiano, está entrelazada con la relectura propiciada por José Luis gracias a su memoria fabuladora, a la altura de los mejores escenarios teatrales y, por supuesto, a una ilimitada y seductiva locuacidad, asentada en innumerables lecturas y esplendor imaginativo, sostén de la disciplina y el talento que le han permitido llevar adelante su obra narrativa y dramática.

Para coronar tal desempeño, ahora ha conquistado uno de los lauros más significativos de la cultura cubana y en especial de su literatura: el Premio Alejo Carpentier de Novela 2020, justo al cerrar el fatídico año bisiesto de la pandemia global, para mostrarnos una vez más que la literatura es imbatible, perenne y venturosa. Es así como conversamos al calor de tan alto galardón.

El auriga del carro alado es la novela con la que has ganado el premio Alejo Carpentier. ¿Qué trama se establece tras ese título?

“El título emana de una alegoría de Platón: Tú eres el auriga de tu vida (el carro alado), tirado por dos briosos caballos. Uno representa los instintos más elementales, el otro los más elevados. Uno tira para acá y el otro para allá. Y tu tarea consiste en lograr que esos corceles avancen convenientemente hacia tu destino. El título vertebra toda la novela, que es la historia de una complicada amistad entre dos hombres maduros. Pero es mucho más: la historia fabulada de una isla, mucha filosofía, algo de novela policial en la segunda mitad…”.

Desde tus comienzos como escritor está el cuento, género que has frecuentado, con publicaciones en antologías y revistas, así como tus libros Los silencios del ruiseñor y Apuntes de un cazador, galardonados con el Premio de la Ciudad de Holguín en 1991 y 1998, respectivamente. ¿Qué ha representado esa modalidad literaria para ti como aprendizaje y plenitud?

“Escribir cuentos es una gran cosa, así como contar cuentos (te digo esto último porque aprecio mucho a los que saben hacerlo, no sabes la envidia que siempre le tuve a Álvarez Guedes). Pero, para mí, los cuentos constituyen una etapa que debe coronarse con la producción de novelas, que es sin duda el género mayor. Se ha hablado muchísimo de que escribir un cuento es más difícil que escribir una novela.

Pero yo creo que esto es solo válido cuando una mala novela se coloca al lado de un buen cuento. Por supuesto que Los asesinos, de Hemingway, debe haber sido más difícil de escribir que cualquier novela mediocre, pero la novela El viejo y el mar, del mismo autor, debe haber sido una faena mayúscula, incomparable a la de cualquier cuento que se te ocurra.

En suma: Aprendí mucho escribiendo cuentos, un arte lleno de normas, de barreras que, de incumplirlas, fracasas. Pero no creo que prescindiendo de la novela puedas alcanzar una expresión, digamos, más cabal de tu pensamiento”.

Y el teatro, igualmente, ha sido otra de tus validaciones a la hora de la creación verbal: un ejemplo es El hombre de los guantes amarillos, Premio de la Ciudad de Holguín en 1993. ¿Cómo valoras el mundo escénico en tu experiencia literaria? ¿Cómo se entrecruzan las posibilidades del cuentista y el dramaturgo?

“Escribir teatro es algo maravilloso. Por cierto: está a la venta mi última obra: El amor es una cosa esplendorosa. Cuando escribo teatro me parece que estoy haciéndolo sentado entre el público, observando paso a paso sus reacciones. Técnicamente esto te ayuda a escribir cualquier otro género de ficción, pues aprendes a seleccionar y valorar el resultado de una frase, de una situación específica. Te adiestra en el arte de manejar efectos, te vuelve más preciso, más contundente. Hay muchos elementos del teatro que son utilísimos en la labor cuentística o novelesca, pero son géneros más bien excluyentes”.

Con la novela Últimos días junto al mar, Premio de la Ciudad de Holguín en 2013, inicias tu andar como novelista. ¿Cómo explicarías el salto del cuento a la novela?

“En mí ha sido una transición netamente dialéctica. Pasé de una cosa a otra de forma tan natural que no tengo la menor percepción del salto”.

 

 

 

Eres un lector persistente y voraz. ¿Qué autores consideras entre los más entrañables para ti a la hora de pasar vista a tus años de labor en la literatura? ¿Qué libros te llevarías para una isla desierta si tuvieras que asumir una estancia a lo Robinson Crusoe?

“Es increíble, pero con los años dejas atrás a muchos escritores que en el pasado fueron los santos de tu devoción. Para mí, el único que se mantiene firme en su pedestal hasta hoy es Faulkner, que me sigue pareciendo una síntesis de las virtudes que debe poseer todo buen escritor, incluyendo las profusas locuras que caracterizaron su juventud. En lo segundo me parezco a él, en lo primero ni pensarlo.

En cuanto a los libros que me llevaría a esa estancia Crusoniana serían (sin orden de relevancia y para releerlos una y otra vez): El hombre sin atributos, de Musil; En la colonia penitenciaria, de Kafka; La importancia de vivir, de Lin Yutang; La sala número 6 y otros cuentos, de Chéjov; El bebedor de vino de palma y Mi vida en el bosque de los fantasmas, de Tutuola; Cien años de soledad, de García Márquez; Mientras agonizo, de Faulkner; La casa verde, de Vargas Llosa;1984, de Orwell; El reino de este mundo, de Carpentier; Un día en la vida de Iván Denísovich, de Solzhenitsin; El elogio de la sombra, de Tanizaki; El sabueso de los Baskerville, de Conan Doyle; y Esperando a los bárbaros, de Coetzee”.

