Por Erian Peña Pupo
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En uno de los ángulos del oscuro sótano de una casa de la calle Garay en Buenos Aires –una casa a punto de ser demolida–, y mientras perseguía la memoria de Beatriz Viterbo –una memoria huidiza–, Jorge Luis Borges se encontró con una esfera resplandeciente donde confluían, de un modo asombroso, todos los tiempos y todos los espacios: el Aleph se nombra y es “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, escribió en el cuento homónimo publicado en 1945, texto donde Borges aborda uno de los temas recurrentes en su literatura: el infinito. “Vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra”.
La obra de Víctor Manuel Velázquez Mirabal (Holguín, 1980) recuerda esa confluencia borgeana de escenarios, tiempos, contextos, personajes, lugares, objetos… en las posibilidades confluyentes de un mismo espacio. Su imaginación fructífera, neobarroca, desbordante, desemboca –como si una de sus islas ebrias, como el barco de Rimbaud, encontrara playa segura para su viaje errante– en el lienzo y en los múltiples soportes que, en búsquedas más recientes, han definido también su trabajo, pues Víctor Manuel sabe, como el gran argentino, que “todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten”, y que estos símbolos van armando una cosmovisión tan peculiar como imprescindible para recorrer su obra.
Adentrarse en Obras Completas, exposición de Víctor Manuel –de formación autodidacta y oftalmólogo de profesión– inaugurada el pasado diciembre en la Sala Principal del Centro Provincial de Arte de Holguín, con la seguridad del constante descubrimiento en cada pieza –estableciendo diálogos, muchas veces más sutiles, otros más complejos, pero siempre enigmáticos, interrogativos, sui generis, para nada gratuitos, entre autor/obra/receptor–, es adentrarse en un entramado de símbolos que conviven en estas 50 piezas –realizadas en su mayoría en los momentos más complejos de la Covid-19–, que se entrecruzan y cobran autonomía, como parte de ese cuerpo mayor, ese cosmos, que es su poética.

El precio –escribió el propio Víctor Manuel en las palabras del catálogo de la muestra, con curaduría de Berta Beltrán Ordoñez y Josvel Vázquez Prats, y con dirección general de Yuricel Moreno Zaldívar– es renunciar a la cordura. “La certeza de que no siempre vas a lograrlo –dice– hace de ti un obrero distinto, un ser incompleto, un huérfano, sabedor de que una parte monumental de tu hechura caerá a la espiral del olvido. No pintarás para siempre. La musa vendrá un rato junto a ti, y luego eso será todo, tu breve racha ganadora habrá terminado”.
Víctor Manuel posee la capacidad del demiurgo, o sea, de insuflar vida a todo un universo que se va reinventando en el tiempo, pero que mantiene idénticas bases. Ha sabido levantar las estructuras de su edificio, desde la pequeña rama y la piedra primigenia, donde se oculta el insecto, hasta la torre más cercana al cielo.

Él experimenta con la acuarela, difícil técnica que defiende aunque explore otras; y aunque insiste en decir que cada día aprende más y se le abren nuevas posibilidades con ella. Cada mancha, cada fluctuación del agua y del color sobre el soporte, cada línea huidiza, dan cuerpo a disímiles criaturas, seres que emergen de los laberintos de su imaginación y se corporizan. Dentro del caos, florece el árbol, reverbera la luz, escapa el ave, nace la isla… y un universo ilusorio y mágico (y no por ello menos real); un sitio de entrecruzamientos culturales de múltiples honduras, resultado de complejas búsquedas (literarias, artísticas, espirituales) primero como ser humano, y por consiguiente, como artista plástico. “Envanecido, en mi ambición quise crear absurdos como la nostalgia, el coraje, el deseo, chisporroteo de locas ideas bullendo por salir al unísono, desordenado canon carcajeándose en capital estampida… De eso parecen tratar estas piezas: un ermitaño dios antediluviano que vocifera un cuento susurrado, cual nana para el valiente que se hace a la osadía de pintar”, asegura.
Víctor Manuel sabe ser agradecido y “lleva dentro de la caja de su pecho a sus muertos”, como escribió Elena Poniatowska sobre José Emilio Pacheco. O sea, sabe corresponder sus influencias (varias de ellas son, incluso, de artistas cercanos). Así dialogan en su obra –sumergidas necesariamente en el crisol de una fragua en contante hervor– los enigmas de Breguel El Viejo y El Bosco, y con ellos toda una tradición occidental que llega a Durero, a Diego Velázquez y a Gustav Klimt. Y que se extiende a los cubanos Pedro Pablo Oliva, Cosme Proenza, Ernesto Ferriol y Miguel Ángel Salvó (estos tres últimos coterráneos suyos).

