Cosme Proenza: Mi pintura es pura investigación…

Cosme Proenza Almaguer (Holguín, 1948) ha creado un universo propio en su pintura que lo hace distinguible en el ámbito artístico cubano (foto tomada del blog aldea cotidiana).

Por Erian Peña Pupo

Cosme Proenza Almaguer (Holguín, 1948) ha creado un universo propio en su pintura que lo hace distinguible en el ámbito artístico cubano. En series como “Manipulaciones”, “Boscomanías” y “Los dioses escuchan”, el artista holguinero ha forjado reconocibles “mitologías individuales”, donde lo simbólico y lo mítico, mediante el uso de diferentes signos e intertextualidades, acompañan al ser humano en un vía crucis artístico a través del estudio de los códigos del arte europeo. Sus obras –recogidas, en buena medida, en la exposición “Paralelos. Cosme Proenza: Historia y Tradición del Arte Universal”, 2011– son parte del imaginario colectivo del cubano y de sus múltiples resonancias universales. Conversar con uno de los artistas hispanoamericanos más reconocidos, dueño de una de las cosmovisiones más enigmáticas y originales en los últimos tiempos, es un privilegio realmente único.

Cosme, ¿cuándo supo que las imágenes le obsesionaban de manera diferente?

Nací en Tacajó, donde soñé muchísimas cosas que logré y otras que no he logrado aún. Tuve una infancia muy linda, totalmente feliz. Vivía en una finca preciosa, un paraíso creado por mis abuelos. No fui un niño prodigio como Mozart. Me gustaba mucho la pintura y en mis caminatas de Tacajó a Santa Rita, donde vivía, había ocho kilómetros y me daba tiempo pensar. Leía cosas muy gordas en esa época: los tratados de José Ortega y Gasset sobre arte, por ejemplo… Eso creó una base que me hizo saltar en el pensamiento. Yo me decía: “Qué podré hacer con la pintura para no pintar por pintar…” Luego fui dándome cuenta de cosas estudiando: sé lo que estoy haciendo y por qué lo hice…

Luego vivía allí y era profesor en Holguín. Trabajaba los fines de semana, pintaba como un trastornado en uno de los cuartos de la casa que daba a la calle, donde había una ventanona grande con un bombillo encendido. Yo en Tacajó pinté una gran parte de mi obra, incluso de los cuadros que se utilizaron luego en “Paralelos…” No es que sean muy buenos, ni malos, pero son eslabones que tienes que mantener y son parte, además, de una relación, una cadena.

Antes realizó estudios en la Escuela Nacional de Arte (La Habana). ¿Qué le aportaron esos años en Cubanacán?

Cubanacán en aquella época era, con variantes, lo que son otras cosas de hoy mismo. Yo fui a Cubanacán con una visión y una experiencia diferentes. Había pasado tres años en el servicio militar, salí de allí con la zafra de los 10 millones. Cuando me encontré allí resulta que el régimen de beca de Cubanacán era mucho más militar que la unidad donde yo estuve. Había que marchar a toda hora, entrar marchado. No sé cómo no acabamos con el Country Club dando patadas en el piso. Era un régimen muy duro, muy de caerle atrás a la gente, pasaban lista a toda hora. Pero no obstante a eso, fíjate, parece que esas cosas aceleran el espíritu de algunos seres humanos, la generación más rica –en el sentido de que son los que están ahora– es mi generación, ya los viejos se murieron, ahora estamos nosotros, después que nos muramos vienen otros…

Nunca se me olvida que un día Portocarrero le dijo a Nelson Domínguez: “Aprovechen ahora, aprendan bastante, porque hasta que nosotros no nos muramos ustedes no se van a sentar en el trono”. Fíjate el concepto, la mentalidad que se tenía… Y por suerte nosotros no somos una generación de pensamientos de tronos. Fue una época que generó muchísima espiritualidad, parece que la pobreza, la carencia… Nosotros en beca nos daban las cinco, las seis de la mañana en el piso, creando… Hay un dibujo mío, de lo poco que está expuesto en el Museo Nacional de Bellas Artes, que lo hice en el piso de la beca. El Museo no exhibe las cosas mías actuales…

Cosme Proenza Almaguer – Obra de la serie Variaciones sobre temas de Matisse (óleo sobre tela, 2014) foto del autor.

