
El holguinero es más bien “observador” en los carnavales, quizá por idiosincrasia o porque estas son unas festividades “peculiares”. Prefiere mirar el desfile de carrosas y comparsas pero rara vez se une a ellas, incluso las vallas de madera ubicadas a lo largo de la Avenida de los Libertadores le recuerdan a quienes se reúnen a sus lados, que deben observar siempre. La cuestión es que –a diferencia de los manzanilleros o santiagueros– nosotros los holguineros preferimos prestar atención al paso de las carrosas, elogiarlas o criticarlas en dependencia de los bailarines, el vestuario o la decoración, pero no terminamos mezclándonos ni seguimos el paso de una conga improvisada, ni siquiera después de acabar, por culpa de Arará, con una “borrachera carnavalera”.
Aun así el holguinero prefiere las áreas abiertas y la aglomeración de personas para sentirse en carnaval, aunque existan lugares cerrados como El rincón del recuerdo, en el Ilé de la rumba, donde la música en vivo con intérpretes de la excelencia de Yaíma Sáez, amenizaban la noche. En cuanto a los espacios abiertos quizá sean las áreas del Estadio Calixto García la que más personas atrae, por ubicarse allí las principales tarinas y pasar por la avenida los desfiles y carrosas. El holguinero extraña los cuerpos a manera de las criollitas de Wilson en las carrosas; ahora –dicen– baila cualquiera. Y extraña, además, las buenas y atractivas decoraciones: “Nada tiene que ver –añaden– con esa empresa el ambiente marino que decora su carrosa y mucho menos con aquella los racimos de plátanos colgando a ambos lados”. Quizá todo se resuma en identidad visual, pero hay para todos los gustos y hasta el más exigente encuentra su carrosa adecuada.
Por eso mismo –por esa bien lograda identidad que los distinguen de lo monocromático– aplauden a la Placita de Santiago y a la compañía Fantasías Caibarién, en Villa Clara, invitadas a unas fiestas holguineras cuyo lema fue “Bendito seas mi carnaval”.

El holguinero es también cervecero, por eso persigue más la Bucanero que la Tínima y jarra en mano brinda el espumoso líquido “bautizado” al primer conocido que se encuentre. Solo, en pareja o en familia, aunque Fabré siga aconsejando cada año la conveniencia de andar soltero en carnaval, el holguinero aprovecha también esa “tienda al aire libre” y por departamentos que son los carnavales y lo mismo compra un par de gafas, un muñeco de peluche, una billetera, que una manzana extrañamente tropical. Si va con un niño las compras pueden equivaler a muchas jarras de cerveza. Algunos comen en casa antes de salir, otros prefieren comprar algo allí y pasar más tiempo en la calle. Hay quien no puede evitar comerse más de un bocadito de cerdo asado.
Otros bailan al ritmo de las orquestas invitadas: Arnaldo y su Talismán, Taínos de Mayarí, Los Karachis, Bamboleo, Cándido Fabré… aunque, dicen, extrañan las grandes orquestas, esas que siempre están de moda y mueven multitudes cada año. Los más prefieren caminar de un lugar a otro y observar las carrosas, encontrarse con los amigos o conocidos, esos que solo se tropiezan en carnaval, aventurarse en la cola de la cerveza en el primer termo donde te digan que está “buena” y tomártela rápido, antes de que se caliente en la jarra… Los jóvenes se concentran en el puente del estadio, cerca de la conexión wifi, y alguno que otro “sube” en vivo una foto para que los amigos sepan que los holguineros estamos de fiesta. El carnaval es también la mezcla de olores: frito, cerveza y orina, esquivar vendedores de todo tipo, compartir en familia…

“Ahora hay que aprovechar, pues el lunes todo el mundo amanece sin un peso”, le dice un cochero a otro. Y ambos siguen montando personas para el estadio Calixto García a diez pesos cada uno.
Así somos los holguineros y así son también nuestros carnavales, donde hasta el más apático da su pasillito: una manera de ser, una muestra genuina de identidad y cubanía.