El ciberlenguaje, ¿complemento o antagonista?

Publicado el Categorías Artículos de opinión, Cultura, Holguín, Instituciones, Noticias

Por Bernardo Cabrera

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Para algunos de los lectores que se enfrenten a estas líneas lo anterior resultará prácticamente ilegible o de una marcada pobreza léxica. Para otros será fácil decodificarlo y lo apreciarán como una gran síntesis de lenguaje o un mensaje del ciberespacio. La postura dependerá de la cercanía o inserción que se posea para con este fenómeno, denominado ciberlenguaje por el marco donde se desarrolla.

Entre los jóvenes se vuelve cada vez más cotidiano el uso de este este modo de redacción en los chats, correos, foros y redes sociales.

Sus métodos de escritura más frecuentes son la supresión de tildes, haches, eñes, signos de puntuación, vocales y artículos; cambiar “ll” por “y” y “ch” por “x”; aprovechar el sonido de consonantes como t (te), m (m) y k (ca); sustituir fonemas por números (salu2) o signos matemáticos (ad+); tomar préstamos del inglés y emplear emoticonos gráficos como 🙂 contento, 😀 sonriente, :-O asombrado o 🙁 triste.

Esto propicia que muchas veces los textos desafíen la imaginación humana y en ocasiones resulten indescifrables. No obstante, su popularidad está determinada por la rapidez que suscita.

Su fórmula es similar a la máxima periodística de decir más con menos, aunque contextualizada con peculiaridades diferentes, que privilegian la síntesis mediante el empleo de símbolos y abreviaturas poco convencionales.

Con respecto a esta tendencia existen dos posturas encontradas: por una parte, la de quienes defienden y ven con buenos ojos su irrupción; y por otra, la de filólogos, profesores de Lingüística, gramáticos y amantes del buen decir, para quienes constituye una amenaza a nuestra lengua materna, no por su mero uso, sino porque los jóvenes lo han asimilado fácilmente y lo están trasladando a otros contextos donde no es correcto.

Así lo afirma Petra Silva, Licenciada en Letras y profesora de la asignatura de Redacción en la Universidad de Holguín, a quien no le preocupa esta práctica como economía del lenguaje, sino su inclusión en la expresión escrita de los jóvenes.

Lo que no debe suceder es que cuando se les indique una redacción de carácter formal o cualquier otra práctica de la expresión escrita, este empleo desmedido de las abreviaturas se encuentre entre sus códigos. Eso sí traerá un empobrecimiento y una involución dentro de sus habilidades, porque la lengua y nuestra manera de hablar deben adecuarse al contexto y a la pragmática del acto comunicativo. (Silva, 2020)

Por su parte, la licenciada en Español y Literatura, Sandra Cruz Berlanga, opina que va en detrimento del uso correcto de nuestro idioma porque, “aun cuando es permisible en un momento dado por circunstancias específicas como tendencia a la economía, su usanza condiciona paulatinamente la pérdida de facultades ortográficas en los educandos, ya que no logran discernir cuál es el grafema correcto en cada caso”. (Cruz, 2020)

Pero, ¿es la simplificación de textos mediante abreviaturas un acontecimiento novedoso o solo ha renovado su escenario?

Una abreviatura es una convención ortográfica para acortar la escritura de cualquier término o expresión y, aunque cada cual puede crear una para su uso particular, muchas tienen una forma convencional de dominio general. Sus orígenes se remontan al 3300 a. C., cuando los egipcios crearon la escritura hierática como alternativa a la jeroglífica.

Su ejecución se basaba en el uso de ligaduras entre un número de caracteres para escribir con un solo trazo los signos complicados y en la “cursivización”, que la hacía más estilizada, permitiéndole a los escribas del Antiguo Egipto rayar más rápido y simplificar los jeroglíficos.

Durante amplios períodos este estilo fue empleado en textos religiosos, administrativos, científicos y literarios. Además, fue la grafía utilizada en la vida cotidiana y el primer sistema de escritura que se enseñó a los estudiantes, ya que el conocimiento de los jeroglíficos requería de una capacitación adicional más enrevesada.

