El costumbrismo de “El curioso parlanchín”

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Por Bernardo Cabrera

Diversos son los nombres de los intelectuales que dejaron impregnada su huella en Cuba. Uno de los más polifacéticos y sobresalientes fue el historiador, abogado y periodista, Emilio Roig Leuchsenring.

Su labor como historiador de La Habana desde 1931, aunque es la más conocida, no fue la única relevante. Como costumbrista, legó a las generaciones posteriores diversos personajes, frases populares y tradiciones de la sociedad cubana de entonces.

Tal vocación periodístico-literaria quedó recogida en centenares de artículos, pintados al detalle con fino humor, que aparecieron en disímiles secciones como Rasgos y Rasguños o Personajes y Personillas, en Gráfico; Habladurías, en Carteles; y otras en Social, considerada como el más grande alarde de revista de alto tono, tanto en el campo literario como en el gráfico.

Junto a su inseparable amigo y artista Conrado Massaguer, transformó a Social de un magazín frívolo en una maravillosa publicación, en cuyas páginas la gráfica art decó acompañó el espíritu innovador de sus trabajos.

Una muestra de su innato humorismo y obsesión por el más mínimo detalle fue que nunca firmó con su nombre. Seudónimos como El curioso parlanchín, Enrique Alejandro de Hermann, Hermann Leuchsenring, U. Noquelovio, U. Noquelosabe, Juan Matusalén Junior y Cristóbal de La Habana, quedaron estampados al pie de cada uno de sus textos vernáculos.

Su veta costumbrista quedó recogida significativamente en el libro El caballero que
ha perdido a su señora, pequeña colección de 12 artículos de costumbres cubanas, publicado en San José de Costa Rica, por iniciativa de José María Chacón y Calvo.

En 1937 disertó sobre el relajo, como parte del ciclo de conferencias sobre folclor que organizó la Institución Hispanocubana de Cultura, bajo el título de “Tendedera
de Costumbres Cubanas”, en lo que constituyó una provocadora alusión a la sociedad habanera. Esta alocución fue elogiada por Don Fernando O
rtiz en epístola al historiador.

En 1962 escribió La literatura costumbrista cubana de los siglos XVIII y XIX (obra en cuatro tomos editada por la Oficina del Historiador), uno de sus trabajos postreros y que aún no ha sido superado.

A su pluma no escapó ninguna cuestión de la sociedad, al abordar y cuestionar las más disímiles temáticas: los vagos, la muerte, la infidelidad, la rebeldía, las carencias, el chisme, las bodas, fiestas y cenas; los piropos, el exceso de profesionales, los velorios, la mujer, la religión, la profesionalidad, los oradores…

La investigadora Alicia Conde Rodríguez, al referirse al ejercicio periodístico desarrollado por Roig, afirmaba que en el panorama republicano ningún otro intelectual cubano denunció tan sistemáticamente las negativas costumbres adquiridas por el pueblo cubano desde los años de la colonia.

¿Se puede vivir en La Habana sin un centavo?, se preguntaba con solo 23 años en su primer artículo de costumbres, premiado en un concurso de El Fígaro. El texto fue calificado por Max Henríquez Ureña como ejemplar artículo de costumbres y una muestra cabal de artículo humorístico, en su Epístola literaria sobre el costumbrismo y el humorismo.

vivir en La Habana sin un centavo era solo un atisbo de lo que resultaría su quehacer periodístico futuro, en el cual asumiría, con la vertiente costumbrista, uno de los signos de identidad del carácter cubano.

Gracias a su vocación, quedaron grabados para la posteridad los infortunios del médico de los muertos; las infinitas variedades de pesados; las figuras de los novios de balcón y de ventana; las travesuras de los mataperros y bufones modernos; el muy abundante tipo de familia distinguidísima; las peripecias del conocido joven; las penurias de los maridos carceleros; los atributos de la niña precoz…

Roig satirizó a la incipiente clase media con pretensiones de ascender en la escala social a cualquier precio, y las conductas indeseadas, como los matrimonios por conveniencia.

