Por Katherine Pérez
Hay películas para recordar. Películas para ver con pañuelos, con tacones, con fracs, desnudos, a las dos de la tarde, a las diez de la noche, fumando, encadenados, solos, con alguien, con cinco, en un cine…Películas para reír de llantos y llorar de risas, para guardar en bolsas de naftalina, envolver en azules terciopelos y hasta bajo las sábanas de nuestros delirios. Películas como peces dorados, como misteriosos nenúfares, películas como libélulas y pájaros sobrevolándonos hasta en la sombra de los sueños.
Hay películas para darnos valor, golpes en el pecho, sentir el vuelo de los cisnes, la muerte de los hombres, el silbato del tren, y la caída sutil del vestido rojo que nunca más usó la muchacha. Películas para partirnos las piernas, el cuello, salir corriendo hasta…

Películas que te destrozan el día, la noche, el año. Películas tantas desde que los hermanos Lumiére en aquel París de finales del siglo XIX echaron a andar esa locomotora de fotogramas. Hay películas para renunciar. Películas para volverse loco, no salir de casa en días, hacer esa llamada que nos tuvimos prohibida, sostener el corazón con las manos, preguntarse si alguien quiere con sus manos sostenernos el corazón, películas para comprender el pasado, que se inventan el futuro, que explican confusiones, que crean confusiones, películas que alienan. Películas que salvan.
Hay películas como El lado oscuro del corazón, sobre las que no se debe escribir nada, decir nada, porque puedo perdonarle a un hombre todo, o casi todo, lo que no puedo perdonarle es que no ame el silencio. Y películas como esta no llevan créditos, The end, solo un silencio posterior, el silencio justo y oscuro del corazón. Películas para terminar de ver e ir hasta el balcón, besarnos sin besarnos, sembrar extrañas flores, gritar, abrir las alas, las ventanas, las cajas de música, los paraguas y salir,todavía escuchando la banda sonora, vestidos de amor a la calle.