Eso me di cuenta…

Ese es su problema… Tiene un dibujo de cuando yo era estudiante, que no lo niego, me salió bien, de verdad que sí. Pero no es lo que debe tener, el Museo debe estar representando la creación actual de sus artistas.

En una ocasión me dijo que la pintora Antonia Eiriz fue su profesora. ¿Es cierto que le escuchó decir que las obras de El Bosco eran lo más moderno e interesante que se exponía en el madrileño Museo del Prado?

Sí… Esa época parió buenas cosas, porque tuvimos también buenos maestros, una cantidad de profesores cubanos y extranjeros que eran excelentes. Antonia fue la excelencia de las excelencias. Ella marcó toda una generación, de Tomás Sánchez hasta Zaida del Río, quizá un poquito más para allá. Marcó duro, porque Antonia era una mujer muy potente, bellísima y, además de eso, tenía un carácter agudísimo. Era como un látigo, pero de seda. Sabía darte un golpe, pero que te llegara a donde era y, sin embargo, no te ofendieras con ella. Yo conocí en esa época pintores importantísimos, españoles, contemporáneos, Antonio Saura, por ejemplo, toda esa gente iban allá a ver a Antonia, y ella nos relacionaba.

Antonia es un monstruo de la plástica, lo es toda su obra… Yo tenía mucha amistad con ella, iba a su casa y nos contaba, a Tomás Sánchez y a mí, sobre todo, que fuimos gente muy cercana, sobre varios temas. Ella dejó de pintar, se ofendió muchísimo en el Salón 70, y no pintó más. Luego murió de un infarto y ahí acabó su historia. Antonia era una persona, cómo decirte… Había muchos profesores, gente de mucho talento allí, había un checo de diseño que era espectacular, teníamos un alemán que era buenísimo también, siempre había alguien bueno… pero, con Antonia yo tengo tantas maneras… Antonia me contaba que había gente que pensaba: “Maestra, está usted pintando ahora…” “Pensaban que yo estaba con un trapo negro enrollado, dando brochazos en una tela…”, me decía. “Sí, mi amor, yo lo que estoy es ablandando una olla de frijoles negros que no la brinca un chivo, a ver si tres días por lo menos tengo comida con eso…” Ella pasó historias muy tristes, perteneció a una generación muy a caballo entre… encontrados políticamente horribles, de tránsito.

¿Qué asignatura les impartió Antonia?

Pintura, pintura…

Luego usted estudió en el Instituto de Bellas Artes de Kiev. ¿Cuál fue el resultado de “enfrentarse” con una cultura milenaria como la Ucrania en un momento histórico como aquel?

Antes de irme estábamos en una exposición en La Habana de profesores de las escuelas de arte, entonces me dice un pintor: “Ja, ya te perdimos”. “¿Por qué…?”, le pregunto. “Porque ahora vas a venir para acá hecho un realista socialita, te van a lavar…”, me dijo. Entonces Yánez, que es un pintor que ya está bastante mayor, que fue profesor mío también, le dijo: “No, Cosme es un pintor formadísimo, él lo que va es a absorber de allí lo que necesite y lo otro lo va a dejar allá mismo”. Es decir, yo no traje de allí nada que no fuera el conocimiento.

Cosme Proenza Almaguer – Obra de la serie Variaciones sobre temas de Matisse (óleo sobre tela, 2014) foto del autor.

¿Y estos estudios influyeron en su obra?

Sí… Bueno, en mi obra no te sé decir. Todo esto que yo estoy hablando del discurso de mi obra, de lo que tiene que ver, del análisis, de esto y de lo otro, tiene mucho que ver, quizá, con el aprendizaje tecnológico, independientemente de las exigencias tontas del realismo socialista, un arte estatal, un arte ya premeditado, que no es arte, nunca será arte…

Propaganda quizá…

Es propaganda, sencillamente propaganda. Hecha a diferencia de los Papas, pues la propaganda de los Papas la hacía Miguel Ángel, Da Vinci o Rafael. Era buena propaganda. Esta otra era, a veces, muy terrible. Y aprendí allí, te digo, porque me pasé de la pintura… Allí había dos opciones: o sigues con la pintura de caballete, o sea la pintura de los cuadros, o continúas haciendo la especialidad en pintura monumental, que es aprender del muralismo. A mí me pareció fabuloso, porque en La Habana había dado clases con un ayudante de David Alfaro Siqueiros y tenía una previa muy buena. Entonces me decidí por esa, porque, además, el profesor que tenía era un hombre muy librepensador, era más abierto. “Pongan ustedes las poses, dos muchachas desnudas por acá, y lo otro por allá”, decía. Y nosotros lo poníamos como nos daba la gana y la cuestión era que trabajáramos con gusto, y nos enseñaban tecnología de la pintura desde el principio del óleo hasta hoy… Sí aprendí, en verdad que sí. Disfruté mucho la gran cultura ucraniana y rusa. Milenaria, y además de eso, culta, cultísima. Viví seis años en esa ciudad, no es poco tiempo.

