Romañach: vocación y entrega absoluta

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“Cuando se pinta con sinceridad, puede hacer cada cual lo que quiera, sin límite a nadie”.

Inefectivos los intentos de frenar la vocación, o desviar su atención hacia otro ámbito cuando está bien arraigada: a Leopoldo Romañach Guillén el arte lo atrapó incluso antes de que lo supiera y, a pesar de los intentos de su padre por convertirlo en comerciante, fueron el óleo y el lienzo quienes preponderaron por encima de las ciencias exactas.

Allá por 1862, en el poblado de Sierra Morena (Corralillo), en la provincia de Villa Clara, nació el hijo de Baudilio Romañach, catalán, e Isabel Guillén, de nacionalidad cubana. Huérfano de madre a los cinco años, el pequeño emprendió viaje a Europa junto a sus hermanos en España para vivir gran parte de su infancia.

La niña de las cañas, un referente entre sus más conocidas obras. Foto: Internet

Independientemente de los esfuerzos de su padre para que se adentrara en la actividad comercial, no obtuvo grandes logros en ese campo, pues la pintura era su verdadera afición.

Su primer contacto con el mundo de las bellas artes fue en Barcelona, siendo estudiante, cuando el Director del plantel lo llevó a visitar una exposición del artista catalán Fortuny. Posteriormente, en un viaje a Nueva York, se acercó a los cuadros de célebres maestros de la antigüedad en el Museo Metropolitano, donde las repetidas visitas le propiciaron captar la técnica de diversas obras de arte y aprender a establecer distinciones entre una y otra.

Luego de varios meses en Estados Unidos regresó al poblado de Caibarién, donde radicaba su progenitor, quien empeñado en la ilusión de que se dedicara al comercio, lo envió a La Habana, con 400 tercios de tabaco en rama para venderlos, pero el joven Leopoldo aprovechó su estancia en la capital para visitar al maestro Miguel Melero, director de la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, y suplicarle que lo dejara asistir a las clases de colorido, por lo que se despreocupó de la encomienda del padre y eso trajo como consecuencia que las relaciones entre ambos se enfriaran.

Con cada nuevo conocimiento Leopoldo sentía crecer el gusto por la pintura, no es de extrañar que en los cursos en los que matriculó obtuviera resultados sobresalientes. Cuando regresó a su pueblo, Don Francisco Ducassi, un amigo aficionado al arte pictórico, nieto de los marqueses de Casalaiglesia, Caballero del Santo Sepulcro, lo alentó en sus pretensiones de continuar y, desde su plaza de administrador de la Aduana de la localidad, influyó, junto al periodista Bácaro, para que la Diputación de Santa Clara le otorgase a Romañach una beca que le permitiera estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Roma, Italia. Allí fue alumno de los pintores españoles Francisco Pradilla y Enrique Serra, y del eminente maestro Filippo Prosperi, director del plantel.

La estancia en Europa propició el elogio de sus obras por la crítica, llamando la atención de los célebres maestros italianos Manzini e Innocenti; para esta etapa se relaciona además con artistas de renombre como tales como Morelli, Michetti, Durand y otros. De esta periodo de producción artística pertenecen los cuadros “Nido de Miseria,” que actualmente se exhibe en el Ateneo de Santa Clara, y “La Convaleciente”, perdida al hundirse el barco que la devolvía a la Isla tras ser premiada con medalla de oro en 1904, durante la Exposición Internacional de San Luis, en Estados Unidos.

Con cada nuevo conocimiento Leopoldo sentía crecer el gusto por la pintura, no es de extrañar que en los cursos en los que matriculó obtuviera resultados sobresalientes. Foto: Internet

Con la ayuda de Marta Abreu se traslada a New York, donde abre un estudio en la calle 13, al tiempo que establece contacto con altas figuras del patriotismo y las letras cubanas en el exilio como Raimundo Cabrera, José Martí, Gonzalo de Quesada y Méndez Capote.

Una vez terminada la contienda independentista de 1895, regresa a Cuba para dirigir San Alejandro, pero declina este honor modestamente ocupando el 20 de febrero de 1900 la Cátedra de Colorido.

Al regresar a Cuba, en su juventud, Romañach se dedica a pintar retratos al carbón y al creyón. A esta etapa de su labor inicial pertenece el cuadro Niña pidiendo limosna. Con el estudio de las nuevas teorías pictóricas del impresionismo para cambiar los esquemas tradicionales de la enseñanza en la academia, este creador emprende su primera etapa de creación, donde se evidencia una marcada énfasis hacia una concepción patética influenciada por el momento histórico-social en que se desenvuelve, de este periodo destacan Nido de miseria, La convaleciente, La abandonada y otras.

En un segundo período destacan los nuevos avances de la técnica pictórica, la tricromía y el impresionismo, corresponden a este sus obras La promesa, La última prenda, La muchacha del abanico, La vuelta al trabajo y El ex voto…

Para un tercer momento sobresale el abandono de los temas patéticos, es cuando desarrolla su más importante labor estética, lo cual podemos observar en Hizo modelos, Primavera, Campesina, En un rincón del estudio, Cabezas, Desnudo y su último cuadro, Impresionismo.

Galardones como la Medalla de Plata en la Exposición de Buffalo, en 1904; Medalla de Oro en Charleston; primer premio en La Habana, en 1912, en Panamá en 1915 y en Sevilla en 1929; condecorado por el Gobierno cubano con la Gran Cruz de la Orden de Céspedes en 1950, constan en su trayectoria artística, donde destaca como activo miembro de las principales instituciones mediadoras del arte. Es importante resaltar que, debido al impacto novedoso de su obra, Romañach es considerado uno de los pintores que inicia la transición a la pintura moderna en Cuba.

Debido a sus prolífera trayectoria se le confirió además el título de Miembro del Círculo Artístico Internacional de Roma, miembro de Número de la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba; así como Profesor Eméritus de su Cátedra y Director Honoris Causa de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro.

Su estancia en Europa propició el elogio de sus obras por la crítica, llamando la atención de los célebres maestros. Foto: Internet

En 1952, al año de su muerte, se realizó una importante exposición en el Capitolio Nacional de Cuba, en La Habana, con 400 de sus obras, como forma de homenajear la vasta trayectoria del prominente creador. En 1962, año del centenario de su natalicio, se realizó un homenaje en la Academia San Alejandro que cobró connotación internacional y donde quedó el testimonio no solo de su obra, sino de todos aquellos que apreciamos su obra pictórica y su amor por la docencia de esta especialidad.