Pocos siglos después, los amanuenses o escribientes de la Edad Media se hicieron famosos por sus abreviaturas en latín y griego.

Esta utilización tenía como premisa la necesidad de aprovechar mejor la limitada superficie de escritura en correspondencia con los altos precios y la escasa disponibilidad de materiales (mármol, bronce, pergamino, papiro, papel), así como ahorrar tiempo en la elaboración manual de los libros.

Fueron ellos los gestores de que las abreviaturas se convirtieran en una cuestión frecuente dentro de la sociedad. Entre las más aplicadas se encontraban: sustituir la sílaba “per” por “p”; colocar una virgulilla (~) sobre una letra para indicar que era doble y evitar su repetición; usar símbolos en lugar de “et”; emplear el macrón (ˉ) por encima y por debajo de las letras y los trazos extendidos para abreviar prefijos, sufijos y formas verbales.

También adoptaron variedades tipográficas como ligaduras de dígrafos (Æ, Œ) y la “s” larga (ſ), o la “r” rotunda, que parecía media R mayúscula o un número 2; y simplificaron frases corrientes como Iesus Hominum Salvator (Jesús, Salvador de los hombres) por IHS o requiescat in pace (descanse en paz) por RIP.

Estas fórmulas tuvieron tanta aceptación que las frases en muy pocas ocasiones aparecen íntegras y algunos de sus breviarios se convirtieron en símbolos que han perdurado hasta la actualidad. Tal es el caso del signo latino “&”, que reemplazaba a la conjunción et en latín y ahora desempeña la misma función en francés e inglés; el de porcentaje (%), del italiano per cento (por cien); el de la libra (₤ librum, posteriormente £), luego imitado por el signo de peso y adoptado para el dólar ($); y el símbolo de arroba (@) que procede de la abreviatura de la preposición latina ad.

Otra escritura que usó la abreviación fue la taquigrafía, que era un sistema de redacción rápido y conciso para transcribir un discurso a la misma velocidad a la que se hablaba. Para ello empleaba trazos breves y caracteres especiales que representaban letras, palabras e incluso frases.

Sus orígenes se remontan al siglo V a.C. cuando el historiador griego Jenofonte se valió de esta técnica para transcribir la vida de Sócrates, aunque fue empleada por las culturas antiguas fenicia y romana, y luego por otras de la Edad Moderna como la inglesa, francesa, italiana, alemana y holandesa.

Su uso se ha extendido hasta nuestros días, principalmente en los juicios para dejar constancia de lo hablado, en el marco estudiantil para tomar notas y entre las secretarias y ayudantes de administración para apuntar recados y pedidos.

Es necesario aclarar que el texto recogido por un taquígrafo no puede ser entendido fácilmente por otro que no haya escuchado previamente el original y, si bien su aprendizaje es relativamente fácil, su uso requiere de mucha práctica.

Los telegramas también se apropiaron del empleo de abreviaturas durante los siglos XIX y XX. Estos ganaron popularidad entre los ciudadanos a la hora de hacer comunicaciones inmediatas, tales como avisos urgentes, pues la entrega era más rápida que la de una carta. Como se cobraba por palabras enviadas, los usuarios se las ingeniaron para minimizarlas y reducir el costo del mensaje sin que se perdiera su significado, eliminando los artículos y algunos grafemas.

A pesar de que en la actualidad están prácticamente en desuso por la proliferación de teléfonos dentro del país, hasta hace unos pocos años los telegramas eran las vías para confirmar acuerdos de negocio y crear documentos legales.

Su principio de funcionamiento básico permitió la creación de los fax y los correos electrónicos en 1965 y estos, a su vez, fueron una herramienta crucial para la aparición de Internet en 1969 y del servicio de mensajería instantánea SMS posteriormente, convirtiéndose los dos últimos en los nuevos escenarios de síntesis lingüística.