Después de los estudios europeos nació “Manipulaciones”…

Antes de “Manipulaciones” –que es una postura de análisis posmoderno– yo había hecho otras cosas. Cuando regresé de Ucrania hice una exposición en la biblioteca provincial de Holguín: se hicieron unos paneles y ahí hice mi exposición del regreso. Esa fue una etapa importante porque hice dos exposiciones de copias de grandes pintores, a ese tamaño, como podía hacerlas, ese fue el primer paso hacia una estructura de análisis de lo que iba a trabajar en el futuro. Ya estaba trabajando, estaba democratizando esas cosas, las estaba exhibiendo y dando conferencias de qué se trataba, quién era este pintor, quién era el otro; esa es una manera muy pública de aportarle a la gente. De ahí seguí haciendo trabajos que tenían que ver con este estudio, del Renacimiento sobre todo. Irlo mezclando con visiones mías un poco más contemporáneas; hice cosas mejores, hice horrores, hice de todo, porque para aprender tienes que machacar.

Y cómo surgió “Boscomanías”…

No es que yo tenga influencias de Brueghel y El Bosco… Como dices, tuve una época que se llamó “Boscomanías”, el estudio de la obra de El Bosco y la trascendencia que tuvo, porque, después, el surrealismo tuvo que ver con El Bosco. Todas esas relaciones que existen en la historia, esas idas y vueltas son importantes.

Muchos opinan que pintar es una manera de ir dejando cosas, partes de uno mismo en cada obra… Lo que conlleva a preguntarle, ¿hasta qué punto un pintor “va dejando su vida” en la pintura, en el enfrentamiento constante y creo que de por sí desgarrador con el lienzo en blanco? ¿Qué deja Cosme en un cuadro cuando ya lo ha terminado?

Esto es una idea que tiene que ver con lo que nos dejó el romanticismo como pensamiento del arte: es el artista, como decía Antonia, enredado en un trapo negro imaginándose las cosas… Musa, no, la mía es secretaria. Sí, entra a trabajar por la mañana cuando desayuno y se va por la tarde, si hay trabajo por la tarde. Yo trabajo como trabaja cualquier persona, normalmente. Yo no dependo de una inspiración, eso sí, cuando inicio un sector de estudio para hacerlo, trabajo hasta reventarme y lo disfruto, además. Cuando trabajo no es que dejé parte de mí, es respetarte a ti mismo, respetar lo que haces y hacerlo de la manera mejor posible. Uno tiene que saber qué quiere y para qué lo quiere…

Cosme Proenza Almaguer – Obra de la serie Variaciones sobre temas de Matisse (óleo sobre tela, 2014) foto del autor.

Usted realizó dos amplias exposiciones personales: “Voces del Silencio” (MNBA, 2002) y “Paralelos. Cosme Proenza: Historia y Tradición del Arte Universal” (Centro Provincial de Artes Plásticas de Holguín, 2011). ¿Cómo valora ambas exposiciones si las analiza desde la actualidad?

Si viste “Paralelos…” lo viste casi todo, esa es la columna vertebral de mi obra. En ese momento nos volcamos al tema de una exposición compleja, que pude hacer en Holguín. Tengo toda esa obra guardada en esta casa: la mayoría la tengo yo, pedimos alguna pero lo demás es personal, una colección personal, es mi discurso completo. La comparación de diferentes etapas del arte con relación a mi obra. Dentro se hallaba “Medio occidental”, que era la capilla que había abajo, la hice para esa exposición… Medio es lo que utilizas, el óleo; y occidental, de Occidente. Lo que se reflejaba allí, en esa capilla, era el principio y el final de la pintura: seis siglos de existencia resumidos. El fin de la cultura, el fin de las grandes narraciones, el fin de la pintura, y del medio, o sea, en aquello que se pinta un objeto, un objeto bello.