Siempre has residido en Holguín. ¿Cuánto debes a la ciudad y a quienes te han acompañado en el fiel de la amistad? ¿Qué nombres holguineros recordarías a la hora de un recuento?

“A la ciudad le debo todo, a pesar de que su actual comunidad artística debe tratar de alcanzar un mayor espíritu de cuerpo, en fraternal emulación con, por ejemplo, la policía, además de que las autoridades gubernamentales deben reconocer más a sus artistas e intelectuales. Pero insisto: a Holguín le debo y me debo.

De los nombres, ¿qué decir?, estoy endeudado con todos ustedes, los que forjaron aquí un ambiente único, irrepetible (hablo de los años 70-80 del pasado siglo), cuando en el parque aquellos jóvenes hablaban armónicamente de los amores y de las artes, tras las últimas muchachas o muchachos, y tras las últimas novedades literarias, cinematográficas, teatrales y pictóricas. Tú mismo jugaste tu rol, y Lourdes González –que era la muchacha más linda del mundo-, Carlín (Carlos Jesús García), Alex Fonseca, Pedrito Ortiz, Alejandro Querejeta, Paquito García Benítez, Madrigal…

Todos ustedes formaron un croché benefactor, estimulante. Los iniciados en aquel grupo aprendían rápidamente a mirar el mundo de otro color, a respetar y amar la creación. Quienes a posteriori no se dedicaron a crear, se convirtieron al menos en mejores personas. Para mí en particular fue determinante la existencia de aquella atmósfera, sin la cual creo que me habría convertido en asaltante de caminos”.

Y claro, por último, algo que no puede obviarse: ¿Qué papel ha jugado la radio para ti, donde has trabajado durante años como realizador, guionista, locutor y promotor cultural?

“Tributando para Radio Angulo llevo unos cuarenta años. Mi primer programa se llamaba Juventud Técnica (1980), luego me involucré en espacios culturales y desde hace más de veinte años cubro dos espacios largos dedicados a la música: uno a los boleros (la primera gran síntesis vocal de la música cubana), y otro a la mejor música de todas partes y de todos los tiempos.

Para mí la radio ha sido como una Alma Máter. Conversar ampliamente con el público como si estuviéramos en la sala de una casa es algo incomparable. Por otra parte me ha obligado a superarme, a conocer, a desentrañar, a mantener viva mi memoria y espolear la memoria de los llamados oyentes. Agradezco a la radio holguinera la confianza, la posibilidad de haberme hecho poco a poco de un oficio que no cambiaría por nada”.

Tomado de la web de Radio Angulo (http://www.radioangulo.cu/la-palabra-compartida/244520-el-auriga-y-su-premio-conversacion-con-jose-luis-garcia).

 

Viaje literario y periodístico alrededor de Rubén Rodríguez

Por Vanessa Pernía Arias

Fotos tomadas de Internet

Rubén Rodríguez González, reconocido periodista y narrador holguinero, en ese orden porque asegura que debe al periodismo su literatura, se encuentra entre los escritores cubanos más publicados y leídos en el país, con una veintena de textos que oscilan con éxito entre la literatura infantil y la cuentística para adultos.

En su obra creativa destaca la novela El Garrancho de Garabulla, que descubre de algún modo el entorno infantil en que creció el autor, el antiguo poblado de Auras, actualmente Floro Pérez, que se encuentra a pocos kilómetros de la cabecera provincial, y donde surgieron sus primeras necesidades literarias, pues Rubén afirma que la fantasía fue la tabla de salvación y alternativa lúdica en su niñez.

Dicho título lo ha convertido en unos de esos relatores del campo cubano, utilizando las múltiples posibilidades que ofrecen lo bucólico y lo auténticamente nacional.

El maravilloso viaje del mundo alrededor de Leidi Jámilton, es otra de sus sagas infantiles más reconocidas, que narra las peripecias de la ingeniosa bruja y su visión de mejoramiento humano a través de una mirada sensible y humorística.

A esta lista se suman otros textos dedicados a los pequeños, como Rebeca Remedio y los niños más insoportables del mundo, Peligrosos prados verdes con vaquitas blanquinegras, Paca Chacón y la educación moderna y Mimundo.

Su más reciente título infantil es La retataranieta del vikingo, bajo el sello de la Editorial Oriente, que le mereció el Premio de los Lectores otorgado cada año por el Instituto Cubano del Libro (ICL) a los diez textos más vendidos en la red de librerías o de mayor circulación comercial en el país, y entregado en la recién concluida Feria Internacional del Libro de La Habana, amplia cita cultural en la que ha participado frecuentemente con sus obras.

Rubén precisó que se siente satisfecho y feliz con el galardón, pues es señal de que el texto como obra de arte ha cumplido con su ciclo creativo, que lógicamente finaliza cuando el lector interactúa con ella convirtiendo en suyas las vivencias literarias e identificándose con la historia de los personajes.

