Tomada por la danza

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Cómo olvidar el brillo en sus ojos y la ausencia en su voz cuando hace menos de un año conmocionado se despedía de Holguín, esa “segunda casa” que cada septiembre le recibía como al más querido de sus hijos, para darle vida a la Ciudad y convertirla en danza, en arte.

«Denle luz», les dice Yoel González. Foto: Wilker López

Pero la ausencia de la estrella del ballet internacional, Vladimir Malakhov, no ha mellado los esfuerzos de la Maestra Maricel Godoy por convertir su territorio nororiental en epicentro del arte de la cinética y la expresión corporal.

Por tal motivo ocupa la Ciudad de los parques por estos días la Temporada de presentaciones por el 27 aniversario de la Compañía de Danza Contemporánea Codanza, dirigida por la propia Godoy.

Los escenarios tradicionales son trascendidos en esta ocasión y de las lunetas del teatro se traslada la función a los bancos del céntrico Parque Calixto García, donde en la noche de este miércoles 25 los presentes disfrutaron de una propuesta equiparada en virtuosismo solo por la juventud de sus intérpretes.

Acariciados por la brisa, los sentidos se pierden entre las piruetas, el artista hace suyo el improvisado escenario y se convierte en centro del no tan casual espectáculo; así se conjugan las leves penumbras nocturnas del ocaso, con los intentos desesperados del bailarín por entregar su alma en un gesto, un movimiento.

La compañía Médula, de Guantánamo, fiel participante del Concurso de Danza del Atlántico Norte y Grand Prix Vladimir Malakhov, no podía ausentarse a tal festejo y, por ello, se unieron los muchachos de Danza Libre, todos ellos fusionados en el performance con los de la compañía anfitriona, para hacer gala de la noche con la simbiosis de talento y juventud.

Por estos días la ciudad acoge la Temporada de presentaciones por el 27 aniversario de Codanza. Foto: Wilker López

Hay magia en la linterna de un teléfono móvil: «Denle luz», les dice Yoel González, bailarín y coreógrafo, director de Médula y varias veces ganador del concurso nororiental; mientras guía la «improvisación»: son libres los artistas y recorren en un instante múltiples escenarios comunes para desentramar sus tragedias existenciales, vivir; así se apropian de lo que le circundan y lo hacen suyo en ese intento por exteriorizar pasiones, sentimientos.

Quizá sin comprender, o sorprendidos por el poco común evento, el espectador agradece, disfruta del espectáculo que se empeña en la idea del arte para todos, de trascender las absurdas fronteras de lo culto como algo propio de unos pocos, ajeno a casi todos.