
Jueves, 27 de septiembre. En el Teatro Eddy Suñol se realiza la tercera noche competitiva de la V edición del Concurso de Danza del Atlántico Norte Codanza y Grand Prix Vladimir Malakhov, que reúne en Holguín un promedio de 30 obras en concurso.
La compañía Danza Espiral (Matanzas) abrió la escena con la obra TOKONOMA, coreografía del cubano radicado en Estados Unidos, Isvel Bello. Pareciera que Jean Marco Monclus, el bailarín que interpreta la obra, se apropia de los matices que Bello le insufla a su pieza; incluso parece ser que esos matices, por la limpieza del movimiento acompasado a la música y la profundidad de la interpretación, se tornan casi autobiográficos.
Por su parte, Danza del Alma (Villa Clara) presentó Donde. Con coreografía de Nelson Reguera, radicado en Francia, y dirección general de Ernesto Alejo, Donde explora las relaciones sociales, sus cambios, fluctuaciones, y como viene siendo premisa en la compañía, se añade a esto el trasgredir los límites impuestos y los muros de contención –para el ser humano, para la creatividad– en que se convierten algunas sociedades. Integran la pieza los bailarines Yariel y Yaddiel Espinosa Carbajal, Osbiel Lazo Sotto, Darien Rosales Quintana, Harold Ramírez Machado, Adrián Martínez Prieto, Gilbert Daniel Ramírez Reyes, Miguel Ángel Loro Jiménez y Randy González Acea.

Aunque un poco larga, Donde fue largamente aplaudida en sus minutos finales, gracias al lirismo de la coreografía –cuerpos, sensaciones, emociones–, aportado por la sensualidad y el barroquismo de unas luces intimistas y por el desnudo que protagonizó uno de los bailarines y al que se sumaron, en el suelo, el resto de los intérpretes.
Creo que el creciente éxito de Médula (Guantánamo) radica en dos elementos esenciales: el trabajo coreográfico (minimalista, detallado, desgarrador, impactante) del joven Yoel González Rodríguez y el desempeño, confianza mediante, de unos bailarines extraordinarios que lo han apostado todo en ese riesgo interior que es la danza.
Oblivion, coreografía de Yoel interpretada por él mismo y Aracelis Dianet, es muestra de ello. Aunque significa literalmente olvido, “oblivion” es un concepto filosófico que afirma que el individuo experimenta un estado de permanente “no existencia” después de la muerte y por tanto niega la presencia de todo rastro de conciencia o existencia posterior. Ausencia y presencia en la pieza. Dramatismo, belleza, fuerza y contención en una obra que introduce un elemento de apoyatura, en este caso dos archivos a manera de mampara, en otros lugares o escenarios cualquier otro elemento que sirva al objetivo propuesto de ocultar y mostrar lo esencial, aquello que realmente importa.
Hay algo “atroz” en la danza de las transformaciones de Médula: movimientos espasmódicos, viscerales, reales, agonizantes, en camino hacia una representación de “lo no bello”… y que se relaciona en este caso con el propio tema de la coreografía. En sentido general, Médula se apropia de temas como el dolor, la violencia, la discriminación familiar y social hacia lo diferente… Insiste en que la violencia conduce finalmente a la violencia. Lo que vemos en Médula nos deja pensando y agradeciendo el desenfreno, y el logro de un pathos visual y emotivo por esta compañía. El arte es eso, transmitir emociones, hacer vibrar a la vez que seduce al pensamiento… No por gusto Oblivion recibió uno de los aplausos más extendidos de toda la jornada de competencia. Médula me sigue pareciendo, después de Oblivion, una de las puntas de lanza de nuestra danza joven y Yoel uno de nuestros más osados e inteligentes coreógrafos.

Las dos piezas que presentó en la noche Danza Teatro Retazos (La Habana) muestran precisamente lo que ha hecho reconocido el trabajo de la compañía que dirige la Maestra Isabel Bustos hace treinta años: la interacción o más bien compenetración sustancial de la danza y el teatro en busca de una organicidad en el bailarín y la coreografía: Fragmento de Luna, pieza de Lázaro Burunate con interpretación del joven Omar Santiesteban Leyva y música de Jorge Martínez; y Gracias, coreografía e interpretación del Hermes Orestes Ferrer Clemente, con música de la cantante Lhasa de Sela.
Fuera de concurso, Danza Espiral presentó un fragmento de la obra La Caverna de las ideas, coreografía de Liuban Corrales con la interpretación de la propia Liliam Padrón, directora de la compañía matancera, y los bailarines Anisleidys Estévez y Jean Marco Monclus.
Reminiscencia filosófica: el mito de la caverna, de Platón, según el cual solo atisbamos a ver las grises copias de los objetos reales que habitan más allá, en el Reino de las Ideas. Liliam, desde una silla, narrando la historia, nos recuerda que la idea es anterior a la cosa, en un intento por parodiar los estereotipos y “significaciones” propias de la danza.
Con En el jardín de Aranjuez, Codanza vino a cerrar la noche de la mejor manera posible. Inés María Preval, talentosa bailarina que antes años vimos como miembro de Médula, debuta como coreógrafa en una pieza hecha a su medida y acompañada de Carlos Carbonell.
La obra se apoya –e incorpora, hace suyo– todo el lirismo y la sensualidad del conocido y por ello no menos sorprendente adagio del Concierto de Aranjuez, del español Joaquín Rodrigo.