
Por Abelardo Leyva Cordero
Fotos cortesía del autor
En los setenta los planes de la Revolución involucran a todas las personas. Unos juegan un papel secundario en la historia, pero otros están más comprometidos con el país.
Manuel Redondo Rodríguez (La Habana 1926-Holguín 2013), director de cine y televisión, quien adopta el sobrenombre artístico de Manolo Redondo, por su militancia cumple la tarea de cubrir todos los discursos del Comandante en las filmaciones como director. Recibe a su vez la oportuna ayuda de su esposa Elia Rosa, editora del ICRT, responsable de editar las cintas que luego se guardan en latas, con la habilidad de saber lo que Fidel dice sin escucharlo.
Manolo inicia su vida laboral en el «Casino Nacional», con apenas trece años, ocupando la plaza de portero. En el futuro debe desempañarse también como tenedor de libros, contador y bailarín. A mediados de la década del cincuenta le encargan una columna en la revista «Control», donde escribe de radio, teatro y cine. Aunque es en el prestigioso cabaret de “Tropicana” donde se desempeña mayor tiempo como cajero, producto de sus estudios universitarios de economía en la universidad de La Habana. En medio de la dictadura, alfabetiza y colabora con la clandestinidad como miembro del movimiento 26 de julio. Luego del triunfo de la Revolución, gracias a su capacidad e identificación con el nuevo gobierno, lo ascienden a la plaza de administrador de dicho centro.

Pero a principios del sesenta, cansado de trabajar en los espectáculos nocturnos y viendo como otros disfrutan menos él, decide cambiar de oficio y ejerce en el ICAIC como jefe de producción.
Entre tantas ocupaciones, deja siempre un tiempo para lo que verdaderamente lo apasiona, hacer cortometrajes. Es en los años setenta, ocupando el cargo de Realizador y siendo plantilla del ICRT, cuando filma «¡Música y…!», y » Celotipia», con el talento que posee como director, alcanzado de manera autodidacta.
En «Música y…», donde Farah María canta y es la figura principal, a pesar del tiempo transcurrido hasta la fecha (más de cuarenta años), se halla disfrute todavía, en parte por la buena elección de artistas que recrean la historia y el dinamismo que se logra en cada escena.
Todo comienza en dos azoteas de la capital, donde Farah pretende tomar un baño de sol en una, mientras un hombre desde otra azotea la ve con su catalejo. Y desde ese momento se apasiona tanto de la cantante y actriz, que inicia una tremenda persecución por toda la ciudad, mientras Farah no deja de regalar su belleza, y al final un tema con su delicada voz.
A lo largo del cortometraje se recogen interpretaciones de Lourdes Gil y los Galantes. Lourdes revela algunos dotes para la actuación, sobre todo por su sonrisa expresiva, sin envidiar nada a otras que desfilan como Elena Burke y Beatriz Márquez, quienes completan un elenco con lo mejor de la canción cubana del momento y del siglo.
Termina la historia con dos fono mímicos que protagonizan Simón y Krizz, siendo el primero rechazado por la estrella de la canción, Farah María, y el segundo siempre entorpeciéndolo, mientras «Pacho Alonso y sus Pachucos» interpretan el clásico tema Que Rico Pilón, donde los trompetistas y el guitarrista se lucen.
En «Celotipia», editado por Elia Rosa, aparecen otros músicos virtuosos y voces talentosas que acompañan la historia de un matrimonio donde el hombre lleno de celo persigue a la mujer, siendo el reconocido actor Idalberto Delgado quien hace del personaje. Mientras la esposa, ahora Lourdes Gil, sirve de guía a un grupo de turistas que viaja en guagua por los lugares insignes de la urbe, él la sigue a todas partes en una vieja bicicleta, ocultándose detrás de columnas y árboles siempre que estos se detienen. Varios accidentes sufre en esta aventura. Son notables las interpretaciones de Lourdes Gil y Los Galantes, Omara Portuondo, el romántico Héctor Téllez, Los Van Van, Los Reyes 73 y Los Patakin.

