Tras las columnas de La Periquera

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Por Erian Peña Pupo

Imponente y señorial, mirando de frente al visitante que insiste en fotografiarse junto a las amplias arcadas de su fachada neoclásica, se levanta en la calle Frexes con No. 198, entre las paralelas Libertad y Maceo, el Museo Provincial de Holguín “La Periquera”.

Foto: Kevin Manuel Noya

La construcción levantada en la segunda mitad del siglo XIX, sede del gobierno provincial, Casa Consistorial, durante 106 años, entre 1878 y 1984ha sido testigo silenciosa de la ciudad, su paso en el tiempo, sus avances, cambios… En las viejas fotos en sepia, con calles de tierra y campesinos a caballo, aparece La Periquera. Desde sus balcones observó crecer la urbe desde la vieja Plaza de Armas, también llamada Plaza de Isabel II, levantarse las principales edificaciones y erguirse, justo frente a sí, al cine-teatro Wenceslao Infante, hoy Teatro Comandante Eddy Suñol, muestra del mejor art decó cubano.

En su patio interior morisco transcurrió la primera función de cine en la ciudad, el 25 de noviembre de 1895. Desde esos mismos balcones habló al pueblo cubano, por primera vez, luego de desembarcar por Gibara proveniente de Nueva York, el primer presidente de la Cuba republicana, Don Tomás Estrada Palma. Pocos años después, el 20 de mayo de 1902, como parte de la ceremonia de constitución de la alcaldía, el edificio vivió uno de sus grandes momentos de nacionalismo cuando desplegó desde su balcón central, por primera vez, la bandera cubana. Más de medio siglo después hablaría a los holguineros el Comandante Fidel Castro, luego del triunfo revolucionario de 1959… Y además, cada año se inauguran, desde esos mismos balcones, las Romerías de Mayo.

La Periquera, constituida como museo provincial el 25 de julio de 1976, y merecedora de la categoría Monumento Nacional, el 10 de octubre de 1978, muestra en sus salas la historia holguinera desde las culturas precolombinas hasta los momentos actuales, además piezas decorativas, armas, documentos, numismática, filatelia, objetos curiosos, victrolas, relojes, y obras de arte de pintores y artistas de prestigio internacional, como el holguinero Cosme Proenza. Entre ellas, obras de singular significación como el Hacha de Holguín, objeto aborigen de evidente uso ceremonial, que se ha convertido en el símbolo de la provincia; la mortaja que cubrió el rostro del cadáver del Apóstol José Martí en uno de sus múltiples entierros; el Aldabón original de La Periquera, obra que se entrega a personalidades cubanas y extranjeras que han cooperado en el desarrollo cultural, científico o económico de la localidad, entre otras piezas históricas.

Pero cada construcción tiene su origen en el tiempo, e historias que pueblan imperecederamente sus columnas y ladrillos. El de La Periquera se vincula a un terreno perteneciente a Pepa Cardet, quien lo utilizaba como valla de gallos, actividad de gran popularidad en aquellos tiempos. Luego fue vendido al español Francisco Rondán para la construcción de un palacete, una casa diferente a todas las de la época en una ciudad modesta arquitectónicamente, si la comparamos con sus vecinas Santiago y Camagüey.

Bajo este propósito, Rondán, uno de los terratenientes de mayor poder adquisitivo en el territorio y dueño de varias fincas ganaderas e ingenios, inició la obra alrededor de 1860, la cual se extendió unos ocho años, según investigaciones de José Agustín García Castañeda. Con el estallido de la Guerra de Independencia en 1868, el inmueble comenzó a ser usado como fortaleza militar por el gobierno peninsular, mientras que algunas de las familias más influyentes del pueblo encontraron refugio allí. En los días sucesivos al estallido bélico, se produjo un ataque mambí bajo las órdenes del General Julio Grave de Peralta, del 29 al 30 de octubre de 1868. Era la Casa Rondán el único punto que faltaba por tomar en la ciudad y comenzó a ser atacada por los insurrectos desde la Plaza de Armas.

A la edificación habían sido llevados también todos los prisioneros, entre ellos la mambisa holguinera Juana de la Torre, a quien utilizaron para detener el ataque, petición a la que ella respondió sin miramientos asomada desde uno de los balcones: “Si debo morir bajo los escombros de este edificio para que triunfe la causa justa que no se detenga un momento el fuego del cañón”. Tras tal hecho nació el nombre de La Periquera, pues los mambises le gritaban a sus oponentes: “Salgan de la jaula, pericos”, en alusión a los colores de sus uniformes, los que identificaban la bandera española.

Desde entonces se estableció allí la Comandancia del ejército español, en un ala alquilada a los herederos de Roldán, y sirvió también de vivienda a varios gobernadores, entre ellos Agustín Peláez, que –según cuentan las leyendas que pueblan el conocido edificio– estaba casado con una bella y joven mujer, quien se enamoró perdidamente de un joven capitán del cuerpo de voluntarios. Los pobladores fueron dándole vida a esta relación hasta convertirla en una leyenda de amor y muerte…