Por Erian Peña Pupo
Teatro El Portazo insiste en decirnos que El Recitalito No puedo, tengo ensayo no es CCPC, la obra –con más de una parte, aunque prefiero la paradigmática primera– por la que fue premiado, conocido y aplaudido en casi toda Cuba. Es como si el grupo, dirigido por Pedro Franco, quisiera advertirnos que aunque ambas partan de códigos que identifican el colectivo matancero –el uso del cabaret, la espectacularización escénica, incluso lo carnavalesco, y la interacción con el público– esta obra es “otra cosa”.

Quizá se diferencian en que esta última explora menos la sátira social y política, para ser más bien una especie de “divertimento escénico” que, como ellos aseguran, fue creado como una acción promocional orientada al pre-lanzamiento del proyecto Todos los hombres son iguales, obra con texto del dramaturgo, actor y realizador holguinero Yunior García. Una acción promocional –sui generis en el teatro cubano– que “tomó causes independientes que la convierten en un organismo vivo que respira por sí mismo y funciona solo; sin dejar de responder a las exigencias del marketing para los que fue concebido”, escribe Ledier Alonso Cabrera en el programa que acompaña esta puesta.
Así marketing y teatro, canciones en vivo y diversión, interacción y jodedera se mezclan en este espectáculo: varias canciones ordenadas de manera aleatoria por los espectadores en una especie de participación para nada ingenua que hace al público sentirse cómplice del desarrollo dramatúrgico de la puesta; dos comerciales para productor nacionales, pues –hablábamos de marketing– hay que agradecer a los patrocinadores; un intermedio; divertidas coreografías grupales a partir de temas musicales, sobre todo de programas infantiles de televisión, que nos remiten a la infancia de buena parte del público, que viene a ser la de Pedro Franco, aunque a otros de mayor edad no le digan nada; “una pantalla que discursa en categoría personaje”, y un cuadro escénico de lo que será Todos los hombres son iguales cuando se estrene al público.

Podríamos pensar que El Recitalito siempre será una obra en construcción, moldeada al lugar donde se presente y al público, en la medida en que destaca –también a partir de la selección de las piezas musicales– la improvisación de los excelentes actores del grupo, liderados en escena por una actriz camaleónica y versátil –y el adjetivo no está de más–, capaz de pasar de un registro actoral a otro como si nada sucediera: María Laura Germán. Quienes la hemos visto en otras puestas de El Portazo o en Teatro Las Estaciones, sabemos que la Germán es una de las jóvenes actrices más interesantes ahora mismo. La acompañan en escena los también talentosos y premiados jóvenes actores: Camila Rodhe, Odette Macías, Alejandro Castellón, Raudelis Torres y Adrián Bonilla.
“El performance musical, la contextualización de metalenguajes [y la descontextualización, añadiría yo], el humor, la sátira social y la democracia en las ideas, componentes trabajados antes por Teatro El Portazo se mantienen con coherencia en el cuerpo textual de El Recitalito. Desde una intimidad lúcida los actores ironizan con los pactos de ficción, aprovechan la relación con el espectador en modo “descarga” y lo hacen partícipe de la agonía vivida en el proceso”, amplía Alonso Cabrera.
Por todo esto, El Recitalito se asemeja y se diferencia de CCPC: son dos partes de un mismo cuerpo, El Portazo, y bebe –todo salido de la mente de Pedrito Franco– de muchos de los mismos recursos escénicos, incluso potenciándolos en un mayor grado. Musical, improvisación, performances y hasta gozadera y diversión sobre el escenario –cuidado, no son tan light como parecen, la provocación y el sexapil son recursos también muy válidos–, nos hacen esperar con ansias el estreno de Todos los hombres son iguales, que tampoco será CCPC ni El Recitalito, pero seguro se le parecerá un poco.