Al preocuparse por el destino de la mujer casada, dependiente económica y socialmente del esposo, se erigió como defensor genuino de los derechos femeninos pues, con su prédica, contribuyó a combatir las divergencias que aún predominaban entre las propias cubanas.

Sus artículos, redactados con un lenguaje sencillo, directo y coloquial, eran de fácil comprensión y asequibles para todos los lectores. En una ocasión él mismo manifestó que eran para grandes mayorías y no tenía tiempo de ponerse a dorar la escritura.

Cada trabajo estaba relatado con animación dramática, lo cual confería vida a sus personajes, en un ejercicio de observación y descripción sorprendentes, hasta tal punto que, en algunos, reproducía el habla tal cual era. Es el caso de De la farsa política, artículo aparecido en El caballero que ha perdido su señora, y en el que la descripción del personaje gana en autenticidad, gracias a la casi transcripción fonética.

Sus escritos incorporaban un trasfondo de crítica social, en los que reflexionaba sobre la sociedad a la par que la describía, en una especie de disertación filosófica con mayor sobriedad.

El amor por su tierra se manifiesta en la reiterada alusión a sitios e instituciones relevantes de La Habana como el Teatro Nacional, la Calzada de Galiano, la calle Obispo, el Paseo del Prado, el Capitolio, el Malecón, el Yatch Club, la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, La Tropical, el Palacio Presidencial y el Ateneo.

Para recrear la forma de hablar de entonces se val de un amplio uso de vocablos en inglés y francés, comobaseball, smart set, high life, beefs teak, one step, sportsman, sandwichs, home, cocotte, toilette, matinée, buffet, jeune filles, chauffeur,

Con ese mismo objetivo empleó cuantiosamente refranes y frases populares:
“Más vale ser
cabeza de ratón que cola de león”, “A ese no lo salva ni el Médico Chino”, “Ese gallego debe aplatanarse”, “Hay que meterse de colado”, “El temor de quedarse para vestir santos”, “Para que aflojen la mosca”, “Ese padece de logorrea”.

Su imaginario era resultado del amplio dominio de las temáticas abordadas y las conversaciones que entablaba con representantes de todos los estratos sociales. De ahí que siendo muy joven parecía que hubiera presenciado otras vidas.

Su maestría le permitió jugar a su antojo con cada tema, asestándole a cada trabajo una aguda ironía y un tono humorístico para abordar, incluso, cuestiones desgarradoras como la muerte o de discreción como la vejez:

Pero si son viejas y feas, lo mejor que pueden hacer, es arrojarse desde lo alto de la Farola del Morro ¡Tal vez encuentren algún tiburón compasivo que se apiade de ellas!

Tampoco quedó excluido de su redacción el amplio acervo de sus conocimientos artísticos:

Tiene pasión por los versos de Bécquer, Zorrilla y Campoamor. Lee, a veces a Lamartine y a Hugo; pero prefiere las novelas de Carlota Braemé y la Invernizio y sobre todo María, de Jorge Isaacs. Ha leído también, aescondidas de su madre, algunas novelas de Prevost, y Zamacois y Trigo.

Al retratar y criticar las tradiciones de una manera detallista y casi fotográfica, Roig de Leuchsenring obliga a mirar alrededor para buscar similitudes y diferencias, en un encomiable intento de culturización de la nueva burguesía republicana.

De esa forma, moldea en las páginas de encomiables publicaciones periódicas las venturas y vergüenzas de esa clase social, desarraigada de un compromiso nacionalista por las circunstancias geopolíticas de la Isla y su propia estirpe.

He ahí su gran aporte que, aparejado a su inagotable creatividad, agudeza y humor, nos hace reflexionar y sonreír ante el ameno costumbrismo del curioso parlanchín.