Amistad funesta, una novela autobiográfica

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Por Bernardo Cabrera

Quiso el destino o tal vez la escasa bibliografía disponible que me enfrentara a la única novela dentro de la cuantiosa producción literaria de José Martí, Amistad Funesta. Lo pensé varias veces antes de adentrarme en ella, pues su propio escritor la califica como una noveluca.

El autor, avergonzado, pide excusa. El género no le place…Lean, pues, si quieren, los que lo culpen, este libro; que el autor ha procurado hacerse perdonar con algunos detalles; pero sepan que el autor piensa muy mal de él. Lo cree inútil; y lo lleva sobre sí como una grandísima culpa.

Aunque este género no está considerado dentro de lo más relevante de su obra, es digno de admirar cómo redactó en tan solo siete días lo que a muchos de nosotros nos tomaría semanas, meses e incluso años.

Los celos enfermizos de la protagonista hacia su novio son el móvil que arma las múltiples situaciones dramáticas a lo largo de 118 páginas, repartidas en tres capítulos, y enmarcadas en las problemáticas políticas, sociales y económicas del continente americano de fines del siglo XIX.

 

La obra es difícil de leer por las abundantes descripciones y digresiones narrativas, redactadas a través de extensas oraciones subordinadas, que retardan la acción dramática y obligan a volver una y otra vez sobre lo leído para poder comprenderla.

Pero, como escribió Antoine de Saint-Exupéry, “lo esencial es invisible a los ojos” y, solo cuando leemos entre líneas, nos percatamos de que dejó plasmada en ella la novela de su propia vida, pues en gran parte es ostensible el carácter autobiográfico, manifestado a través de varios de los personajes.

Tanto es así que, en ocasiones, cuando describe a los personajes pareciera como si se estuviera describiendo a mismo.

En Juan Jerez, coprotagonista de la novela, es donde más confluyen los sentimientos y virtudes que acompañaron a la personalidad del Maestro. Sus preocupaciones sociales, su sensibilidad humana, su entrega a hacer el bien no dejan lugar a dudas.

También es evidente la similitud entre nuestro Apóstol y Manuelillo, un joven estudiante emigrado que tenía en la sangre el microbio sedicioso porque andaba, como decía doña Andrea, comido de aquellas ansias de redención y evangélica quijotería que le habían enfermado el corazón al padre.

A través de Manuelillo relata su etapa adolescente, matizada por los atisbos iniciales de sus ideales revolucionarios: publica su primer artículo político en el Diablo Cojuelo, es apresado, las gestiones realizadas por su padre y luego la deportación haciaEspaña, país donde matricula en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Madrid.

(…) y empezó a enderezar a los gobernantes que no dirigen honradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindárico, y recibidas con tal favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta que tramaron contra el Gobierno unos patricios (…) fue hecho preso don Manuelillo, quien en verdad tenía en la sangre el microbio sedicioso.

Como en el joven Martí, en este individuo también sobresalen los sentimientos patrióticos, que afloran con mayor ímpetu cuando se ve en la obligación de abandonar a Cuba a bordo del vapor Guipúzcoa.

Don Manuel, aunque es asociado al padre del Apóstol, también está condicionado por rasgos martianos, al ser un abogado de ideas liberales que llegó a América y se dedicó al periodismo escribiendo himnos encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad.

En Sol del Valle igualmente podemos encontrar alusiones que nos hacen pensar en el más grande de todos los cubanos, por el fervor con que ama a su madre y porque mereció la protección de la directora del colegio para que la pobreza no truncara sus estudios.

¿No nos remite a Mendive y la madre de Martí el diálogo final del capítulo segundo, cuando aquella maestra que tenía un tierno afecto por la niña, recomendó a doña Andrea que permitiera a su hija quedarse en el colegio para completar la educación que merecían sus dotes? Tiene Sol trece años como nuestro Héroe Nacional en 1866, cuando Mendive pide permiso a don Mariano y a su esposa para que su alumno pueda continuar los estudios en el Instituto.

A Ana también le inculca algo de sí. Como él en sus escritos, siente pudor de descubrir su espíritu ya que pone en sus cuadros todo lo visto y lo vivido.

A través de esos cinco personajes el Maestro logra plasmar momentos e ideologías de su vida que fueron definitorios en su formación revolucionaria.

De ahí el valor de la novela, que a pesar de sus detractores, contiene elementos autobiográficos de interés acerca de su pensamiento a los 32 años, cuando hacía mucho que lo absorbía el compromiso con la independencia de Cuba, por la cual sentía una amistad funesta.