Por Bernardo Cabrera
Pareciera que La Jetée constituye una especie de ensayo filosófico sobre cuestiones que preocupan al hombre, al proponer un estimulante debate acerca de la verdad, la historia, el tiempo y, en síntesis, la existencia del ser humano.

La película comienza narrando la historia de un individuo que quedó marcado desde la niñez por presenciar el asesinato de un sujeto en el aeropuerto de Orly. Años más tarde, aparece en París, una de las ciudades más devastadas por la Tercera Guerra Mundial, donde es seleccionado para realizar un experimento.
Dicho experimento lo mantendrá regresando al pasado y viajando al futuro, sin saber que es perseguido por personas de su presente. En el momento en que decide encontrarse con su amada es asesinado en el aeropuerto de Orly, ante la cara angustiada de ella y el rostro curioso de un niño que es él mismo.
Este final circular constituye una paradoja, ya que existe una remota posibilidad de verse morir a sí mismo en distintos momentos. No obstante, lo que más cautiva del filme es que a pesar de la complejidad temática y formal de las imágenes, la utilización que se le da a las fotos fijas en blanco y negro provoca que en ningún momento parezcan estáticas. Cada una bien lograda en cuanto a composición, contraste, intención y emoción, demostrando que se puede hacer cine sin pensar en las reglas establecidas.

En la fotografía de esta obra de Chris Marker vemos que el plano, el encuadre y el ángulo –ante la ausencia de movimiento– juegan un papel fundamental para reflejar las devastadoras consecuencias de la epifánica guerra, así como para encontrar al hombre que realiza los experimentos, desde un contrapicado que le da poder hasta un picado que refleja el sufrimiento.
El empleo de una especie de stop motion le confiere originalidad a la película y recrea el movimiento. En tanto, el paso en ocasiones más lentos y en otros más rápidos refuerza los puntos clave de la narración, para llegar al clímax en la única imagen no estática: el parpadeo rápido pero sorprendente de los ojos de la chica sobre la cama.
Ese movimiento convierte a la escena en el recuerdo más vivo del protagonista y en lo más verídico para el espectador, erigiéndose en el punto de inflexión del argumento.
Pero La Jetée no está compuesta solo por fotos, también cuenta con el acompañamiento de un narrador omnisciente, lo cual permite que adquiera un sentido más vivencial y de identificación. Así logra captar nuestra atención y dota al conjunto de imágenes de una carga emotiva tan devastadora como la guerra que destruye a la ciudad.
La ambientación sonora merece también un aparte, pues los efectos de sonido a cargo de Trevor Duncan,además de armonizar, logran transmitir lassensaciones dramáticas. Por ejemplo, los susurros inquietantes y los latidos del corazón cuando el prisionero es inducido al sueño nos sumergen más en la historia y nos remiten a cierta escenificación de la tortura. Esto provoca que el filme no sea plano y le aporta una mayor dinámica y ritmo.
Otro acápite relevante es que nunca se mencionan los nombres de los personajes, para que cualquiera pueda sentirse identificado con ellos. A su vez, el anonimato de los protagonistas añadido al estilo de narración ayuda a crear un clima de intriga y suspenso que nos deja expectantes.

Pero lo más asombroso de La Jetée es que su realización no fue prevista de esta forma desde un inicio, sino que surgió como alternativa a un accidente. Tras perder gran parte de las grabaciones su director tomó la decisión de hacerlo solo con fotos y lo que para ellos fue una salida, hoy se erige en una genialidad del cine a la cual vale la pena dedicarle 27 minutos.