Además este autor destaca dentro del amplio movimiento literario cubano y latinoamericano a partir de una obra consolidada para adultos, con títulos que aparecen en varias editoriales nacionales y extranjeras; entre ellos Eros del espejo, su primer cuaderno publicado y que le mereció el Premio de la Ciudad de Holguín 2001; Majá no pare caballo, Unplugged y Los amores eternos duran solo el verano.

Dichos textos muestran una narrativa potente, sincera, a ratos descarnada, sobre la pérdida, el dolor, la soledad, la necesidad de querer y ser querido, y fundamentalmente, sobre el amor.

Aunque numerosos premios avalan su creación literaria, como La Gaceta de Cuba, César Galeano, Oriente, La Edad de Oro, Ismaelillo, Abril, Crítica Literaria y su más reciente galardón, el Alejo Carpentier 2019, importante reconocimiento que concede el ICL, la Editorial Letras Cubanas y la Fundación homónima, disfrutar una clase junto al profe Rubén es un lujo que todo estudiante de periodismo no debería perderse en su paso por la academia.

Sus lecciones sobre el estilo, el ensayo y las herramientas literarias de las que se vale hoy la profesión periodística para lograr un acertado texto, atrapan hasta el más escéptico en cuestiones de escritura, sobre todo porque logra una intimidad que sobrepasa los pupitres y te convierte en cómplice de numerosos autores de la literatura universal.

Igual que al gran escritor colombiano Gabriel García Márquez, el periodismo en Rubén Rodríguez González más que una herramienta para ficcionar sus historias, se ha convertido en su cotidianidad, en su razón de ser y existir, por eso aún hoy desde el semanario holguinero ¡ahora!, donde es editor, cautiva con fresco estilo a los lectores con su columna habitual, dejando entrever las historias de esos picarescos personajes que habitan su amplio mundo literario (Artículo publicado inicialmente en la web de la ACN).

 

Ramón de Jesús Pérez y la sencillez impresionante del azul y el gris

Por Erian Peña Pupo

Fotos del autor

Con Azul y Gris¸ expuesta en la galería El Zaguán, del Fondo Cubano de Bienes Culturales (FCBC) en Holguín, el joven artista Ramón de Jesús Pérez de la Peña realizó, luego de aparecer en varias muestras colectivas en la ciudad, su primera exposición personal.

Toda primera muestra personal marca un antes y un después: es una especie de parteaguas que pone una obra que hasta ese momento ha formado parte de la curaduría de un proyecto colectivo, a ocupar un sitio privilegiado, mostrar un corpus propio. Y toda primera muestra es, por demás, una osadía, una interrogante, una búsqueda, en la que el artista se “ofrece” y se expone a la mirada acuciosa de quien mira (o más aun, la mirada de quien observa y escudriña en la propuesta que nos ofrece).

Ramón de Jesús salió airoso en este primer juego (apuesta) de colores y texturas, ese espacio de confluencias de rostros y formas expresivas que es su primera exposición. En Azul y Gris (colores psicológicamente fríos y en el caso del azul, primario) predominan dos líneas, que al mismo tiempo se complementan en una sola poética: por un lado los retratos y por otro la pujante fuerza de sus abstracciones. Sus retratos son rostros mayormente femeninos, como sacados de revistas o sesiones de fotos, como modelos que posan desprejuiciadas frente a él, sabiendo que “atrapará” la sensualidad de la mirada, el labio insinuante y procaz, la levedad del momento, la fragilidad del cuerpo, la osadía… Pero al mismo tiempo, estos rostros femeninos evaden el kitsch de la primera mirada, para cargarse de complementos, de manchas de color, de relieves y mixturas… No son rostros abstractos, pero en la figuración –en esas miradas femeninas como las de Frida Kahlo y Marilyn Monroe, que es excepción en el rostro del Lennon de “Imagine”– encontramos la base de la propia abstracción con que va poblando su pintura; donde, además de las cualidades físicas que captura, la expresión cobra fuerza (es como si la luz del trópico, siempre subversiva, lo inundara todo).

Cronos, de Ramón Jesús Pérez de la Peña (foto del autor).

Por otra parte, lo que más me llama la atención de la obra de Ramón de Jesús Pérez de la Peña son sus abstracciones cargadas de fuerza y lirismo, influenciadas principalmente por el action painting y el color field painting; imágenes que desde la no figuración que sí encontramos en sus otras piezas, intentan expresar mediante el color y la materia del cuadro, sensaciones como el movimiento, la velocidad y la energía (el “automatismo” de Jackson Pollock, que redujo su gama cromática prácticamente al negro, el blanco y el gris azulado, y los brochazos irreverentes de Franz Kline, por ejemplo, son palpables en piezas como “Cronos”, “Encuentro I y II” y “Semana”). Incuso donde más autonomía alcanza precisamente Ramón de Jesús es en esos “paisajes” abstractos que pueblan su mirada, como vemos en piezas como “Mi primavera” (mi obra preferida de la muestra), “El cuarto de Tula”, “Cromos” y “Tu piel”.

Ramón de Jesús Pérez de la Peña, graduado de la Academia Profesional de Artes Plásticas El Alba y con formación en los estudios de animación Anima de Holguín, no plasma imágenes o retratos femeninos en óleo sobre lienzo al azar: en sus obras vemos momentos, emociones, acciones, pensamientos, inquietudes, que captura, a veces con la rapidez del trazo o la acción inmediata, con las influencias de los maestros de la abstracción, pero sin depender, en su esencia, de ellos. Los colores, que conoce y explota, la espátula, el brochazo, la línea segura en el dibujo, las gotas y trazos que pueblan la orografía de su arte, son acaso excusas para mostrarnos las formas que no vemos siempre, pero que rigen nuestros días con la sencillez impresionante del azul y el gris.

