45 años de un infante redivivo

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Por Abel Castro Sablón

Guillermo Cabrera Infante nació en Gibara el 22 de abril de 1929. Sus padres eran comunistas convencidos y bajo esta condición vivió o, mejor dicho, aprendió a sobrevivir y a los siete años sufrió prisión a causa de la represión que padeció el comunismo en esa época.

Precisamente, esta fue la causa principal por la que sus padres decidieron trasladarse para La Habana en 1941, en el inicio mismo de la adolescencia de Guillermo, a quien, probablemente, este cambio de escenario, de amigos, de “iluminación” (en el solar al que se mudaron casi no entraba el sol) le reforzó una condición que ya padecía: la timidez.

La nueva vida de Cabrera Infante se le antojaba poco promisoria y agónica, lejos de todo lo que había conocido y amaba, incluyendo a su primer amor: una prima hermana de ojos verdes que le “descubrió el amor y los celos”. Sin embargo, en este nuevo escenario fue descubriendo nuevas realidades, fantasías y pasiones.

Fotos tomadas de Internet

Es precisamente en este contexto en que se nos empieza a narrar la historia de La Habana para un infante difunto, cuando, el 25 de julio de 1941, como él mismo dice con exactitud que comenzó su adolescencia; la llegada al solar (que él llamaría falansterio) de Zulueta 408 le abrió las puertas de una nueva educación. Aquí él va adentrándose cada vez más en el mundo amoroso, primero, con la inocencia de la timidez y, luego, con la consumación en la madurez.

Este es un libro de obligada lectura para quienes quieran entender el carácter sexual de los cubanos. Guillermo Cabrera Infante esboza perfectamente la vida habanera antes de la Revolución y asombra con lo que parecen confesiones autobiográficas sobre sus preferencias sexuales y sus propias vivencias, amén del joven que va en la búsqueda del amor y el sexo, y la vida le va abriendo las puertas (¿piernas?) cada vez más.

Pero no solo es de sexo el viaje de Cabrera Infante, sino que, a la vez que va escudriñando en la sexualidad, va introduciéndose en otras pasiones como el cine, la música y la literatura. Mediante su verbo, nos lleva en un recorrido turístico por los múltiples cines de la capital y se puede, incluso, caer en una sinestesia (¿cinestesia?), al calor de las emociones descritas por el autor, que vivió su juventud de cine en cine buscando sexo y de posada en posada, consumando el acto.

El solar en la Habana Vieja es otro de los protagonistas de la historia. Sus inquilinos con sus oscuros secretos y deseos inconfesables o no. Viejos edificios que han acogido desde siempre a los habaneros de menor poder adquisitivo, que le aportan a Cabrera Infante una “fauna social” extremadamente exótica y rica en experiencias, modus vivendi.

Resultan impactantes en el trayecto por la vida sensual del autor varios detalles: primero, sus más íntimos pensamientos en cuanto al sexo, plasmados con desparpajo en el texto; una característica fundamental de la cubanía presente en el libro. Lo segundo, el descubrimiento de que la jerga sexual habanera no es de nueva invención, sino que incluso en una década tan lejana como la de los cuarenta ya se utilizaba.

CAPÍTULO I: FUNCIÓN CONTINUA EN LA CASA DE LAS TRANSFIGURACIONES.

La Habana para un infante difunto, en comparación con otras obras de Cabrera Infante, es un libro menos experimental, sobre un escritor en busca de sí mismo, de un adolescente que va en busca de la adultez y, a la par, va descubriendo (a veces sin quererlo) el amor, el sexo, la musicalidad y la música; el cine como fenómeno y como espacio, ese espacio que se hace recurrente en la obra, como un leitmotiv obligado.

La Habana para un infante difunto recrea los recuerdos de niñez y adolescencia de un narrador siempre innominado, pero que es fácil identificar con Cabrera Infante ya desde el guiño del título. Más de un elemento de la biografía del narrador coincide con la del autor; incluso alguna descripción física, por ejemplo, al contar que le apodaban “el chino” por la forma de sus ojos, aunque, que el supiera, no corría sangre asiática por sus venas.

El tiempo narrativo abarca dos décadas: concretamente desde 1941, año en que la familia del narrador se instala en La Habana, tras emigrar de Gibara, un pueblo cubano de la provincia de Oriente; hasta 1959, cuando triunfa la Revolución.