Cuando la expresión es igual a la belleza máxima y la belleza máxima es un cuadrado de un solo color y más nada… Tope. ¿Y después de eso qué hay si ya está a tope? A mí me parece bueno. Si tuviera edad haría eso. Yo pasé por un proceso, y me maravillo con las cosas que se hacen cuando se hacen en grande, no por copiar… No olvido que en la entrada de la Bienal de Venecia observé unos norteamericanos que habían hecho una pieza: un tanque de guerra bocabajo. Ellos llevaron cinco deportistas que corriendo movían las esteras del tanque. ¿Cuánta inteligencia, cuánto contenido, cuánta maravilla? Visto desde ese ángulo, mis respetos… Ya no tengo oportunidades, lo mío es otra cosa. Lo que pasa es que estas exposiciones se insertan dentro de la contemporaneidad. Tengo 69 años, pero mi obra es tan contemporánea como eso que te estoy hablando, porque es una obra de análisis, no es una obra trabajada con algo muerto.

Cuando tú escribes un libro haces un análisis de cosas que pasan y lo públicas. Ese libro es contemporáneo, fue visto con una visión contemporánea. Eso es lo que hace contemporánea una cosa y es lo que pasa con mi obra. Eso, en la raíz más profunda, es elitista…

Pero usted expuso antes en Bellas Artes, en 2002…

Esa fue una curaduría no hecha por mí, la hizo un especialista habanero que entonces presentó todo lo que él creía era yo… Entre ello este cuadro –Cosme señala una de las obras de su conocida serie “Los dioses escuchan”, que custodia, imponentemente, detrás de nosotros, una de las paredes de su casa–, con el que no estoy en contra, pues todo es mi obra.

Este lo bautizó, sabes quién, Abilio Estévez. Abilio es mi gran amigo, estaba un día en mi casa y yo había empezado este cuadro. Se hospedaba en el hotel Pernik y me llamó por la noche: “Coño, cabrón, ese cuadro tuyo no me dejó dormir anoche”. Le digo: “Ni que fuera un bicho tan feo”. “No, precisamente la belleza no me dejó…”, y me metió un teque de esos… “Cómo se va a llamar esa obra…” Le dije: “Yo primero hago los muchachos y después los bautizo, y a veces no soy muy bueno poniendo nombres, por qué no se lo pones tú que eres escritor”. “Tú me das ese honor…” “Pues sé padrino…” “Me da pena, yo después te llamo desde La Habana… Te voy a dar una lista, tú escoges el que te dé la gana…”

Luego me llamó: “Cosme, aquí tengo la lista. Dime cuál te gusta… El primero es –casi siempre el primero es el que sirve, lo demás se repiensa– “Los dioses escuchan…” “Ya no me digas más nada…”, le dije. “De verdad no te digo…” “Ya no me digas más nada, el esfuerzo posterior no me interesa… Me interesa esa eyaculación poética tuya”.

Alguna vez ha sentido que las imágenes que una vez pintó de forma apasionada han “muerto” para dar paso a imágenes nuevas…

Sucedió precisamente con “Los dioses escuchan”. Era un cuadro pero se convirtió en una serie muy larga, muy larga… Hace poco tuve que añadirle uno a la serie y como dices, esas cosas cuando mueren… El arte tiene eso: una poética que tiene un sentido hasta un momento determinado, tú no puedes amarrarte con esa porque te mueres… A mí me pasó algo así en Madrid. Estábamos exponiendo en el Pabellón de Cuba, allí había varios pintores y mi representante de Christie’s me dice: “¿Maestro, cuándo vamos a subastar? ¿Quiere subastar este año o el que viene…?” Le digo: “No, no, no…” “¿No, no tiene cuadros?”, añade. Y le respondo: “Cantidad…” “¿Pero, porqué…?”, dice. “No, mire, sería un poco amarrarme al mercado, mi pintura nada tiene que ver con eso. Yo vivo de ella, se venden mis cuadros, pero mis cuadros no se hacen para eso. Yo los conservo, los colecciono, pero si me subasto con ustedes y da la casualidad que sale bien subastado, y ustedes me hacen una oferta de cinco años de esclavitud y no puedo pintar otra cosa que no sea lo que a ustedes les dé la gana…” Él me miraba y me dijo: “Joder, primer cubano que me dice eso…” “Bueno, es el primero y no sé si será el último…”, le dije.

