Birán, 13 de agosto de 1926: alborada definitiva por los humildes

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Por Vanessa Pernía Arias

Fotos periódico Trabajadores

Muchos coincidirán en que por estas fechas al llegar a Birán la humedad delata las lluvias recientes, con olor característico a campiña y que el sol inclemente del agosto veraniego se aferra en acentuar el calor a medida que transcurre cada jornada.

En días como estos son varias las personas, antes acompañadas por el propio Fidel, que llegan al batey donde nació el líder histórico de la Revolución cubana el 13 de agosto de 1926, para celebrar su onomástico, junto a las raíces más profundas de la familia Castro Ruz.

A Birán se regresa cada 13 a celebrar la vida de un hombre de viva y revolucionaria estampa, se vuelve a ese sitio callado y campestre donde el tiempo ha conjugado mitos y realidades para repasar las huellas que se preservan como mudos testigos de un valioso pasado.

Dicen que Fidel disfrutaba hablar de su terruño natal con nombre aborigen, y de sus padres, de su familia toda, con nostalgia, en varias y largas conversaciones como las que sostuvo con el fraile Frei Betto y el periodista Gianni Miná, ambas publicadas en sendos libros.

De sus días más felices le contó al sacerdote brasileño sobre los períodos de vacaciones navideñas y de las de verano. Cuando siendo niño y adolescente iba a bañarse en los ríos de la zona, a corretear por los bosques, a cazar con tirapiedras y a montar caballo.

En esa ocasión aseguró: “Vivíamos en contacto con la naturaleza y bastante libres en esos períodos. Así transcurrieron los primeros años”.

Narró, además, sus experiencias con el caballito Careto, y sus travesuras en la charca “El Jobo”, que más tarde el ciclón Flora cegó, sin embargo, queda Birán completo como fiel testigo de su paso intranquilo y feliz por estas tierras que lo vieron hacer hace 95 años.

Los historiadores apuntan que el batey Birán-Castro, asentado en el actual municipio holguinero de Cueto, surgió en 1914, cuando su padre don Ángel Castro compró la finca Manaca, de 20 caballerías, muy bien trazadas, con el camino central por donde cruzaba, antes de que se construyera la carretera, todo lo que iba de Nipe, Banes, Mayarí… hacia el sur de esta región del país.

EUSEBIO LEAL

También de la arquitectura de la casa, hoy museo, le contó a Betto que era un hogar con estilo español adaptado a Cuba, y que entre recuerdos permanecían las partes que la componían, como la lechería que estaba debajo de la casa, el matadero, el taller para arreglar los instrumentos de trabajo, la panadería, la escuelita pública donde recibió sus primeras clases, la tienda, un centro comercial propiedad de la familia, y frente a este, el correo y el telégrafo.

Fidel no olvidó en esa ocasión hablar de la valla de gallos que en algunas vacaciones se convirtió en ring de boxeo en el que se midió con Gilberto Suárez Spencer, Pedro Pascual, y otros más; así como de las humildes casas de yagua y guano, con piso de tierra, donde vivían los haitianos y hasta donde llegaba a comer maíz y boniatos asados.

Hilando recuerdos destacó el origen humilde de sus padres, el legado gallego de Don Ángel y el de su madre pinareña Lina, sus modos de educación, de la religiosidad materna; y la laboriosidad de ambos para sacar adelante a la familia que se componían de siete hijos: Ángela, Ramón, Fidel, Juana, Enma, Raúl y Agustina Castro.

Cómo suponer que en tan apartada geografía, este significativo 13 de agosto, en el calendario de 1926, llegaría a ocupar un lugar tan significativo en los destinos de la Patria; a partir de ese día a la Isla le nació un ser excepcional para todos los tiempos, un hombre del siglo XX que aun sin barba comenzaba su apuesta definitiva por los humildes.

Al respecto en esta conversación con Betto comentó Fidel: “Nací (…) como a las dos de la madrugada. Parece que la noche pudo haber influido después en mi espíritu guerrillero, en la actividad revolucionaria; la influencia de la naturaleza y de la hora de nacimiento” (Tomado del sitio web de la Agencia Cubana de Noticias, ACN).