Por Moisés Mayán
En mayo de 1953, a pocos días de que los primeros escaladores coronaran la cima del Everest, nace Eugenio Marrón Casanova. En octubre de ese mismo año, poco antes de que Winston Churchill recibiera el Premio Nobel de Literatura, nace Manuel García Verdecia. En 1953, José Martí ―el más glorioso de los cubanos― hubiera celebrado su centenario. El 26 de julio de ese propio año, un grupo de jóvenes bajo el liderazgo de Fidel Castro ataca el cuartel Moncada en un estremecedor despliegue de heroísmo.
Fue también en 1953 cuando Ernest Hemingway mereció el Premio Pulitzer por su novela El viejo y el mar, Ray Bradbury publicaba Fahrenheit 451, y Arthur Miller estrenaba Las brujas de Salem en el teatro Martin Beck de Broadway. Para Marrón y Manuel compartir ese año fundacional, sería también asumir el riesgo de compartir un sacerdocio: la palabra.
Marrón es un sabio que se ha leído todos los libros del mundo. Manuel es un profeta que regresa del futuro. Marrón es un lago al atardecer. Manuel, un río proceloso. Marrón es un púlpito. Manuel, una cátedra. Marrón está en pie frente a la piedra de Rosseta. Manuel es el hombre de la honda y de la piedra. Marrón es Homero. Manuel, Odiseo.
Para Marrón el paraíso tiene la conocida forma de una biblioteca. Para Manuel es el ápice donde se rozan justicia humana y justicia divina. Marrón posee la nombradía del sustantivo. Manuel, la fuerza telúrica del verbo. Marrón es un libro abierto. Manuel, una antorcha encendida. Marrón tiene la frente amplia de los iluminados. Manuel, el cabello hirsuto de los genios. Dedicar la Feria del Libro de Holguín a estos hombres, es ante todo, un acto de justicia poética.