Usted también ejerció la enseñanza artística durante quince años y ha sido tutor de numerosas tesis. ¿Qué es lo más difícil de enseñar? ¿Qué siente cuando le dicen profesor, maestro…?

Siempre lo he hecho. Yo nunca he dejado de ser pedagogo. A mí se me acerca lo mismo un pintor que estudia en la escuela, que un profesional que todavía tiene un determinado grado de juventud. Si tengo que decirle algo que lo pueda ayudar, lo hago, siempre lo he hecho, nunca lo he dejado de hacer. También creo que una exposición es una especie de clase magistral. Allí tú estás presente: está presente no solo el mundo de los artistas, sino una multitud total de personas, muchos jóvenes… En realidad, la parte pedagógica no solo se resume en actos de participación, pues siempre he estado cada vez que me lo han solicitado. Es decir, me vienen a buscar y yo voy… Aquí yo soy un holguinero más, pero la gente… Mira, yo venía hoy en un bicitaxi y me dicen: “Maestro, para dónde va…” “Voy para mi casa”, digo, porque todo el mundo sabe dónde yo vivo. Paré en una esquina y otro señor que estaba allí me dijo: “Maestro, qué, paseando…” Ya la gente prácticamente no me dicen Cosme, me dicen Maestro… Yo lo respeto, porque es una retroalimentación semántica. Cuando una persona te dice Maestro, es porque entiende que has hecho algo que tiene una maestría determinada que mereces ese título popular, que en Holguín sí es popular…

Una de sus últimas exposiciones en la ciudad de Holguín se tituló “Imágenes de María”. Y cuando la misa del Papa Francisco en la Plaza de la Revolución Calixto García de Holguín, un amplio mural con una hermosa imagen suya de la Virgen de la Caridad pudo ser contemplado por miles de personas en lo alto de uno de los edificios cercanos a la plaza…

Es cierto. Yo tengo un cuadro en el Vaticano regalado a Juan Pablo II, luego canonizado como San Juan Pablo. Después de eso, ya… No Cosme, no señor… Yo no soy el artista oficial de los Papas. Ahora, cuando vino el Papa Francisco, da la casualidad que me llama el Obispo y me dice: “Tú permites –porque ellos tienen esa delicadeza– reproducir la Virgen que nos regalaste para la Catedral…” Y esa es una participación. Yo estaba viendo la misa por televisión, fui invitado pero no me arriesgué. Yo estaba allí, porque estaba mi obra presente. No soy cátedra de nada, no dicto maneras de hacer. Esas son maneras de pertenecer, estando presente… porque uno cuando se muera va a seguir presente, esa es la única ventaja que tenemos los artistas.

Ha dicho que “Holguín son dos: el Holguín que es mi casa y el que está de la puerta para afuera”. ¿Qué significa Holguín en la obra y la vida de Cosme Proenza?

Tu casa es un lugar donde habitas, tu predio, tu patria… donde mandas o eres mandado, pero es tu casa. Estamos viviendo en una ciudad donde coinciden muchísimas generaciones, no dos o tres… hay muchísimos puntos de vista, maneras de ver la vida. Por suerte a mí nadie me puede venir a decir lo que pinto. Pero vamos al tema en cuestión: sí, es mi casa. Yo aquí en Holguín te garantizo que ando sin un centavo, me encuentro a un bicitaxi, a alguna gente, y me trae gratis… porque lo sé, y porque me lo han dicho, y lo hacen con gusto. Si a lo mejor yo fuera bicitaxista le hubiera dicho a otro igual, pero te digo, no es ese lugar donde la gente se enajena con el medio, no es que estemos apartados de la problemática actual del país, pero trascurre suave cuando la gente te trata así.

Creo que el Cosme muralista es uno de los menos conocidos, aunque usted es autor de varios murales, entre ellos: “Celia, la flor más autóctona”, en la sede Celia Sánchez Manduley de la Universidad de Holguín; un conjunto de tres murales en el Hotel Sol del Atlántico, Guardalavaca, Holguín, y “Juventud”, en el Motel El Bosque, Holguín.