El humor es un recurso principal en la dramaturgia. Aunque en los finales añade un elemento absurdo que resulta verosímil aún con su carácter fantástico dentro de una atmósfera realista.
Tanto el humor como el absurdo son figuras valiosas del arte que Manolo usa en su filmación para darle mayor estética, y trasmitir a la vez un mensaje sugerente. El cierre del cortometraje lo asume la popular orquesta de Los Van Van, tocando su alegre música encima del malecón de La Habana, con el mar de fondo y acompañados por bailarines a tono en sus movimientos y vestuario con el tema y los integrantes de la agrupación.
Viaja a Checoslovaquia y Alemania, en el tiempo de las buenas relaciones entre Cuba y los países socialistas. Toma imágenes de “Los montes Tatras”, donde la nieve y la belleza natural son notables. Conecta las dos culturas a través de la colaboración. Se propone actualizar a los habitantes de la isla con la vida social y económica de estos países. Visita algunas fábricas donde, usando un casco, filma gigantes grúas y varios procesos de producción. A su regreso, como domina el idioma inglés, es elegido por la televisión cubana para representar al país en Canadá en un encuentro de negociación cultural cerca del año ochenta.
Dedica un cortometraje a la capital con el título «La Habana de ayer», donde recoge los lugares de mayor historia, como los restos de las murallas que siglos antes protegieron a la ciudad de ataques de corsarios; El Castillo de la Fuerza, construido en 1577; El Castillo del Morro; La Plaza de Armas, donde se hallan dos edificaciones al estilo barroco; El antiguo Palacio de los Capitanes Generales y el Del Segundo Cabo, construidos ambos en el siglo XIIX, transformando la arquitectura de La Habana por la sustitución de la madera con la piedra. La narración se refiere a una escultura de Cristóbal Colón, obra del italiano Cucchiari, instalada en El Palacio de los Capitanes Generales en 1862.

Se cuenta la historia de las calles y las casas, que al principio eran de una sola planta o dos, y con el tiempo varían luciendo columnas y barandales muy altos. La Catedral, siendo la tercera gran obra del barroco en Cuba, luce también clase y belleza, donde trabajaron escultores italianos y españoles en obras de orfebrería.
En los finales del siglo XIX los extranjeros solían elogiar a la ciudad, opinando que era una «espléndida y galante, con elegancia europea y señorío criollo». La Habana acoge elementos de otras culturas y también va creando su propia personalidad. Las voces narrativas de María Elena y Cesar Arredondo hacen claro y atractivo el mensaje.
Dirige otro dedicado a la historia de la cerámica en La Isla de la Juventud, que lleva por nombre «La Isla de la Cerámica». Los guiones de ambos cortometrajes son escritos por él.

Graba escenas de los lugares pintorescos de esta pequeña ciudad para revelarnos la historia de la cerámica como nuevo oficio entre los isleños. Cuando, en el año 1968, un reducido grupo de seis hombres liderados por el tecnólogo Horacio de la Cruz, se da a la tarea de quemar ladrillos de cerámica roja en un viejo tejar. Luego, este mismo colectivo se propone metas superiores con la confección de utensilios útiles para el hogar, que en un principio no se logran. Deben entonces buscar ayuda en otro grupo de profesionales de San José de Las Lajas, que los capacita, y alcanzar por fin el resultado propuesto.
En el ámbito nacional las ambiciones crecen; se busca mayor belleza en el acabado de las figuras al punto de anhelar la obtención de obras de arte con el barro como materia prima. Aparece así el virtuoso ceramista Alfredo Sosabravo con inquietudes estéticas producto de su oficio de pintor y grabador, quien hace en el año 1967 la primera exposición de pintura y cerámica con valores artísticos en Cuba, alcanzando un gran éxito. En los años 1970 y 1976 él y otros profesionales enviados por el Ministerio de Cultura participan en concursos internacionales en Francia con obras propias, ganando premios por la calidad de sus trabajos.
No solo se desarrolla la cerámica industrial, la que forma en escuelas a los futuros técnicos y profesionales de la arcilla; en La Isla de la Juventud funciona una de su tipo con buenos resultados, el oficio seduce en buen grado a las generaciones más jóvenes; sino que se puede hablar de una cerámica cubana presente en el mercado mundial, salida de las manos de artistas del patio.
Amena historia contada por la cámara y la voz de la narradora Lilia R. López, con acertada dirección de Manolo.
Había en Manolo una pasión tan grande como la de dirigir, la pasión de la fotografía. Es posible hallar en su legado muchísimas fotos tomadas a su hijo. A Elia Rosa, su modelo preferida, le toma también cientos de fotos motivado por su belleza.