Imagine, de Ramón Jesús Pérez de la Peña (foto del autor).

 

 

 

Rostros como puertas en la obra de Aníbal De la Torre

 

Por Erian Peña Pupo

Fotos del autor 

Aníbal De la Torre posee una poética reconocible a vuelo de águila en el panorama visual holguinero y de por sí, cubano. Basta con detenerse frente a una de sus piezas para darnos cuenta que si bien cada una es diferente, estos rostros que ha captado exploran idénticos temas y al mismo tiempo dan cuerpo a una singular cosmovisión: el individuo (el creador) que asume la fe en la religión yoruba y que la expresa mediante el arte. 

Palpamos –como si estuviéramos escudriñando, buscando algo más allá– esta simbiosis (fe/arte) en la muestra Rostros, expuesta en la galería Fausto Cristo de la sede provincial de la Uneac en Holguín, donde Aníbal reúne 13 piezas en gran y mediano formato que nos reafirman, en primer lugar, su capacidad como dibujante y retratista, a partir de un trazo conciso, una línea depurada e impresionista, y además la intención de capturar ese “algo más” que buscamos y encontramos en la fuerza del rostro. 

Sus rostros (literalmente las deidades yorubas, los Orishas, se llaman “dueños de la cabeza”) no son meros retratos. Los rostros de Aníbal son reflejos del alma; digamos más bien que una especie de puente entre quien nos observa desde el lienzo y quienes, desde este lado del umbral, intentamos comprendernos a nosotros mismos. Aníbal ha ido consolidando su mirada –fraguándola, mirándose a sí y claro, encontrándose en las posibilidades de esta mixtura– luego de las búsquedas a las que se somete todo artista, y del crecimiento que han resultado sus muestras anteriores (unas quince personales y además un promedio de ochenta colectivas, nacionales y foráneas). 

Las obras de Aníbal, los rostros que nos observan, reflejan sus estados de ánimo, atrapan –cuestión difícil, sin dudas– la espiritualidad que los asecha: los miedos, alegrías, esperanzas… que perviven en cada cual y que dan cuerpo a la cosmovisión del artista. Para esto Aníbal De la Torre conjuga elementos propios de la religión yoruba, como clavos de línea, garabatos, herraduras, caracoles y girasoles, que se “estampan en el fondo plano de colores pastel, y que a la vez contrastan con el cinturón escapular, contenidos en un pequeño espacio abstracto con tonos sienas, sepia, negro y blanco, colores que he venido sistematizando en las muestras anteriores”, comenta el artista, graduado en la Escuela de Instructores de Arte (2004) y en Estudios Socioculturales en 2013. 

Otra cuestión evidente en su obra –además de que su pequeña hija y su esposa, la también creadora visual Annia Leyva Ramírez, curadora de esta muestra, sean modelos en algunas de las piezas, como “Madona con Iré” y “Musa de luz”– es la frecuente autorepresentación del propio artista, la mirada hacia el propio yo y sus interrogaciones: “Casi siempre estoy así, de manera evidente, como reflejo del individuo que asume la fe en la religión yoruba”, asegura quien nos mira desde la portada del catálogo (“Autorretrato”) o desde el cartel de la exposición (“Roseado de fe”). 

El culto sincrético no es excusa en estas piezas, es asunción de fe, marca de poética, simbiosis de rostros/fragmentos de alma con elementos de la cultura yoruba, que Aníbal dibuja o inserta como complementos (caracoles, fragmentos de yute) en las obras, y que, desde África llegó a América en los barcos cargados de esclavos que trajeron una cultura que, en el transcurso del tiempo, se sincretizó con religiones preexistentes de base africana, con el cristianismo, con la mitología amerindia, entre otros. 

“Los rostros desde el lienzo invocan a penetrar en el misterio más insondable”, escribió en las palabras del catálogo el escritor José Conrado Poveda, y a este misterio nos convida Aníbal con la seguridad de que un rostro no es una ventana, es una puerta abierta, y con el riesgo de que frente a una de estas piezas, nos encontremos nosotros mismos (artículo publicado inicialmente en el sitio web de la Asociación Hermanos Saíz, AHS). 

 

Beethoven 250

 

Por Erian Peña Pupo

Fotos Carlos Parra

Como parte de las presentaciones por su 20 aniversario y en lo que podríamos catalogar como un suceso en la vida cultural holguinera de los últimos meses, la Orquesta Sinfónica de Holguín (OSH) realizó el concierto Beethoven 250 este 12 de diciembre en el Teatro Eddy Suñol, con el alemán Michael Elvermann como director invitado. 

La Orquesta –integrada en su mayoría por jóvenes músicos, bajo la batuta titular de Oreste Saavedra– se creció como colectivo frente a las complejidades de un concierto que recorrió la obra del importante compositor, director de orquesta y pianista alemán Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827), desde el clasicismo vienés, cuyo último gran representante se considera precisamente, hasta el romanticismo que logró trascender para influir, no solo a lo largo del siglo XIX, sino en la historia de música siguiente. 

