Por Yoenia Estrada Corpas

“Bienaventurados hombres y mujeres que podemos dedicar el apelativo de creador a los que crecen y nos ayudan a espigar…”
¡No queremos dañar lo que nos dejaron nuestros antepasados!… ese es el grito de este artista que, en un espacio pequeño, rodeado de su vida cotidiana ama y crea. Sincretismo, pudiera ser Unido a su anclaje religioso muestra frescura a través de los trazos connotados que transmitan en una gama de colores ocres a los que agregan objetos que se insertan como un encanto y una imagen propia que deja traslucir una pasión por el rock y lo más contemporáneo. Tras los pliegues de su poética retumba el misterio de objetos, ambientes y sucesos. De la forma emana quietud, y los lugares parecen contraponer lo visible y lo oculto. La imagen no puede sustituir el misterio como tal. Lo evoca, no lo representa.
No estamos en presencia de esa profusa representación iconográfica, cada vez que más notoria en nuestra visualidad y que ha trascendido su profundo sentido religioso para convertirse en símbolo inequívoco de lo cubano, en su compleja dimensión espiritual, social y cultural. Nos referimos a lo auténtico, eso que ofrece muchas lecturas sobre las trampas que nos tienden las apariencias y la necesidad de buscar en lo profundo. En estas obras hay un compromiso y como todo arte, expresa los valores éticos que conmueven al artista y a su medio, a la vez que nos propone un testimonio de fe en la inteligencia humana para crecer.
Esta exposición contribuye a que permanezca como una realidad tangible la idea de Lezama Lima que Cintio Vitier apreso y nos dejó en Lo cubano de la poesía: “un dato histórico, un sucedido, una escena, una interpretación de la cultura o una leyenda, pasado su escasísimo tiempo de vigencia casualista y factual, solo puede vivir como imagen”.