En la contienda de 1895 se pasaban días difíciles por la escasez de provisiones, “pero no se podía dejar de resistir y luchar por la independencia de Cuba”, recalcaba el pintor mambí que por esos días apenas pudo comer.

Un soldado del pequeño grupo comandando por el mayor general Máximo Gómez encontró en el campo un huevo. Se lo entregó al Generalísimo para que comiera algo, pero este lo rechazó y dijo: “O comemos todos o ninguno. A hervir el huevo. Lo picaremos a partes iguales”.
“Imagínense lo pequeño del pedazo que tocó a cada soldado”, puntualizaba Menocal, quien finalizaba el relato, no exento de orgullo, con la siguiente frase: “Fui uno de los patriotas que ese día comió su magra ración de proteínas”.
Así narraba con fervor y entusiasmo Armando García Menocal durante las lecciones en San Alejandro su anécdota de la Guerra Necesaria, en la cual había sido combatiente, y es que no le invadieron las dudas cuando se le presentó el llamado de la manigua redentora, pues al estallido de febrero de 1985, decidió cambiar su pincel por un machete para defender la Isla que lo había visto nacer.
Corría el año 1863 en la capital de todos los cubanos, La Habana, cuando en el seno de una reconocida familia insular dieran a luz a esta suerte de pintor mambí, Armando García Menocal. El tránsito por la Escuela San Alejandro y su viaje a España, donde se vincula a destacadas figuras de la pintura como Francisco Jover, Francisco Domingo Márquez y Joaquín Sorolla, marcaron su estilo casi en el mismo nivel que los días de la gesta independentista.

Luego del retorno a su tierra se convierte en el pintor preferido de la sociedad habanera y posteriormente, al finalizar la contienda, se reincorpora al claustro de la Escuela San Alejandro, donde desde 1891 ocupaba cátedra, continuando con una meritoria labor docente que abarca varias generaciones de estudiantes por más de 50 años.
Pionero en la pintura de cambio de siglo en Cuba y también uno de los primeros en las posesiones españolas, sus retratos decimonónicos están insertados en ambientes variados, sus paisajes-otro tema en que se destaca-,presentan una luminosidad y una frescura, pocas veces vista en la pintura insular.
Julián del Casal, poeta y crítico escribió sobre Menocal: “Bajo el dominio de su pincel, el raso espejea, la seda cruje, el encaje es más vaporoso, la flor ostenta invisibles matices y las piedras preciosas arrojan vivísimos fulgores. Lo mismo puede decirse de la figura humana. El rostro conserva su color; la pupila, su mirada; la frente, sus pliegues; y la fisonomía, la expresión”.

Embarque de Colón por Bobadilla (1893), una de sus principales obras luego de su regreso a Cuba, es célebre por su polémica con las autoridades colonialistas españolas, incluso, con el mismísimo gobernador general de la isla, quien ordenó quitarle al navegante los grilletes que se reflejaban en el cuadro. Menocal no solo se negó abiertamente a cambiar su obra, sino que, desafiando la ira de los colonialistas, lo exhibió después tal como lo había pintado originalmente.
Bajo las órdenes de Máximo Gómez participó en la Invasión a Occidente, periodo en el cual fue herido en los combates de Camagüey (22 de agosto) y Calimete (29 de diciembre), ambos en 1895.
Su valentía y entrega a la lucha le propiciaron el ascenso vertiginoso en los grados militares, donde llegó a alcanzar el de capitán, y se comenta que tras participar en las cargas al machete, tomaba el pincel y dibujaba escenas épicas, luego vendidas en el extranjero para adquirir armas; cuentan a demás que, a inicios de la Invasión a Occidente, le hizo a Antonio Maceo un retrato a pluma, que le agradó mucho al Titán de bronce, por lo que desde entonces entre se entabló una profunda amistad, cimentada por la mutua admiración en los días de la contienda. No está claro con qué grado terminó la guerra, solo consta su ascenso a comandante.
Una vez concluida la dominación colonial española en Cuba, recuperó su cátedra de Paisaje en la Academia de San Alejandro, de esta etapa constan murales para la señora Rosalía Abreu y, aunque es reconocido por sus grandes pinturas históricas, destacan en igual medida sus retratos, paisajes, marinas, flores, naturalezas muertas y temas mitológicos. Pero, sin lugar a dudas, fueron sus vivencias en el campo mambí, plasmadas en el lienzo, lo que le trajo mayor fama, hasta el punto de ser proclamado el “Pintor de la Revolución”. Entre esas obras se cuentan La Invasión,La Batalla del Coliseo y La muerte de Maceo.

Los paneles decorativos del Aula Magna de la Universidad de la Habana, el techo y la cúpula del Palacio Presidencial (hoy Museo de la Revolución), perpetúan su talento.
A finales de la década de 1920 asumió la dirección de la Academia de San Alejandro, cargo en el que cesó en 1934 por su quebrantada salud, aunque siguió pintando hasta el día de su muerte, en La Habana el 28 de septiembre de 1942.