De Beethoven, la Sinfónica holguinera interpretó Tres contradanzas; un aria (del personaje Florestan) de la ópera Fidelio, la única compuesta por el alemán, estrenada en 1805 y ejemplo del estilo de transición que consideró el clasicismo como agotado, tratando, para salir del modelo, de plasmar en la creación musical diferentes emociones; y la Sinfonía No. 8 en fa mayor (Op. 93), una obra que, con influencias de Joseph Haydn, sobre todo en su primer movimiento, semeja un grato adiós al mundo clásico. 

Pero el homenaje no solo quedó en la música del autor de la famosa Novena Sinfonía, sino que Michael Alvermann dirigió a la OSH en obras del austriaco Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y del compositor italiano de ópera Giacomo Puccini (1858-1924). Del primero: Laudate Dominum KV 339 Nr. 5, que posee un solo de soprano con coro, y es la quinta parte de seis en una pieza más larga conocida como la Vesperae solennes de confessore; selecciones de la ópera La flauta mágica, con dos arias, y de la ópera bufa Las bodas del Fígaro, también con otras dos arias. De Puccini, selecciones de la ópera Turandot y de la ópera cómica Gianni Schicchi (con el conocido O mio babbino caro).

Es de destacar en Beethoven 250 –concierto de comuniones, de diálogos posibles y necesarios en pos del arte, que contó con el apoyo de la embajada de Alemania en nuestro país y la presencia de la Excma. Sra. Heidrun Tempel, embajadora de este país europeo en Cuba– la participación de jóvenes cantantes que interpretaron las complejas arias del concierto, muchos aun estudiantes de Canto Lírico de la Universidad de las Artes (ISA) en Holguín, vinculados al Teatro Lírico de Holguín Rodrigo Prats: las sopranos Dianelys Torres, Senia López Camejo, Ilian Scrich Meneses y Dania López, los tenores Camilo Hijuelos y Héctor Rodríguez, y el barítono Carlos González. Y además, en el Laudate Dominum, el coro del Lírico, dirigido por Damaris Hernández. 

Michael Elvermann (1964) es licenciado en clarinete y máster en música, en la especialidad de dirección orquestal. Clarinetista solista de la Orquesta Sinfónica de Oriente y miembro de la Uneac, Elvermann ha integrado la Orquesta de Radiodifusión y ópera en Alemania, y trabaja como docente del ISA en Santiago de Cuba, donde reside. 

La OSH ha sabido labrarse con trabajo y calidad de sus presentaciones un nombre en el panorama sinfónico de la isla, abriéndose paso muchas veces contra todo tipo de adversidades cotidianas. Ese nombre ha venido de la mano de numerosos conciertos, ambiciosos muchos, con lo mejor del repertorio internacional y del país; y además de proyectos múltiples, ocupando plazas, teatros, bibliotecas, parques (como las Fiestas sinfónicas bajo el atardecer del parque San José y su Angelote protector). Al mismo tiempo han llevado la batuta de la Orquesta importantes directores del país y otros tantos extranjeros invitados, entre ellos Leo Brouwer, Iván del Prado, María Elena Mendiola, Enrique Pérez Mesa, Guido López-Gavilán, Joaquín Betancourt, Bernard Rubenstein (Estados Unidos), Zhang Yi (China), Guillermo Villareal (México) y Walter Themel (Italia). Desde el foso del teatro o el escenario, han acompañado lo mismo al Teatro Lírico Rodrigo Prats que a importantes solistas como Frank Fernández, que es su Solista Emérito, Vicente Monterrey, Gerardo Alfonso, Harold López-Nussa, Aldo López-Gavilán, Augusto Enríquez, el grupo Compay Segundo, Rubén González y Joaquín Clerch.

Beethoven 250 –que resultó un homenaje a una inmensa obra reflejo de la lucha interior del compositor: la pasión, la dinámica, el contraste, elementos que de por sí no eran ajenos, pero que en sus manos se convirtieron en pautas para el nuevo estilo musical– nos demostró la alta valía de la Orquesta Sinfónica de Holguín en sus dos décadas. 

 

Nuevos espacios compartidos de Eduardo Leyva

Nuevos espacios compartidos de Eduardo Leyva

Por Erian Peña Pupo

Fotos Wilker López

Las piezas reunidas en Espacios compartidos II, antológica exposición personal de Eduardo Leyva (Holguín, 1956) inaugurada en el Centro Provincial de Arte, “desde sus dibujos iniciales hasta las pinturas más recientes, comparten como características comunes su impecable factura, el sensible y siempre ajustado uso del color y las texturas, un oficio depurado y seguro, y la poesía que emana de las formas puras, donde el paisaje, ya sea urbano o rural, se ha reducido a sus elementos esenciales. Ellas son, en su exacta materialidad, el testimonio palpable de casi cuatro décadas de ejercicio de arte y la herencia que Eduardo Leyva dejará, sin dudas, a las generaciones futuras”, escribe el investigador y crítico Martín Garrido en las palabras del catálogo de esta. 

Espacios compartidos II está integrada por 82 obras, comprendidas entre los años 80 y la actualidad y abarca dibujos, grabados y pinturas que nos reafirman a Leyva como un gran paisajista (urbano y rural, aunque la primera abunda en los últimos años) que desde sus esencias se sostiene en los terrenos de la abstracción contemporánea en Cuba.

