Se colocan en fila: los cuerpos acuclillados, las rodillas curveadas de manera que la joven puedan caminar sobre ellos como por sobre un puente. El lezamiano puente, un gran puente.
Cuando la bailarina pisa sus espaldas, corren a ponerse delante, y así una y otra vez, mientras va caminando sobre ellos, incluso apoyándose sobre las estructuras posibles pero sin tocar el suelo. No puede tocarlo, pero sí se sube a un auto, recta por las paredes, por los muros…

Comenzaron en El Callejón de los Milagros del Complejo Cultural Plaza de La Marqueta al compás de la música y al inicio el objetivo era llegar solo hasta la próxima calle. Pero se trataba de superación, cuestión vital para el desempeño de cualquier bailarín. Por eso siguieron formando un cordón humano que se extendió hasta La Bodeguita del Medio, de ahí a los muros del Centro Provincial de Arte, el Consejo Provincial de las Artes Escénicas, pasando por puertas y salones, hasta el tabloncillo del Teatro Eddy Suñol.
Precisamente de eso –superación, confianza en el otro, vitalidad, fuerza, motivación– trata el taller de creación e improvisación “Espacio público, plataforma para bailarines”, impartido por Yoel González, directora de la compañía guantanamera Médula.

Estos muchachos –adolescentes interesados que se han insertado al evento– han dado el primer paso en la danza: de la calle, mediante la improvisación y el ingenio, hasta el mismísimo tabloncillo del Teatro, comenta Yoel, quien inicialmente pensaba aunar a los participantes en un amplio cordón humano desde la Loma de la Cruz hasta el teatro holguinero.

Yoel confía en ellos, los estimula, los ayuda a crecer. Y ellos en él; no hay mejor simbiosis. Así estos muchachos, liderados por el joven coreógrafo guantanamero, dan vida a las calles mientras las personas toman fotos, los filman… Esta, lo han demostrado, es una urbe donde los espacios públicos son plataformas reales para bailarines osados que se integren al paisaje urbano y lleven la danza como un camino en la vida.
Por Erian Peña Pupo