De la pupila al pincel, la acuarela, el lienzo, el encanto de una Villa se resume en trazos minuciosos que escudriñan cada detalle para inmortalizar su terruño.

Novio de la mar, sus olas, admirador de la vegetación típica de esta zona costera, los cerros de la bahía al fondo, los viejos edificios coloniales en sus márgenes, imprime una Gibara que, luego de tantos años, sigue atrapándole como la primera vez, así como al visitante foráneo, alguna vez virgen de sus embrujos.
El pintor Luis Catalá deviene en uno de los más fieles gestores de la memoria de la Villa Blanca, él, reserva en su labor una forma de perpetuar la historia local a través de la paleta de colores.
Este poeta del pincel no busca reconocimiento por su obra, dibuja por satisfacción los trazos que emanan desde lo más profundo de su ser.
Personajes típicos no podía faltar a cada pincelada, de ahí que los pescadores de su obra representan el oficio de un gran número de gibareños, otrora, principal actividad comercial y de subsistencia de la villa, en esa semiótica del hombre humilde, sacrificado, curtido por la sal marina y el sol; en fin, un gibareño arraigado a las tradiciones culturales.
Una maqueta del poblado del Siglo XIX, congelado en el tiempo, nos regala a través de la panorámica arquitectónica, donde no pude faltar la iglesia y las casas coloniales, al tiempo que se recrean las escenas citadinas en un acercamiento lo más fidedigno posible a la realidad.

En ese reencuentro interminable con los orígenes del prominente puerto nororiental, así como con la notoria villa de la actualidad, Catalá se empeña en calcar el decursar de los años, pero también de la permanencia de las esencias, de cómo marca Gibara a sus habitantes, ese embrujo de su mar, su brisa, su cultura.