Las obras más recientes de Eduardo Leyva la conocíamos de diferentes exposiciones colectivas, y nos confirman –al verlas aquí reunidas– que su abstracción es eminentemente arquitectónica, urbana, aunque incorpore la figuración mediante el uso del collague. Incluso desde los propios títulos ancla este urbanismo en varias piezas.

El descubrimiento –al menos para mí– son sus primeras piezas, firmadas en la década de los años 80, y los grabados de fines de siglo e inicios de este milenio. “En medio de la efervescencia de aquellos años, cuando el arte joven derriba las barreras impuestas arbitrariamente para mantener el arte en una especie de limbo oficioso y asimila, para expresarse, lo mejor que el arte internacional estaba dando a conocer, los paisajes creados por Eduardo Leyva comparten la mirada fresca y desprejuiciada de toda aquella década. Son, en su mayoría, dibujos, logrados a base de líneas firmes y limpias, que nos recuerdan las sutilezas del arte oriental y donde el paisaje local se revela como un microcosmos cargado de poesía y ausente de elementos documentales. Ya está presente aquí su intención de ir a las esencias, dejando a un lado todo lo anecdótico”, añade Martín. 

Esta mirada fresca y desprejuiciada, que explora desde la sutileza de la línea las posibilidades de un paisaje más poético y metafórico que real, más sugestivo que palpable, la encontramos también en los grabados de los años 90, etapa que resultó una especie de resurgimiento del arte holguinero, gracias al quehacer de una nueva hornada de creadores, egresados de las aulas de la Academia Profesional de Artes Plásticas El Alba y del ISA, y del trabajo de las instituciones culturales de la provincia y los eventos.

Aquí Leyva se nos muestra como un exquisito grabador y un colorista hábil como pocos, que aprovecha las posibilidades de la colografía y del auge de esta disciplina en Holguín, en piezas bajo el nombre genérico de “El huevo”, “Restauración de la memoria”, “Tendederas”, “Metamorfosis del entorno”, “Entre columnas” y “Espacio vital” (lo figurativo da paso a una visualidad fresca, vigorosa, fuerte en lo elemental de los trazos y en las posibilidades de la experimentación con las diferentes técnicas del grabado). 

En estas piezas, como bien escribe Martín Garrido, se reiteran elementos de una tendencia que cobra una importancia capital en su obra, la abstracción, específicamente la abstracción geométrica, y que palpamos en los cuadros más recientes, expuestos en la Sala principal del Centro de Arte. Desde la pintura, ya no el grabado, Eduardo Leyva articula sus paisajes urbanos, sus ciudades, sus arquitecturas cotidianas, con influencia de maestros como Piet Mondrian, Kazimir Malévich, Wassily Kandinsky, Pablo Picasso, Jackson Pollock y los concretos cubanos de los años 50, entre otros, pero subrayando el logro de una poética personal que lo distingue en el contexto. 

Graduado de la Escuela Nacional de Arte, en 1976, y del Instituto Pedagógico de Holguín en 1992, Eduardo Leyva es un creador con amplia experiencia artística y pedagógica. Ha impartido talleres y conferencias sobre impresión gráfica en diferentes soportes en México, España y Canadá, y su obra se encuentra en colecciones de varios países. 

Esta muestra, curada por Bertha Beltrán, constituye, además, un reconocimiento a la labor creativa, pedagógica y de promoción desplegada por Leyva durante casi cuatro décadas, desde la Brigada y la Asociación Hermanos Saíz, la Uneac y El Alba; y “sirve al propósito de la institución –subraya Yuricel Zaldívar, directora del Centro de Arte– por mostrar los referentes de la plástica local que hablan de su historia, de momentos que han sedimentado su legado, aspectos pocos conocidos para las nuevas generaciones y el público que se acerca por primera vez a las artes visuales del territorio”. ¡Bienvenidos entonces los nuevos espacios compartidos y abstractos de Eduardo Leyva!

Viaje holguinero con los músicos de Bremen

Por Erian Peña Pupo

Fotos Wilker López

Varios de los niños de mi generación crecimos tardíamente con las creaciones de los estudios de animación soviéticos Soyuzmultfilm: Erizo en la niebla, ¡Me las pagarás! (El lobo y la liebre), Cheburashka y El misterio del tercer planeta eran repetidos por la televisión cubana, de entonces solo dos canales, junto a los animados cubanos y las viejas producciones de Disney. Digo tardíamente porque no fueron tan comunes –y por tanto la añoranza es menor– que en la generación anterior, la que tuvo su infancia en los 80. Ya a finales del siglo e inicios del próximo milenio, eran menos frecuentes verlos. 

Uno de aquellos animados fue Los músicos de Bremen, producido por la Soyuzmultfilm en 1969 y que tuvo sus secuelas en Sendero de los Músicos de Bremen (1973) y Los Nuevos Músicos de Bremen (2000), basados libremente en el cuento de los hermanos Grimm. En esos años vimos también otra versión de aquella peculiar historia de cuatro animales músicos: Los trotamúsicos, serie de la televisión española (TVE) en 1989 con 26 episodios, creada por el historietista Cruz Delgado y que se mantuvo una década en su parrilla. 

