Arte para comunicarse

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“(…) fue la primera que supo recoger nuestro color local y trasladarlo a cuadros de enorme belleza y a obras maestras en la plástica”.  

Así la definió Portocarrero.

La timidez de Amelia cuando niña no le impidió encontrar una vía para exteriorizar ese maravilloso mundo que llevaba dentro, fue en el arte donde encontró la forma más prolífera de comunicarse.

A Yaguajay le debemos los toques mágicos en sus naturalezas muertas, obras de cerámica y vitrales. Foto: Internet

A Yaguajay le debemos los toques mágicos en sus naturalezas muertas, obras de cerámica y vitrales, incluidos en un legado eterno de arte y destrezas técnicas reconocido no solo en Cuba, sino internacionalmente.

Sobresaliente desde la Academia de San Alejandro, lo joven pupila fue una de las preferidas del maestro Leopoldo Romañach, otro de los artistas relevantes de las artes plásticas cubanas; no es de extrañar entonces que por su talento en 1924 realizase la exposición de sus primeras obras con gran éxito.

Provechoso fue su viaje por varios países de Europa a través del cual se relacionó con prestigiosas personalidades de la cultura como Picasso o la célebre pintora, escenógrafa y decoradora rusa Alexandra Exter, quien influyó notablemente en su carrera.

Para mediados de 1930, luego de su regreso a la Isla, se sumergió totalmente en la pintura para convertir su casa en un en taller; es por esta etapa que comenzó a incorporar elementos de la arquitectura tradicional cubana en la naturaleza muerta.

Pionera en Cuba de lo que se conoce como el lenguaje entre signos, la incursión de Amelia en la cerámica contribuyó a legitimar esta manifestación dentro del país. Destacan además en su haber, murales como la fachada del majestuoso Hotel Habana Libre, “Frutas Cubanas”, obra de 69 m de largo y 10 m de alto: predominan en su estilo cromático ocho tonos de azul, así como blanco, negro y gris, configuración para lo que fueron necesarias cientos de miles de pequeñas piedras de pasta de vidrio.

La cotidianidad, las tareas domésticas, con un marcada perfil hacia lo femenino, comprenden las temáticas más frecuentes en sus obras, entre las que puede citarse “La costurera”, “Las dos hermanas” y “Las muchachas”.

Pionera en Cuba de lo que se conoce como el lenguaje entre signos, la incursión de Amelia en la cerámica contribuyó a legitimar esta manifestación. Foto: Internet

Amelia Peláez alternó sus producciones pictóricas con trabajos realizados en barro, los cuales están considerados con justeza total como iniciadores del surgimiento de una nueva forma de arte, criterio sustentado, ante todo, por sus labores de decoración de las formas de la alfarería tradicional.  La resonancia nacional de su quehacer en este género, la promueve al frente de un significativo proyecto artístico a través del cual comienza a realizar estudios de las posibilidades expresivas de la pasta blanca porosa.

La cerámica abrió el horizonte artístico de Amelia hasta límites inimaginables entonces. Sus obras se manifestaban desde pequeñas vasijas y recipientes de arcilla, hasta una prolífica producción a escala ambiental de placas y losas destinadas esencialmente a la construcción de enormes  murales en edificios públicos de La Habana, entre los que sobresalen los del Hotel Habana-Hilton (hoy Habana Libre) y el realizado en el edificio del Tribunal de Cuentas, donde hoy radica, en la antigua Plaza Cívica (hoy Plaza de la Revolución José Martí),  el Ministerio del Interior, además de otros emplazados en la escuela José Miguel Gómez de La Habana, la Escuela Normal de Santa Clara y el Mural transportable de El Caney, en Santiago de Cuba, así como en el vestíbulo del Edificio Esso, en el Edificio de la Comunidad Hebrea, en el Vedado, y en la capilla de la Casa Salesiana Rosa Pérez Velasco, en Santa Clara, con la figura central de San Juan Bosco, entre muchos otros proyectos.  El último de los murales en que participó fue el de creación colectiva,  concebido con motivo de la inauguración, en la capital cubana, del XXIII Salón de Mayo de París.

“Hasta donde sé, mi pintura nunca ha sufrido cambios bruscos. Cuando me he visto en una encrucijada, en una problemática situación en que debía escoger entre varias posibilidades me decidí por…todos. En este sentido, como en otros, siempre he sido aventurera…”, así definió en una ocasión la artífice sobre esta suerte de espiral ascendente que va revelando un modo de expresión artística muy particular, sincero y, ante todo, en correspondencia con sus intereses inmediatos.

Pero quizás lo más significativo de su obra es la imperante necesidad de exaltar-tanto en sus dibujos, pinturas, cerámicas e ilustraciones-, los valores más significativos de cubanía, definiendo una obra, ante todo, ecléctica, a través de un estilo cimentado sobre la base del conocimiento y la experiencia acumuladas hasta su retorno a Cuba, que es cuando puede entonces hablarse ya de una orientación férrea en su arte, de un estilo sólido y único.

“No me interesa copiar el objeto. A veces me pregunto para qué pintar naranjas de un verismo exterior. Lo que importa es la realización del motivo, con nuestra personalidad, y el poder que tiene el artista de organizar sus emociones. Esa es la razón por la cual rompí deliberadamente con las apariencias. Una de las grandes adquisiciones de los artistas de hoy es haber encontrado la expresión por el color”, así definió la prominente creadora sus realizaciones inspiradas en temas alegóricos a la mujer, a la arquitectura colonial, a la flora y la fauna isleñas.

Sin dudas, Amelia Peláez fue una de las grandes mujeres del arte latinoamericano. Foto: Internet

Sin dudas, Amelia Peláez fue una de las grandes mujeres del arte latinoamericano. En enero de 1968, tres meses antes de fallecer, recibió la Orden Nacional 30 Años dedicados al Arte, pero su mayor trascendencia radica en su fecundo legado a la cultura nacional y, por qué no, a la de las Américas.