Por tanto, la abreviación del lenguaje no es un fenómeno novedoso, sino una práctica que ha acompañado al hombre a lo largo de su evolución, coexistiendo con el idioma oficial. Su manifestación ha estado condicionada por la creatividad y suspicacia de quienes lo han empleado para economizar material, dinero, tiempo y espacio, además de agilizar la escritura.

Si nos detenemos a mirar a nuestro alrededor nos percataremos de que nuestra vida está signada por abreviaturas y acrónimos que por su uso frecuente terminaron generalizándose.

Es por ello que nos levantamos a las 7 a.m. y regresamos del trabajo a las 5 p.m. Vivimos en el 2020 d.n.e., pesamos en kg y medimos en m y cm. Pertenecemos a la FEU, acudimos a ETECSA a recargar las tarjetas “propias” y hacemos las pruebas de aptitud para entrar al ISA. Además, tenemos compañeras que se llaman Maricarmen o Malena, nos protegemos para no contagiarnos con el SIDA, les decimos a nuestros primos Tony y Chely, y HP a aquellos que andan en carro y no nos recogen.

El lenguaje no se puede apreciar como un ente pasivo e inamovible, puesto que su vigencia está determinada por su capacidad de transformarse, adaptarse, enriquecerse y retroalimentarse constantemente de nuevas palabras y vocablos, así como desechar los que se encuentran en desuso.

Fue la necesidad de comunicación entre los miembros de una comunidad lo que propició la creación de signos lingüísticos, y es la propia comunidad quien influye en la generalización y unificación de ellos y, por ende, en la concreción de un lenguaje. De esta manera, el ciberlenguaje se nos presenta como un producto de la vertiente popular, mediatizado por una nueva plataforma: la tecnológica.

Su ejecución, lejos de deteriorar nuestro idioma, se está erigiendo como uno adyacente, al cual Giammatteo, M. & Albano, H. (2009) definen como “la comunicación del milenio” por la cantidad creciente de adeptos y su capacidad de inmediatez.

Este fenómeno es inherente a la tendencia revolucionadora de la sustitución de modos de comunicación (como la carta) por otros relacionados con las nuevas tecnologías (e-mail, chat, SMS), que facilitan el trabajo y se caracterizan por la rapidez.

Tanto es así, que ya dispone de un término que tipifica a las personas que, producto de su afición al chat, SMS y similares, se caracterizan por escribir exageradamente en un lenguaje corto y simplificando palabras, o que de forma intencional no respetan las reglas ortográficas y gramaticales: chaters.

También se creó el primer diccionario SMS, por iniciativa de la Asociación de Usuarios de Internet, con el por nombre “Exo x ti y xa ti”. Su objetivo, además de registrar las regularidades de este lenguaje utilizado principalmente por los jóvenes, es ayudar a su comprensión y guiar a aquellos que no están familiarizados con su funcionamiento.

Incluso, quién sabe si paradójicamente dentro de unos años sea necesario crear la RAC (Real Academia del Ciberlenguaje), como homóloga de la RAE, para velar por su uso.

Para quienes supone un empobrecimiento de la lengua y un retroceso en la cultura y la difusión de la ortografía y otras normas lingüísticas, llegando a calificarlo de aberración, es necesario preguntarles: ¿sigue usando la máquina de escribir en lugar de la computadora? ¿Envía cartas desde las oficinas de correo postal o desde su correo electrónico? ¿Acude con frecuencia a visitar a sus familiares o les habla por teléfono desde su trabajo o su casa? ¿Camina hacia su oficina si tiene un carro?

Interpelaciones como estas nos hacen meditar y darnos cuenta de que las nuevas tecnologías llegaron para cambiarlo todo, incluso el lenguaje. No adecuarse a ellas es correr el riesgo de desaparecer, descontextualizarse o quedar en el olvido. La fórmula para subsistir, parafraseando a Charles Darwin y su teoría “El origen de las especies”, estriba en adaptarse al entorno.