Trovas jondas

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Hay entre los gitanos un canto de noches y vidrios quebrados ―su peculiaridad es el patetismo― dijo Federico García Lorca, porque es un canto de conmociones y honduras, como si fuese la misma congoja quien cantara. Este es el cante jondo. El cante de los gitanos desde que huían de un pueblo a otro del Gran Tamerlán. Y han deja´o en este canto de lagrimillas y pesares, quizá los versos más tristes que ha cantado un pueblo bajo las noches de Andalucía.

Fernando Cabreja, un nombre que le sienta muy bien a la trova

Había luna de Lorca para aullar y bailaban diez muchachas en un callejón de Holguín, próximo a la Plaza de La Marqueta,  cuando escuché el  cante, ¡ay tan jondo! Lo busco, busco, busco. Lo encuentro. Era Alberto Tosca, junto a un ser de gracia andaluza, a horcajadas sobre el cajón flamenco, y me siento, escucho su trova cubanísima poseída por un pesar que se me vuelve canto gitano, y desconozco aun la causa, es que hay golpes en la vida, tan duros, yo tampoco sé…

Había en la concurrencia júbilo, admiración, aplausos. “Señales de humo” le llamaron al Gran Concierto, contó Tosca, porque nunca ve a Cabreja, o muy poco, y se escriben como dejando a través de la palabras estos humos color lavanda. Mástiles ondulados de añoranzas.

Tosca luce una sencillez que estremece, bajo una gorra de los Lakers. Invita al amigo de todos, a Fernando Cabreja, al escenario. Aplausos. Cabreja acuesta la guitarra sobre sus piernas, le habla, canta, y otra vez la trova nos azuza.

Yo quiero quedarme, escucharlos hasta el cansancio, y hasta aguanto diez trovas jondas, pero luego viene esta en la que un verso me espolea: “Te dejo en la escalera, se me esconde tu voz…” Y salgo, me voy buscando algo, alguien, y ya en el callejón no bailan las muchachas.

 

Por Katherine Pérez