Pensaba en esto –y en las versiones de mi padre, cuando yo era un niño, con sombras chinescas creadas con sus manos en el techo del cuarto– cuando disfrutaba el más reciente estreno de la Compañía de Narración Oral Palabras al Viento, precisamente Los músicos de Bremen, presentado en la sala Alberto Dávalos del Teatro Eddy Suñol de Holguín; y que me reafirmó que, además de ser uno de los colectivos de su tipo más importantes en el país, Palabras al viento explota en su trabajo la experimentación con la oralidad y también las posibilidades que los recursos escénicos le aportan a las obras. 

No es –como he escrito en más de una ocasión– un colectivo de narradores orales en el ámbito más restrictivo del término: Los músicos de Bremen, con dirección general de Fermín López y artística de Yeriber Pérez, desborda estas clasificaciones, aunque en menor medida que otro de sus estrenos recientes, Confesiones, para volverse más minimalista, más de las expresiones del cuerpo y las capacidades interpretativas de los actores (subrayar que con esta puesta lograron uno de los objetivos de trabajo del grupo: que uno de sus actores, Yeriber en este caso, fuera capaz de dirigir alguna de las obras). 

Bastan solo dos narradores sobre el escenario, Blanca Isabel Pérez Ricardo y Lainier Verdecia Blanco, para que las peripecias de cuatro personajes animales (un burro, un perro, un gato y un gallo) que huyen de sus hogares y del maltrato de sus amos, en busca de la ciudad alemana de Bremen, donde piensan incorporarse a su banda de conciertos, encuentren justo asidero en la narración oral y sus posibilidades, gracias también al arreglo de la maestra mexicana Sara Zepeda y a la estética que define el grupo. 

Ambos actores aprovechan sus capacidades musicales e interpretan los instrumentos que caracterizan a los personajes en escena: guitarra, flauta, pandero y el “latófono” (este último, cuenta Fermín, lo hicieron a partir de un juguete artesanal consistente en latas de conservas o similares, unidas mediante una cuerda, que al ser pulsada emite sonidos). Lainier Verdecia es, además de actor, un reconocido cantautor joven de la ciudad. 

De todo esto se pertrechan para entregarnos una obra divertida e ingeniosa, que rescata el clásico que muchos padres disfrutaron y que ponen hoy al alcance de los niños. Lo hacen –y ahí parte de su atractivo– incorporando aquellos juegos infantiles hoy casi en desuso, que los pequeños de mi generación y las anteriores, ingenua y felizmente, practicábamos en el barrio o en el patio de la escuela y que hoy, ante la avalancha del Internet y los teléfonos celulares desde edades cada vez menores, son escasos. Cada juego da pie a las peripecias de los personajes, al desenvolvimiento dramatúrgico, a las búsquedas que, en la propia dirección artística, asume un colectivo que, desde sus primeras puestas, han apostado por la interacción con el público y lo lúdico.

Con un diseño de vestuario atractivo y una escenografía aún más minimalista que hace que los instrumentos se “conviertan” con una chispa de imaginación en personajes de la historia, Palabras al viento –ganador, entre otros reconocimientos, del Premio de la Ciudad de Holguín en tres ocasiones (2014, 2017, 2019), el Juglar Honorífico de la Uneac y el premio Contar la vida–, nos recuerda a través de Los músicos de Bremen el valor de la amistad y la perseverancia y sobre todo, la necesidad de seguir cada uno los sueños. 

 

300 años de historia

“La tierra más hermosa”, fue lo primero que escucharon los compañeros de aventura que acompañaron durante la difícil travesía al Almirante Cristóbal Colón, sentenciando hasta nuestros días un orgullo que carcome a los holguineros desde el tuétano para sentirse provincia del universo.

Bajo el sello de la Editorial Conciencia Ediciones, de la Universidad de Holguín, el texto realiza un recorrido por el proceso fundacional del pueblo San Isidoro de Holguín. Foto: Portada y contraportada del libro

Sin dudas, más allá de la ferviente defensa y exaltación de su terruño, la grandeza de Holguín ha sido reconocida por diversos autores a través de los años, pero encentra momento cumbre para su historia en el texto Pueblo San Isidoro de Holguín, 300 años de historia (2020).

Bajo el sello de la Editorial Conciencia Ediciones, de la Universidad de Holguín, el texto realiza un recorrido por el proceso fundacional del pueblo San Isidoro de Holguín, región histórica de colonización tardía donde ocurrió el verdadero poblamiento a partir de mediados del Siglo XVII, consolidando la fundación del pueblo en 1720, para posteriormente cobrar mayor fuerza con la creación de una jurisdicción propia en 1759.

Una profusa utilización de las fuentes, con la profunda valoración de los documentos, además de su amplio bagaje sobre el proceso histórico en sí mismo, para obtener información muy valiosa sobre las costumbres y la vida del criollo en los siglos XVII y XVIII, destacan en el trabajo de los autores, quienes concibieron el texto con la intención de ser presentado en medio de las celebraciones por el 300 Aniversario de la fundación del Pueblo de San Isidoro, pero que por motivos de la pandemia se aplazó hasta la reciente Asamblea Provincial de la Sociedad Cultural José Martí.

