La hermosa melodía le entregaba a los brazos de Morfeo, a veces acompañada de la guitarra, o solo a capella, pero no podía falta antes de dormir La Bayamesa en la voz de su madre. De tal forma quedó impregnada que años después legaría a la historia musical cubana su propia Mujer Bayamesa.

Entre la pobreza nació y dio sus primeros pasos, pero a la vez rodeado de talento autodidacta que para esas fechas era común por la ausencia de oportunidades para estudiar las artes: en un hogar con escasos ingresos nació Sindo Garay el 12 de abril de 1867, en Santiago de Cuba, donde nunca faltó sin embargo el encanto de la música: “En mi casa siempre había una, dos y hasta tres guitarras, sin contar las de mamá y papá”.
Así creció el chico, rodeado de amor por su tierra y cuentan que, en sus años de infancia, en pleno apogeo de la Gran Guerra de 1868, más de una vez llevó importantes mensajes de los patriotas cubanos. Son famosas las anécdotas de que, siendo apenas un adolescente, cruzaba varias veces la bahía de Santiago de Cuba, una de las más amplias del país, con órdenes y documentos de los laborantes cubanos contra España.
“¡Con lo grande que fue Pepe Sánchez, y yo, un vejigo, pude tocar las fibras de su sensibilidad! Él fue el único maestro que tuve en mi vida (…) tiene que figurar como precursor de la trova cubana”.
Así catalogó a su coterráneo, y es que el prestigioso creador santiaguero marcó hito en el joven talento: un día se atrevió a tomar la guitarra de uno de los habituales asistentes a las descargas troveras de su hogar y comenzó a intentar imitar lo que veía hacer a sus mayores. Luego de regaños e intentos fallidos el golpe en la puerta lo interrumpió. Era justamente el dueño de la guitarra, el propio Pepe Sánchez, quien enterado enseguida del “robo”, quiso escuchar los descubrimientos del niño. Aquellos mínimos acordes despertaron su emoción y un abrazo selló la certeza del surgimiento de un artista.
En broma, el trovador decía que su nombre era muestra de su ignorancia musical: Sin-Do, y que Sin-Do componía. Como ha demostrado la historia realmente no le hizo mucha falta saber y, luego de obtener su primera guitarra a los 16 años, comenzó a auto-alfabetizarse para, a pesar de que jamás aprendiera una nota musical, sus obras sean consideradas como lecciones de armonía y composición, al tiempo que aún reciba numerosos elogios por su increíble capacidad como creador.

Uno de los imprescindibles de la trova tradicional cubana es el autor de más de 600 obras que retratan la idiosincrasia cubana, su admiración por nuestra tierra natal, los paisajes, las mujeres y el amor, donde destacan Amargas verdades, Mujer bayamesa, Guarina, La tarde, Perla, Retorna y Tormento fiero, entre otras.
Una vida tan larga como prolífera fue la Sindo, quien alcanzó los 101 años de edad, periodo en el que pudo conocer a importantes personalidades como Guillermón Moncada, que de niño lo sentaba en sus piernas para oírlo cantar junto a su hermana, muy niña también, o a Julio Antonio Mella, y es probablemente el único que tuvo la oportunidad de estrechar las manos de José Martí y, posteriormente, Fidel Castro.
La Bayamesa, título muy utilizado por diversos autores cubanos en innumerables obras, es quizás su canción más conocida. Luego de una noche de serenata, al despertar en casa de un amigo, en cuyo patio había un paredón aún ennegrecido por el incendio de Bayamo, lo asaltó la inspiración y, allí mismo, en un simple papel cartucho, anotó los versos de su inmortal obra.
En julio de 1968, exactamente el día 17, moría a la edad de 101 años uno de los más grandes trovador de esta tierra de juglares. El festival de la trova de ese año se le dedicó a su memoria y su Bayamesa resonó en repetidas ocasiones a través de las voces de diversos trovadores. En su funeral se encendieron tabacos y cigarros porque así lo había pedido Sindo, quien encontraba en este vicio el placer de gran parte de sus horas.

No son necesarios los homenajes y calendarios para homenajear a quienes sembraron de sí en nuestra historia y cultura. Sindo Garay debe andar ron en mano y canción en ristre paseando serenatas en cualquier lugar de los tiempos. Gracias a su obra tenemos un escalón más desde el cual seguir inventando melodías, una pasión revivida entre sus coterráneos. Y desde entonces, cada vez que suena una guitarra con poesía entre sus cuerdas, alguna pícara sonrisa de trovador se enciende tras del aire y se da un trago a la salud de la trova.