En la serie “Los alucinados”, Víctor Manuel parte de la psicología, particularmente el Test de Rorschach, en piezas donde las manchas de tinta que caracterizan la conocida técnica de psicodiagnóstico, “desprenden” disímiles “formas de la existencia”: reconocibles o escurridizas imágenes, fugaces o casi palpables. Así explica parte del proceso de creación de estas obras: “Se vale sentir vértigo al contemplar una mancha. La grieta del agua aposentada en el muro pingüe del traspatio señorial se nos antoja un rostro. El agua abre un camino molecular en el podrido velamen. Aliada al feroz pueblo de hormigas y líquenes gesticula desde la penumbra vigilante. Es el simple y llano Rorschach natural, vigor viejo como la osamenta del mundo, que da para nosotros su tesoro de gérmenes. No hay que temer. Hemos sido hechos a la medida de su hermosura. Me he tomado el trabajo de completar la obra, de exponerla a la mirada de la gente. Me he detenido a iluminar ante la romanza de agua del mar y del cielo”.
En sus cuadros hay también cierta narratividad… Muchos “cuentan” historias, contienen “relatos”… Una mancha: un rostro. Un trazo: la amplitud de posibilidades. Aves, peces, ramas, frutas, caballos, perros, gatos… pueblan su obra. A la constante zoomórfica, se suman personajes como salidos de los más fantasiosos libros de caballería o de bestiarios medievales (o las maravillas que encontró Yambulo en su viaje por las Islas del Sol). Un carnaval de figuras acoplándose, ganando espacio, surgiendo de la nada… Barcas como islas, islas como carretas, cáscaras de nuez a la deriva, torres y ciudades emergiendo del aire… Objetos de múltiples naturalezas, simbiosis de mundos posibles que parten, varias veces, de referentes literarios, incluso que desde el título anclan la obra: desde Cien años de soledad, de García Márquez; La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier, inspirada en el ballet de Ígor Stravinski; Extracción de la piedra de la locura, conocida obra de El Bosco, pero también motivo de un poemario de Alejandra Pizarnik, hasta El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgakov (“Corazón de perro” es la obra suya que quisiera acompañara la novela). En otras obras, múltiples símbolos de cubanía, retazos de identidad, memoria y nostalgia que han alimentado su paso por los años, conviven con referentes universales (en “Soportal” escribió que “esta casa es la casa de todos”).

En algún lugar de Holguín, Víctor Manuel Velázquez –que alguna vez quiso ser escritor, aunque sus obras, como las de todo artista verdadero, destilan poesía– observó y encontró un aleph borgeano. Ese punto donde todos los puntos confluyen. Ese sitio abierto “al todo” y donde “todo” existe simultáneamente. Ese aleph –alucinante, poético, utópico, increíble– es un espejo abierto para mirarnos como seres humanos, para adentrarnos en el universo que reflejan sus piezas, en esa “catarsis del enclaustramiento” que resulta Obras Completas como la definió, en esa “voz maltrecha en la fuga espiritual y material de la sobrevida” (Publicado inicialmente en la web del CNAP).