En la primera y segunda páginas de la novela, el narrador sube una escalera en La Habana, recién llegado del pueblo: “No sólo era mi acceso a esa institución de La Habana pobre, el solar (…), sino que supe que había comenzado lo que sería para mí una educación”.

La Habana para un infante difunto recorre durante dos décadas el aprendizaje sexual o amoroso del narrador; más o menos desde que tiene doce años hasta que alcanza los treinta. Los capítulos son de muy variada extensión: desde dos páginas hasta más de cien; y existen dos premisas lógicas bajo las que están construidos: o bien se narra todo lo que sucedió (relacionado con el amor y el sexo) en un lugar (o lugares); o bien se narra todo el tiempo que dura una relación con una mujer en concreto.

En el capítulo inicial, titulado La casa de las transfiguraciones, la familia del narrador se instala en un solar de La Habana, al que él empezará a llamar “falansterio”. En este edificio de pobres se comparte el baño y casi la vida con los vecinos, puesto que en muchos casos sólo una tela hace de puerta.

El narrador nos hará un recorrido por su falansterio al albor de haber tocado un pecho aquí, haber visto unas nalgas allá… Algo parecido ocurrirá más avanzado el libro, cuando ya el protagonista alcance la adolescencia, y sea en la oscuridad de los cines donde pretenda “conocer”  mujeres, mediante la técnica de sentarse cerca y rozar.

Son más notables, en todo caso, los otros capítulos señalados, aquellos en los que la presencia de una mujer toma la suficiente importancia en la narración como para que el autor nos hable de su relación con ella durante, por ejemplo, cincuenta páginas. La Habana para un infante difunto gana en estos pasajes, porque las memorias de este Don Juanito de La Habana (como se hace llamar con comicidad el narrador a sí mismo, burlándose de su enjuta presencia física) fluyen mejor en el tiempo.

En La Habana para un infante difunto, la narración tiene el defecto de hacerse un poco reiterativa en aquellos capítulos que evocan lugares, y que quizá su no carácter de novela social, no permite leer unas memorias sobre los años 40 y 50 en La Habana que solo hablasen de relaciones sexuales o amorosas.

Aunque es muy probable que en más de una de estas páginas muchos hombres  se hayan enfrentado a los recuerdos de su propia historia sexual o amorosa, y que si bien no todas las páginas avanzan con la fluidez deseada, no se puede negar que el ingenio de Cabrera Infante a la hora de usar (o crear) el lenguaje hace que cada página de este libro contenga más de un hallazgo que celebrar.

 

CAPÍTULO II: PANORAMA DE LA HABANA

En La Habana para un infante difunto el autor no se enfoca en hacer una descripción detallada de locaciones o situaciones típicas habaneras de la época, salvo, quizás, las escenas cotidianas en el solar. Aunque sí aparecen esporádicamente, elementos ilustrativos de la vida citadina de aquellos años.

Otros elementos que van apareciendo paulatinamente son los vocablos empleados en La Habana de mitad de siglo y los objetos o cosas que estos designan; muchos de ellos se mantienen hasta nuestros días, como es el caso, por ejemplo, del “reverbero”, especie de cocina con alcohol, altamente inflamable, creada por el ingenio de la necesidad del cubano.

Cabrera describe de manera ilustrativa la vida cotidiana en el solar; el uso de la cocina colectiva y el baño colectivo, con servicio colectivo, elementos todos a los que el narrador hace rechazo por atentar contra la privacidad. Precisamente este es otro aspecto tocado por Cabrera Infante, la privacidad de los cuartos, o mejor dicho, la poca o nula privacidad de estos, pues muchos solo tenían por puerta, una cortina.

Pero, por ejemplo, no se preocupa por describir otros fenómenos sociales como la situación que vivía Cuba, específicamente La Habana, durante la Segunda Guerra Mundial, en la que la Isla se veía involucrada “al menos nominalmente” y a lo que el narrador apenas se refiere en el libro como “la guerra”.

CAPÍTULO III: ¡MÚSICA, MAESTRO!

En La Habana para un infante difunto, Cabrera Infante hace uso constante de la flexibilidad que le permite el lenguaje. Así, va nutriendo el texto de constantes juegos de palabras, aliteraciones (y alteraciones), con fines estilísticos pero también en busca de la musicalidad de un discurso.