Un arduo proceso de edición, con horas de intenso trabajo de un grupo de trabajo liderado por la editora Mayelis García, propiciaron la publicación de esta interesante obra. En su cubierta, diseñada por Yenci Torres, se refleja el logo del los 300 años del Pueblo sobre un mapa original del Holguín de aquel entonces, tomado del Archivo General de Indias, y un mapa actual de Google donde destacan las zonas del Parque Calixto García, con el edificio de La Periquera, para mostrar la evolución del territorio desde su fundación hasta la actualidad.

“El intercambio con los autores fue de un aprendizaje excepcional, colmado de experiencias enriquecedoras en cuanto a la cultura, la identidad, lo esencial, es un texto para el público general, los investigadores, pero sobre todo para los amantes de la historia regional. Dedicado en esencia a la familia holguinera, principal baluarte en estos 300 años de la tierra de Calixto García, Fidel, Raúl y otros tantos, de la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”, apunta Mayelis García, líder del proceso editorial.

Un arduo proceso de edición, con horas de intenso trabajo de un grupo de trabajo liderado por la editora Mayelis García, propiciaron la publicación de esta interesante obra. Foto: Internet

Era imposible hablar de esta obra sin consultar a la triada de investigadores que la concibieron, de ahí que estas fuesen sus consideraciones:

Dr. C. Laureano Calzadilla: “bajo ningún concepto podíamos permitirnos que no se publicara durante el aniversario 300 del pueblo

“Tengo el honor de ser parte de la autoría de este texto, de conjunto con mis grandes maestros los doctores Carlos Córdoba y José Novoa, el cual bajo ningún concepto podíamos permitirnos que no se publicara durante el aniversario 300 del pueblo: el compromiso era desde la Universidad, el Centro de Estudios de Cultura e Identidad y la Unión de Historiadores, de sacar a la luz un texto sobre los orígenes de nuestra región, nuestro pueblo y nuestra ciudad. El criollo es lo que inicia esta obra, quien dominó el siglo XVIII y es el protagonista de la fundación del pueblo de Holguín. El texto es producto de muchos años de trabajo en archivo, prácticamente se consultaron todos los protocolos notariales que tenemos la suerte de atesorar en el Archivo Provincial, además de los que están el Archivo Nacional y en el General de Indias, para demostrar nuestra tesis. Realizamos un análisis de todo el proceso fundacional desde 1720, a través de un estudio integrador donde se aborda la vida cotidiana del holguinero del siglo XVIII, su arquitectura, religiosidad, para por último tratar el tema de la tierra como elemento esencial en este proceso histórico, y la hacienda comunera”.

Dr. C. Carlos Córdoba: “Holguín es la única fundación en Cuba realizada puramente por criollos”

“Holguín es la única fundación en Cuba realizada puramente por criollos, aquí los primitivos holguineros, los 23 hacendados dueños de hatos y corrales se organizaron bajo el apoyo del Gobernador de Santiago de Cuba, para fundar San Isidoro de Holguín, el 4 de abril de 1720: esa es la fecha que debemos celebrar con júbilo los holguineros”.

“Tratamos desde la fundación de la iglesia, el trazado de las primeras calles, los dos primeros parques que tuvimos: el San Isidoro y el Calixto García; todo ese proceso evolutivo cuando alcanza jurisdicción propia, pues no era más que un partido de Bayamo, y no uno de los más poblados: esa multitud que somos hoy empezó con alrededor de 400 habitantes que, en menos de un siglo ya eran seis mil, para posteriormente convertirnos en la multitud que somos hoy”.

“Con respecto al factor religioso, es necesario destacar que hacia fines del Siglo XVIII los holguineros comienzan a adorar una virgen mulata, cubana, la de la Caridad, en detrimento de la impuesta por la Iglesia Católica, la Virgen del Rosario, en ese intento por arraigarse al terruño, lo mestizo, ante las imposiciones coloniales. Quisiéramos que las instituciones gubernamentales nos apoyaran porque sustentamos que en cada centro educacional holguinero debería existir al menos un ejemplar de este texto”.

Dr. C. José Novoa: ¿por qué se llama Holguín?

“Este apasionante problema de investigación exactamente data de hace 155 años, en 1865. En la actualidad existen cuatro candidatos para disputar el título de fundador colonial, pero en los últimos 55 años esta persona ha sido García Holguín. En el texto hay una sección dedicada a la vida de esta personalidad y a ese apasionante problema investigativo, así como se defiende de la tesis de que el candidato más acertado sigue siendo García Holguín, la razón es muy sencilla, no hay ninguna documentación histórica que narre exactamente lo que pasó aquí, solo el documento colonial de 1583 donde se hace una valoración de las Encomiendas y se dan unos nombres en la zona de Banes, pero no en esta ubicación”.

Hasta nuestros días persiste ese orgullo que carcome a los holguineros desde el tuétano para sentirse provincia del universo. Foto: Internet

“Ese García Holguín que reverenciamos como fundador colonial es la misma persona que reverencian en Estado de Trujillo, en el Departamento de La Libertad, en Perú, o sea que tenemos un hermanamiento con ese territorio porque el fundador en común; quizás, ahora mismo, en la Ciudad de Trujillo, está caminando una persona dentro de la Casa de García Holguín, Museo Local, que a su vez es el mejor símbolo colonial que se conserva de esta ciudad”.