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de octubre de 1492: Las aguas de Bariay se
mecen tranquilas. la playa despliega su eterna cabellera blanca, bordeada
por un verde - azul más intenso esta mañana que nunca.
Sus pacíficos habitantes prosiguen inalterables la rutina
diaria: la agricultura y la alfarería, sesencialmente. En
el horizonte recién despierto se divisan tres puntos que
avanzan hacia ellos. Ya llegan. Son tres carabelas de la Corona
Española. Los hombres descienden ávidos de riquezas.
Durante casi dos meses de travesías han soñado con
el oro y las más exquisitas especies de estas tierras. Al
fin, las Indias prometidas.
Pero el Almirante Colón se toma su tiempo. Va llenándose
del paisaje, no puede creer lo que halla a su paso. «Nunca
antes tan hermosa cosa vido», confiesa deslumbrado, y reafirma
su certeza de otra vida allende los mares. Sólo que ha llegado
a Cuba, territorio virgen de América. Tiene el Nuevo Mundo
a sus pies.
Y Cuba los recibe. Bariay, el noroeste
de la Isla, ubicado hoy en día en la provincia de Holguín,
se convierte en el primer punto del suelo cubano que pisan los conquistadores.
Los tripulantes de La Pinta, La Niña y La Santa María
abordan la zona con prisa. se adentran en ella y un río exento
de peligros (y de pecados) los detiene. Todo es llano y hay numerosas
palmeras, manantiales, vegetación exuberante, fauna variada
y en extremo benévola. Están asombrados.
Pero el verde es el dueño del tiempo. Ese tono intenso que
se esparce por Bariay primero, y luego por la ínsula toda,
los atrapa. Es el verde Cuba, Milagro de 500 años antes de
nuestra era. Cristobal Colón miraba el horizonte seguro de
que podría vencerle. La tierra es redonda, se repetía
una y otra ves, con urgencia de saber que habría más
allá de su vista.
Durante más de 20 años ofreció su sueño
a varias cortes y acaudalados europeos y sólo halló
una negativa rotunda. Pero un buen día de aquel siglo XV
la Reina Isabela I le dió un voto de confianza. Cristóbal
Colón, el almirante fascinado por el Océano y sus
límites, hizo realidad su promisoria empresa cuando el mundo
apenas creía en el mismo. Y concedió a la majestuosa
Europa una América inmensa que no esperaba precisamente su
conquista. |