Llegan los primeros meses de la década del ochenta con los acontecimientos sociales que afectan al país, empezando por el asalto de un grupo de nacionales a la embajada del Perú pidiendo asilo político, y su debida consecuencia, de mayor dimensión, la apertura del puerto «El Mariel» a las embarcaciones procedentes de los Estados Unidos en recogida de familiares cubanos que quisieran abandonar la isla. Hace unos meses que Manolo no mantiene buenas relaciones con su hijo Manuel Antonio, razón por la que el joven se muda con su abuela paterna. La madre de Manolito reside en La Florida, y después de muchos años sin verlo, anhela encontrarse con él.
El éxodo masivo inicia el quince de abril, pero es en mayo, precisamente un día de las madres, cuando no se toma control en el tráfico de personas y aun los menores de edad consiguen embarcar sin permiso de sus padres, uno de los casos es Manolito.

Cuando el PCC le comunica a Manolo la necesidad de aclarar el caso, es el primer sorprendido con la noticia, pues el joven lo ha hecho todo a sus espaldas con auxilio de la madre y padrastro. Al ver que sus compañeros de militancia dudan, Manolo se siente obligado a escribirle a Ramiro Valdés pidiendo una explicación de lo sucedido, y solo a la respuesta del comandante informando las irregularidades de ese día y pidiendo disculpas a Manolo, los compañeros de este cambian de parecer. Duro golpe que el cineasta debe sufrir por varios años. Aunque, para su conveniencia, recibe enseguida una propuesta de trabajo para viajar en ayuda y colaboración a la República Popular de Angola. Y al contar con su compañera, Rosa está de acuerdo pensando que el viaje le ayudará en su recuperación.
Manolo Redondo arriba al continente africano como profesor de dirección para la televisión en junio de 1980, de donde escribe en el periódico «verde olivo en misión internacionalista», todo el tiempo de la misión, interesantes artículos que hablan de la historia del cine desde su surgimiento.
Con el talento que posee como periodista, nos cuenta que en el siglo XIX escritores de la talla de Víctor Hugo, Balzac, Julio Verde y Tolstói, presentían la necesidad de una nueva forma de comunicación en el hombre, una forma sujeta al arte, sin precedentes. Y no se equivocaron cuando el 22 de marzo de 1895, Louis Lumiere estrena en París su invento llamado «cinematógrafo», lo que posibilitaba la convergencia de tres técnicas diferentes, la estroboscopia, la fotografía y la proyección, para obtener como resultado el cine.
Por su labor de periodista gana la medalla Félix Elmuza.
Francia jugó un papel decisivo en el origen del cine, con los aportes de Lumiere, pero otras personas y países colaboraron igualmente en su descubrimiento. Manolo revela la historia de cómo el cine se relaciona con los intereses culturales e ideológicos del pueblo, y al llegar la televisión la manera de contribuir con esta. Mientras en Cuba Elia Rosa debe hacer el papel de madre y padre con sus dos hijos del primer matrimonio.
Continuará…