El lenguaje en muchos casos es creado por el autor cambiando una letra, o unas pocas letras, de una palabra para significar otra cosa por asociación, o se usan palabras que suenan de forma parecida. Entre los juegos de palabras se encuentran, por ejemplo, estos: “Camarada sin cama”; “columnas, más toscas que toscanas”; “mi pene y yo –socio sucio–”. Las aliteraciones también son frecuentes: “le dio un vuelvo veraz a su voz”; “coto de caza del coito”, y las paradojas: “No sé cómo mi timidez se atrevía a tanto: creo que de no haber sido tan tímido no habría sido así de atrevido”.

En esta novela se hace un uso excepcional de los acentos y de la rima que le dan un toque de composición musical, como de Jazz, a la vez que juega con el sentido de las palabras, siempre bien intencionado y dirigido a un objetivo estilístico y narrativo.

Pero también la composición musical tiene su espacio en la obra, aunque un poco elitista, hay que decirlo, quizá por el gusto del autor. Es por ello que se hacen referencias constantes a clásicos, en especial a Claude Debussy, con cuya obra La plus que lente intitula uno de los capítulos Cabrera Infante. Es también el recordatorio de su primera mujer “Julieta”, quien se extasiaba sexual y auditivamente con “El mar”, de Debussy.

CAPÍTULO IV: LA SONRISA DE UN INFANTE

Además de la exuberancia del lenguaje recordado o inventado, es destacable también el sentido del humor. Más de una vez el lector se hallará riendo ante un juego de palabras; y en este sentido el libro es profundamente literario, ya que no solo nos reímos de las situaciones propuestas, de las interacciones cómicas entre los personajes (aunque esto también abunda en la novela), de lo que podría ser con facilidad transferible a una pantalla de cine, sino de la forma en la que la escena está creada, de la forma de expresarlo, de lo que sólo pueden crear las palabras como arte independiente del cine.

El otro aspecto infaltable en la obra de Guillermo Cabrera Infante es la jocosidad, que está presente en todas y cada una de las páginas del libro. El autor, por momentos satiriza situaciones o les proporciona una vis cómica aprovechando el lenguaje, por ejemplo, en el pasaje en que describe: “Sucedió que María Montoya envió a su hija Socorrito a un mandado (…) Pero doña María (…) tuvo una súbita inspiración y (…) se asomó al balcón y empezó a gritar a su hija: ´Socorro, Socorro´. (…) Pronto hubo una alarma generalizada ante aquellos gritos de ayuda urgente emitidos por una matrona en apuros (…).

Son muchísimas las situaciones como esta que Cabrera nos regala con su maestría para lo hilarante y lo que él mismo llamara “tono musical” en su lenguaje.

EPÍLOGO

Guillermo Cabrera Infante fue un hombre que nació y vivió por tres motivos: la literatura, el cine y el amor. Estos tres elementos se dan la mano y andan juntos por entre los vericuetos de La Habana de los años 40 y 50 en cada una de las páginas de La Habana para un infante difunto, sin duda todo una obra maestra de la literatura cubana y castellana del siglo XX.

Cabrera se nos muestra con desparpajo, pero a la vez con la elegancia y sutileza que solo poseen los genios, y nos llena los ojos con sus historias de amores y desamores, de cinefilias y parafilias. En sentido general, es una narración fluida y enfocada hacia adelante, aunque por momentos se haga reiterativa.

La utilización de la primera persona en el narrador apresa al lector desde el inicio mismo de la obra, casi obligándole a subir esas escaleras con él, para hacerle cómplice inseparable durante todas sus aventuras y desventuras, más como un voyeur literario que como lector.

El poder cinematográfico que posee Guillermo Cabrera Infante por momentos embelesa y enamora, y nos desvía la mirada lejos de lo que nos quiere decir, solo mediante lo sugerido más que lo implícito, regla básica de la buena literatura.

Es por ello que  La Habana para un infante difunto es obra de obligada lectura y estudio, tanto por su riqueza lingüística como sicológica. No es de extrañarse, entonces, que esta sea reconocida por muchos críticos y estudiosos como su obra maestra, aunque la más conocida y reconocida sea Tres tristes tigres.

La Habana para un infante difunto está cumpliendo, en este 2020, 45 años de haber sido escrita. Fue la obra de honor publicada con motivo de la entrega a Cabrera Infante del Premio Cervantes de Literatura en 1997, lo cual sumó a este escritor a Alejo Carpentier y Dulce María Loynaz como los únicos cubanos en recibirlo. Cabrera Infante es, tal vez junto a Carpentier, el autor cubano del siglo XX más leído y estudiado.