Jorge Hidalgo y su nganga llamada Cuba

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Por Erian Peña Pupo

En una entrevista con la crítica de arte canadiense Noella Neslody, el pintor, grabador, dibujante y escritor Jorge Hidalgo Pimentel (Obbá Oguniré) aseguró que él pinta “recuerdos y presagios”. Además, que su trabajo lo hacía sentirse “un esclavo representante de Dios”. Casi dieciocho años después de aquella afirmación, Hidalgo (Santiago de Cuba, 1941) dejó inaugurada el pasado 15 de diciembre, en el Centro Provincial de Arte (CPA) de Holguín, una amplia antología por sus 60 años de vida artística con el nombre de Visiones y presagios, exposición clausurada dentro de las actividades de la XXXVII Semana de la Cultura holguinera con un conversatorio con el propio artista.

Fotos del autor

Visiones y presagios, más que mostrar un amplio itinerario creativo –el principal y más ostensible logro en la curaduría, realizada por Bertha Beltrán Ordoñez y Lisset del Carmen Creagh Frómeta–, resulta un signo de vida, de cambios y permanencias, principalmente estas últimas, en la obra de un creador. Aquellos “presagios” visionados por Hidalgo Pimentel lo acompañan desde que nació en Santiago; él insiste en recordárnoslo en sus últimas muestras, como si sus orígenes fueran su mejor blasón, su santo y seña. Todo en su obra de más de seis décadas parte de ese momento inicial en que Hidalgo aprehende la luz y se entrega a ella como un aprendiz, y también como un deudor.

Las primeras obras en el tiempo, firmadas a fines de la década de 1950, dejan entrever las potencialidades artísticas de aquel joven que unos años después, en 1962, entraría deslumbrado al estudio habanero del pintor Esteban Valderrama. Aquellos fueron también los años de la efímera revista Jigüe –en su duración, no en resonancias, asegura Alejandro Querejeta Barceló, uno de sus creadores–, donde publicaron autores como Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz y Nancy Morejón, y donde Hidalgo ilustró muchas de sus páginas, junto a Armando Gómez y Roger Salas. Aquellos fueron los años de la exposición Hacer ver, título tomado de un poema del surrealista Paul Eluard y que reunió en una pequeña sala del Colegio de Arquitectos de Holguín la obra de Hidalgo, Salas, Julio Méndez, Jorge González y Nelson García. Como palabras al catálogo, el poema “Felices los normales”, de Roberto Fernández Retamar. Aquellos fueron además los años en que Hidalgo se encontró frente a los grabados de Francisco de Goya –Los caprichos, las Tauromaquias y los Desastres de la guerra– y mientras buscaba encontrarse a sí mismo y desentrañar su lenguaje, sus potencialidades creativas, iba poblando su obra de esos personajes “perplejos”, palpitantes, desvalidos…

 

La paleta de Hidalgo se volvió cada vez más austera, y desde esa época mantiene su recurrencia a los ocres, a las tierras tutelares, a las fulguraciones del magenta, los negros, a los chispazos de colores puros, a sus sorprendentes iluminaciones visuales. Y el dibujo se hizo gestual, espontáneo, sometido al sentimiento y a la intuición. Una gestualidad que permite una actitud desprejuiciada. El pincel ancho, casi seco, la espátula, los dedos y ocasionalmente la plumilla, le sirven de instrumentos. Y si Goya fue un deslumbramiento para Hidalgo, casi enseguida encontró la obra de Antonia Eiriz, Tapies, Saura, Schiele, Cuevas… De la mano también de Blake, Velázquez, Rembrandt…

Cuando se funda el casi mítico Taller de Grabados de Holguín, encabezado por Nelson García y Julio Méndez, Hidalgo empieza a trabajar la xilografía, mostrándose como un grabador preciso, imaginativo: la expresión –¿acaso americana?– dura visualmente, dramática en su esencia, goyesca, incluso grotesca y desatinada en el sentido de lo esperpéntico, el aparente desaliño que nos muestran sus xilografías, es capaz de trasmitir la intensa poesía del ser, que también nos entrega el Hidalgo escritor en sus poemarios. No es el suyo un traslado mecánico de su obra en tintas y dibujos a la madera, sino un ajuste de un estilo a la riqueza de texturas que la madera ofrece, con influencias del grabado japonés, Durero, y el expresionismo y neoexpresionismo alemán.

Posteriormente el acrílico se incorpora a su quehacer, así como el gran formato, el lienzo y el collage. Sus códigos visuales se tornan complejos, y aparecen figuras que aluden a elementos de la cultura nacional –lo afrocubano, específicamente– y su alcance mítico-religioso. Esta zona creativa quizá sea la más conocida del trabajo de Hidalgo Pimentel, lo que lo ha llevado a ser, varias veces, encasillado en la pintura de tema afrocubano. Pero en él no es pose, mucho menos propensión a modas; es asunción, después de una evolución que podemos palpar en toda la muestra; es gracia, luz.

En sus cuadros viven los orishas del monte: Elegguá, Oggún, Ochosí, Oko, Ayé, Changó, Allágguna… Y los Eggun: Eléko, Ikús, Ibbayés… Pero también habita Fernando Ortiz; Lydia Cabrera; Cristo; Artemisia Gentileschi en cofradía con Teresa Centella Oyá, seduciendo a Olofin Changó; la Virgen de Barajagua; Mackandal; José Martí; San Lázaro; Ícaro; Santa Bárbara… Hay cubanía en cada obra, pero sin perder su proyección universal.

Hidalgo ha ido al monte, ha buscado sabiamente, encontrado. Estas “divinidades ancestrales” que menciona Lydia Cabrera en El monte han acompañado a Jorge Hidalgo en un vía crucis creativo y espiritual a lo largo de seis décadas creativas. Cuba es su nganga, nos dice y como si no bastara, titula así uno de los cuadros de Visiones y presagios. “Nganga quiere decir muerto, espíritu”. Y además, “misterio”. Y ese misterio lo acompaña, lo protege y nos lo devuelve como uno de nuestros creadores más originales.