El mural siempre es de mucho esfuerzo físico, porque tienes que fajarte con el espacio de una pared, subirte en un andamio y trabajar como un obrero más. En Guardalavaca, por ejemplo, era serigrafiado en cemento. Eso es cemento con colores. Pones las capas, las recortas y van saliendo. Yo tenía nueve pintores conmigo, nueve artistas plásticos, pero tenía que treparme en el andamio o ponerme a darle gritos a alguien que estaba pegado a la pared y no me oía. El último mural que yo pinté, todavía en uso de mis facultades físicas, fue el que coincidió con la caída de las Torres Gemelas, en la sede Celia Sánchez. Ese fue mi último mural, en 2001.

Cosme Proenza Almaguer – Obra de la serie Variaciones sobre temas de Matisse (óleo sobre tela, 2014) foto del autor.

¿Ya no se dedica a la cerámica?

Yo sí la podría hacer, lo que pasa es que la cerámica requiere de taller, requiere de otras cosas. La última cerámica que hice fue en el Taller de Cerámica de Varadero. Buenísimo, con artistas allí que son fabulosos. Y yo hice dos piezas, una se llevó al bronce en Argentina; yo tengo el original aquí, por supuesto… Hice otra que la tengo aquí también pero no se llevó al bronce, se llama “El perfumista”. Esto ha sido lo último que he hecho en cerámica. Tengo aquí en la casa muchas cosas que he hecho en cerámica, muchas fragilísimas, del año 1987.

Usted ha comentado: “Yo trabajo con la superficie, con la cáscara de toda la pintura histórica. Ya no es manipular, porque ya manipulé bastante con otros elementos, donde eran evidentes las manipulaciones de la historia del arte”. No le molestaría que le llamaran alegórico o paródico, en el buen sentido de recrear y de reinventar universos en su obra. Y además, volver a una tradición y trabajar sobre ella, como si fuera de la copia al homenaje, y de este a la inversión…

La alegoría es una palabra que no cabe en toda mi obra.

Entonces, no se considera alegórico… ¿Por qué?

No, son signos e intertextualidades. Es decir, citas de cosas. Mira –Cosme señala uno de los cuadros que cuelga en las paredes de su casa y que semeja la estética del francés Henri Matisse–, este yo lo hice y no se ha exhibido, son 34 cuadros… Cuando la gente lo ve… están acostumbrados a aquello. Esto es un estudio de la obra de Matisse y lo estoy intertextualizando con obras que son importantes, que son íconos de la historia del arte. Estoy mezclando un tipo que es imposible de mezclar, pero lo logré, está mezclado… Sigue hablando de esto, porque esto mismo tiene más que ver con el modernismo, el art nouveau y, quizá, cierto asomo al simbolismo… pero eso es una forma más del arte.

Lo han calificado de pintor “posmedieval”. Cómo calificaría Cosme su pintura…

No, eso es un disparate de marca mayor, un término tan poco feliz creado por un crítico habanero. Los pos–medievalistas y los pos–rafaelistas eran pintores que hacían una obra influenciada por la obra que se hizo antes de Rafael, esos sí son posmedievales, pero están en un museo, son gente muerta. Yo no tengo nada que ver con eso, será otra gente, pero yo no… Yo soy un estudioso, así me llamo.

No soy un artista en el sentido de tener una obra personal, más bien soy un investigador que trabajo con los códigos del arte europeo desde lo que nos interesó aquí, lo que llegó y lo que no llegó. Yo en “Paralelos…” tenía toda la escuela abstracta norteamericana, que en esa época era el enemigo total; los estudié, los puse, por dentro estaba el siglo XV: las primeras obras importantes al óleo, y por fuera estaba la muerte de eso, es decir, ya la pintura se acabó ahí, llegó a la belleza total con la abstracción. De ahí para adelante no hay más nada. Lo demás es: pinta si quieres… Y entonces dije: “Yo soy pintor, me encanta pintar. Pero lo que voy a hacer es pintar analizando…” Es como si tú te pusieras a hacer el estudio literario de algo, te tienes que meter en la literatura del mundo, aprender idioma… Yo todo esto me lo sé porque me tengo que aprender la técnica del pintor, o sea, a quién estoy citando, porque si no sería una mala palabra… Los he visto en originales y luego ahora trabajé eso. En mi caso tiene que ver más con la investigación histórica de algo que heredamos de Occidente que con el artistaje, como quieras decirlo.

Cosme, puedo decir entonces que su pintura es investigación…

Es eso, es pura investigación.