Por José Abreu Cardet, Premio Nacional de Historia
“Sigue en aumento la escasez del papel y la tinta. Qué situación la nuestra. Nos falta todo.” (1) Esta no es la queja de un funcionario de un ministerio de Madrid o Washington que necesita elaborar su cartapacio para el jefe de la oficina, sino de Carlos Manuel de Céspedes el líder de una guerrilla que en muchas ocasiones iba al combate con las cartucheras vacías.
La búsqueda de papel y tinta es una constante para estos bravos guerrilleros. Existe un deseo desmedido por el documento escrito durante toda la guerra.
Los mambises nacieron en un país donde el documento tenía un carácter sobredimensionado. El cubano de la colonia vivía inmerso en un mundo de documentos de todo tipo. Una parte de estos eran producidos sin necesidad real para justificar puestos y empleos, como diría un patricio de aquella contienda: “La plaga infinita de empleados hambrientos que de España nos inunda…” (2) Por lo que al ir a la guerra a constituir una república cargaron en parte con esa mentalidad que habían combatido. La vida cotidiana de los mambises estaba llena de formalidades burocráticas.
Céspedes el 11 de octubre en Palmas Altas, en marcha hacia Yara, nombró a Bartolomé Masó como teniente general segundo al mando y a Juan Hall y Manuel Calvar, brigadieres y ayudantes de campo; a Emilio Tamayo, comandante y jefe de la escolta. Tantos cargos y grados en un ejército que tan solo existía en la mente del abogado bayamés, que en aquellos momentos tan solo había reunido alrededor de 400 hombres. (3) Él mismo acabó por auto designarse capitán general. La vida demostraría que todas estas eran puras formalidades que la base fundamental de la resistencia mambisa serían las partidas o guerrillas que errantes por los bosques mantuvieron la guerra por diez años.
La ofensiva española que se desató sobre los guerrilleros, la falta de armas, parque e incluso alimentos que los llevó a decisiones extremas como el de un grupo de insurrectos que luego de un combate siguieron a sus enemigos en retirada y al descubrir las tumbas donde habían depositados los caídos, uno de los mambises escribió: “… desenterramos los muertos para despojarlos de la ropa (…) Las galletas que encontramos en los bolsillos de los soldados muertos nos sirvieron de alimentos…” (4)
Es de imaginar, los hombres escarbando, apresados por los olores fétidos como preámbulo de la escena que les aguardaba, los cadáveres ensangrentados, en el inicio de la putrefacción, desnudarlos, discutiendo las inmundicias de aquellos cuerpos a insectos y gusanos y alimentándose de las galletas que quizás ya eran parte del proceso de descomposición. Sin embargo los hombres y mujeres que llegaron a tales extremos no dejaron los formalismos de un estado moderno.
Un caso bastante singular fue el del general independentista Julio Grave de Peralta. Este estableció un libro de borradores donde dejaba copia de todos los documentos que se generaban en su estado mayor. De esa forma ninguno de sus subordinados podía argumentar la justificación que no recibió el documento con la orden que no cumplió. El día en que se agotó su reserva de hojas y libretas recurrió a una medida bastante interesante que nos revela en parte la mentalidad de aquella gente respecto a las formalidades. El cinco de marzo de 1870 Julio Grave de Peralta dispuso: “… por falta de papel no se puede sino estampar en el libro toda orden que solo quede estampada será notificada por el secretario y firmada por el oficial á quien fuese cometida, con el objeto único de que no se alegue ignorancia. “(5)

Los diarios personales abundan y la correspondencia con la familia que ha tenido que emigrar de la elite culta que forma parte de la dirección revolucionaria. En ellos se recogen los más disimiles criterios y en ocasiones se dan detalladas explicaciones sobre la vida cotidiana insurrecta. Julio Grave de Peralta nos dejó tres diarios personales. Céspedes dos diarios y extensas cartas a su esposa. Jorge Milanés y Céspedes, miembro de la cámara, en el momento más triste de su vida cuando dejaba los campos de combate cubanos para marchar al extranjero escribió un detallado diario. En él hace una descripción de las muchas miserias de la vida cotidiana en Cuba Libre. Francisco Vicente Aguilera nos dejó uno de los diarios más extensos de la guerra. Serafín Sánchez también tuvo su diario personal. Este documento poco conocido nos ofrece una visión sobre la forma de pensar de esta gente heroica. Para estos escritos personales era necesario papel y tinta, lo que aumentaba el uso de estos valiosos materiales.
Ante tal escasez de papel se realizaban considerables esfuerzos para obtenerlo. Incluso se solicitaba a la emigración revolucionaria en el exterior para que se enviaran hojas y tinta en las expediciones junto a las muy preciadas armas y parque. Por solo citar algunos ejemplos, venían papel y otros efectos de escritorio en las expediciones que llegaron a Cuba en los buques Anna, (6) George B. Upton, (7), en la primera (8) y en la segunda (9) traídas en el Virginius, en la segunda del vapor Salvador (10). Prácticamente en todas las expediciones se enviaba alguna cantidad de papel. También los agentes cubanos que actuaban desde las ciudades y poblados enemigos en medios de grandes peligros, lo hacían llegar a los insurrectos.
Aunque estamos ante un formalismo, también era una manera de demostrar la existencia de la República de Cuba con todas las normas de los estados modernos.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
1–Eusebio Leal Spengler: Carlos Manuel de Céspedes, El Diario Perdido, Publicimex. S.A. Ciudad de La Habana, 1992, p. 93.
2– Fernando Portuondo y Hortensia Pichardo, Carlos Manuel de Céspedes Escritos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1982, T I, P 106.
3– Eladio Aguilera, Francisco Vicente Aguilera y la Revolución de Cuba de 1968, Imprenta la moderna poesía, La Habana, 1908, p. 27.
4– Oscar Ferrer Carbonell. Néstor Leonelo Carbonell, Como el grito del Águila, La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 2005. p. 169.
5–Museo Provincial de Holguín, Fondo Julio Grave de Peralta, Libro copiador número 1199, 5 de marzo de 1870.
6—Milagros Gálvez González: Expediciones navales en la guerra de los diez años, Ediciones Verde Olivo, Ciudad de La Habana, 2000, p. 253.
7–Ibídem, p. 254.
8–Ibídem, p. 255.
9–Ibídem, p. 257.
10–Ibídem, p. 262.