Si le digo que Alfredo Ramón Jesús de la Paz Fuentes Ponsfue un artista autodidacta puede que le cause dos sorpresas, primero por no conocer su nombre completo, y en su lugar el artístico, Fidelio Ponce de Leóny Henner, o porque la obra de este camagüeyano, para los academicistas ortodoxos, es inconcebible, pues sin viajes al extranjero, ni formación institucional, se consolidó como una de las más importantes del país, y todo ello solo a través de los libros.

Corría el año 1895 en la Ciudad de los Tinajones cuando nació este heredero de la pintura clásica, específicamente de Murillo y El Greco-sus favoritos-, y de otras fuentes modernas como Modigliani, por la vertiente de los expresionistas.
El fatalismo geográfico melló en las referencias biográficas, aunque su existencia novelesca estuvo matizada por el alcoholismo, las enfermedades, pobreza y marginalidad. Pero lo cortés no quita lo valiente, y al prodigio camagüeyano nadie puede reprocharle su dedicación absoluta al arte, así como la intensa producción y creatividad que se plasma en una vasta obra.
Su primera muestra personal, Lyceum, 1934, fue una revelación en la capital del país, pues no es hasta esta década del pasado siglo que comienza a ser conocido, en parte por su asistencia a una tertulia habanera donde se encontraba con Portocarrero, Mariano, Arche y Arístides Fernández, entre otros referentes del panorama pictórico cubano.
Los temas clásicos en una paleta fantasmal de blancos, grises y ocres, definen el haber de una figura singular e inclasificable dentro del modernismo insular, del que fue uno de los representantes y defensores más apasionados, donde es notable además su desentendimiento a todas las preocupaciones nacionalistas, pero, a pesar de no ser uno de los pintores más críticos con el gobierno imperante, supo traducir el sufrimiento y la desesperanza de un país en decadencia.
Por estos años participó en las más importantes muestras colectivas que consolidan en Cuba los valores de la modernidad, para llamar la atención de Pierre Loeb, quien lo incluyó, junto a Lam, en su Voyages a travers la peinture, donde destaca sobre la pintura de Fidelioque se encuentra “por primera vez ante una obra sin atavismo alguno”.
Óleos que mezclan de figuras alargadas, monocratismo, abstracciones sobre la religión, enfermedad y la muerte, tipifican su obra, en la que destacan piezas como “Paisaje”, expuesta por primera vez en el Salón de Bellas Artes, en 1934,“Tuberculosis”, y” Beatas”, las más famosas, en esas mismas donde se logra un consenso del blanco y los colores ocres, de tristeza y luz.

Entre 1935 y 1940, etapa considerada de reafirmación de su estilo único, crea las obras Rostros de Cristo y Mi prima Anita, por su parte, en 1941, nació Rostros, dos años más tarde de habérsele diagnosticado tuberculosis.
El pintor de las miserias humanas esperó con resignación hasta sus últimos días, en 1949, luchando entre un físico deteriorado por el alcohol y la tuberculosis, pero con la mente lúcida, invocando la fantasía del cubano, su arte y sus deseos.
Exposiciones entre las galerías norteamericanas como el Delphic Studio, de Nueva York, y otras en Boston y Massachusetts, fueron, en su momento, bien celebradas por la crítica.