Por Erian Peña Pupo
Rosario Cárdenas es una de las principales figuras de la escena contemporánea cubana. Premio Nacional de Danza 2013, la coreógrafa de María Viván, Dador, La Stravaganza, Zona-Cuerpo… estrenó en 2017 Afrodita ¡oh espejo! en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, obra que fue galardonada con un Premio Villanueva de la sección de Crítica e Investigación de la Asociación de Artistas Escénicos de la Uneac ese año.

La presentación por la Compañía de Rosario Cárdenas precisamente de Afrodita ¡oh espejo! en el Teatro Eddy Suñol, constituyó, sin dudas, uno de esos momentos particularmente especiales dentro de las jornadas de esta XXV edición de la Fiesta Ibero.

Rosario se adentra en un universo que le apasiona: la mitología. Tiende así lazos entre dos islas geográficamente lejanas, pero –como la propia obra nos confirma– con mucho en común: Chipre, en las aguas del Mediterráneo, y Cuba, anclada en el mar Caribe: “Siempre hemos creído que Afrodita era griega, cuando profundizas descubres que fueron los griegos quienes se apropiaron de esta historia cuando colonizaron Chipre y le otorgaron a esta deidad un lugar en su Olimpo. Lo interesante fue encontrar qué nos unía con esta diosa de las aguas, del mar, que nace de la espuma del mar”.

La obra establece un paralelismo entre Afrodita, la diosa del amor de la mitología griega, y Oshún, la deidad que representa ese sentimiento en la religión yoruba, extendida en Cuba. La cultura de ambas islas termina hibridándose: palpamos un armónico sincretismo cultural y religioso, un entramado artístico donde las fuertes imágenes, apoyándose en una visualidad refrescante y heterogénea, sobrecogen al espectador.
Con una puesta en escena dividida en diez sucesos en los cuales se narra una amplia amalgama de mitos mágico-religiosos que ostentan en su haber las culturas cubana y chipriota –los encuentros entre Eleggúa, Eros y Hermes para que surja el Hermafrodita, los nacimientos de Adonis y Ochún, la rivalidad que se desata entre Changó y Oggún por obtener los favores de esta–, Afrodita ¡oh espejo! parte de una representación donde prima la marcialidad, la rigidez de los movimientos, la perfección formal y tecnicismo de los bailarines en escena, propios del arte chipriota y griego en su primer momento. “Fue muy estimulante cuando trabajamos la primera escena, inspirada en figuras del período protogeométrico, entrar en esos detalles, que pudieran comprender que los dioses de la antigüedad y los seres humanos tenemos los mismos conflictos, dudas, contradicciones; unos nos representamos en otros”, comenta Rosario.
La obra –como las relaciones entre los dioses– va in crescendo a medida que lo pasional y la sensualidad ocupan la escena, mediante el desempeño de los excelentes bailarines (asumen otro reto al presentarse indistintamente como protagonistas y cuerpo de baile) y los elementos de un montaje orgánico, para nada gratuito ni redundante: las cañas y uvas –atributos simbólicos referidos a ambas culturas: ron, aguardiente, la cubana, y vino, la chipriota, respectivamente–, así como la simulación de embarcaciones, metáforas del viaje, y la presencia de girasoles y calabazas, que refuerzan las imágenes como tributos a la diosa de las aguas dulces, el amor y la fertilidad.

Afrodita ¡oh espejo! resulta una coreografía plásticamente atractiva, atrevida, sugerente, a partir de imágenes, sensaciones, música, movimientos… Es de destacar, además de la creación coreográfica y la puesta en escena de la propia maestra Rosario Cárdenas, la composición musical, orquestación y dirección del maestro Frank Fernández, Premio Nacional de Música; los diseños de luces y escenográficos, sobrios, casi parcos, de una inmediatez necesaria, de otro Premio Nacional de Danza: Carlos Repilado; el diseño de vestuario, sencillo, sin altisonancias, de Alisa Peláez; y la asesoría histórica de Stelios Georgiades, encargado de Negocios de la República de Chipre en Cuba.
Afrodita… nos reafirma esa cita constante con el riesgo y el espacio, ese deseo de explorar y revitalizar códigos, que tiene Rosario Cárdenas y su Compañía, y el lugar que ocupan en el parnaso –de los dioses y los hombres– de la danza contemporánea cubana.